Mié. Ago 4th, 2021

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

Del ridículo no se vuelve. Por Vicente Massot

A esta altura del trámite gubernamental, comenzado allá por diciembre de 2019, hay razones de peso para poner en tela de juicio la pretendida inteligencia de Cristina Kirchner en el momento que —dando de lado sus prevenciones más íntimas respecto del personaje en cuestión— lo mandó llamar a Alberto Fernández con el propósito de ofrecerle la candidatura presidencial del Frente que comandaba. Lo que desde entonces escuchamos, con escasas disidencias, es que la Señora había demostrado —otra vez— su inteligencia política. El triunfo que obtuvo la fórmula que los dos conformaron, primero en las PASO y —acto seguido— en los comicios generales, pareció confirmar una supuesta clarividencia que nadie ponía en tela de juicio. Sin embargo, desde comienzos de 2015 y durante el transcurso de la administración de Mauricio Macri, los errores estratégicos que cometiera la jefa indiscutida de aquel espacio populista, no resultaron menores. Fue su capricho de respaldar a Aníbal Fernández a capa y espada en la provincia de Buenos Aires lo que le costó a Daniel Scioli la derrota y, tiempo después, su desplante a Florencio Randazzo —negándole la posibilidad de competir en las internas— lo que la privó de los votos que, en definitiva, le hubieran dado el triunfo en octubre de 2017 frente a Esteban Bullrich en el territorio bonaerense. Si se computan esas dos decisiones y se miden los efectos que tuvieron, la agudeza de Cristina Fernández sólo tenía cabida en la obsecuencia de sus seguidores y en el exitismo de los que compran frases hechas y las repiten como si fuesen verdades canónicas. Ahora, a la vista de cómo se ha manejado Alberto Fernández en medio de la pandemia y cómo ha gobernado el país, es pertinente preguntarse si la elección de semejante personaje no ha sido el tercer gazapo que debe cargarse a su cuenta.

Nadie imaginaba cuando un sábado por la mañana, sin decir agua va, se formalizó la candidatura del ex–jefe de gabinete de Néstor Kirchner, el grado de servilismo al que llegaría y la falta de criterio que acreditaría apenas comenzada su gestión. Si bien la idea de que habría de mostrar su razón independiente de ser y de qué ejercería el poder en plenitud era una fantasía alentada por parte del establishment y por la mayoría de los bien pensantes porteños, su experiencia en la función pública hacía suponer que no se dejaría llevar tan fácil de las narices y que trataría de poner un mínimo de racionalidad en el seno de una coalición tan heterogénea como la del Frente de Todos. Pero nada de eso sucedió. Si tuvo algún arresto de autonomía pronto quedó desdibujado ante las muestras —en algunos casos impúdicas— de obsecuencia que le rindió a su valedora. No sólo eso, que de por sí clausuraba cualquier apuesta imaginada de crear una fuerza que lo respaldara dentro del peronismo, sino que con el correr de los meses su verborragia y su falta de conocimiento de los temas que trataba, como un maestro de Ciruela que no sabe y pone escuela, lo transformaron en el hazmerreir de la gente. Fuera de Fernando de la Rúa no hay otro caso que se le parezca en nuestra historia. En aquel momento, la imitación de su figura hecha en el programa de Marcelo Tinelli significó, para el político radical, un antes y un después. El presidente dejó de ser el mismo y en el imaginario
colectivo pasó a identificarse con el personaje protagonizado por Freddy Villareal. En el caso actual de Alberto Fernández, las redes sociales y WhatsApp han obrado un fenómeno semejante. El ingenio popular con base en la tecnología de las comunicaciones lo han puesto en un lugar del cual —como reza el adagio— no se vuelve.

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La ridiculez presidencial sería grave en cualquier situación. En la presente, resulta además peligrosa. No solamente porque el primer mandatario no se deja ayudar sino porque son legión los que ya no lo toman en serio. No han faltado las voces en su entorno que, de buenas maneras y con el mayor respeto, le han aconsejado bajar un cambio, al menos, y no hacer las veces de su propio vocero. La manía de tomar el micrófono y perorar sin ton ni son es ya un clásico que llegó al máximo del papelón internacional pocos días atrás. Alberto Fernández es una de esas personas que creen que saben y hablan bien cuando —en realidad— son ignorantes peleados con el buen decir. En una mesa de café de Corrientes y Suipacha, o en una tertulia a la antigua usanza, sus disparates no tendrían consecuencias. En cambio, en la función pública son de todos conocidos, mueven a la carcajada y el sarcasmo, y le quitan toda credibilidad. Hoy se burla de él buena parte del país, no porque se las haya tomado con el bobo de la clase o resulte ello producto de la grieta. Más bien, porque Alberto Fernández es su principal enemigo. Por lo visto y oído hasta aquí, es difícil imaginar un cambio en su manera de comunicar. De los secretarios y ministros que lo acompañan ninguno sería capaz de emular a un Carlos Corach o a un Aníbal Fernández en punto a las habilidades que uno y otro demostraron, en su oportunidad, como gladiadores mediáticos. No seria de extrañar pues que dentro de poco, de la misma forma que confundió a Octavio Paz con Lito Nebbia e incurrió en un despropósito que lo dejó mal parado ante toda Iberoamérica o poco menos, equivoque el libreto y haga otro papelón sin retorno.

Alberto Fernández se ha transformado en un personaje decorativo. No hay quien no le haya contado las costillas y quien no sepa que su poder es —apenas— formal. Más aún, los primeros en advertir sus pocos quilates y obrar en consecuencia han sido los kirchneristas duros, que han terminado por no tomarlo en serio. Está claro que no pueden prescindir de él, pero al mismo tiempo saben que sólo sirve para hacer los mandados que le ordenan. Y no son pocas las veces que lo ponen en evidencia y destratan. Dos hechos de distinta naturaleza, ocurridos en las últimas semanas, no nos permiten mentir. Por de pronto, la manera en que la vicepresidente dinamitó la política salarial del Poder Ejecutivo con el aumento de 40 % ex– tendido al personal del Congreso. A Alberto Fernández y a su ministro de Economía los dejó pedaleando en el aire sin siquiera molestarse en avisarles. El segundo fue el anuncio del titular
de la cartera de salud bonaerense, Alberto Gollán, de que se reiniciaban las clases presenciales en el mismo momento que el jefe del gabinete nacional, Santiago Cafiero, y el ministro de Educación, Nicolás Trotta, defendían el DNU presidencial e instaban a hacer lo contrario.

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Que hay un comando paralelo, el cual a la hora de decidir las principales políticas públicas no las consulta con el Poder Ejecutivo, es un secreto a voces o, si se quiere, una verdad de Perogrullo. Por muchas que sean las muestras de cortesía, las zalamerías y la sumisión de Alberto Fernández, la que hace dos años lo eligió para desempeñar un cargo que a todas luces le queda grande, ahora no le lleva el apunte. En petit comité, lo maltrata en razón de que nunca le perdonó del todo los agravios que le enderezó por espacio de años. Pero hay algo más; y es que, a una mujer que no se anda con vueltas cuando hay que decir las cosas y sólo sabe redoblar la apuesta —incluso en la adversidad—, un obsecuente como Alberto Fernández le merece tan poco respeto como Daniel Scioli. ¿Se habrá arrepentido de lo que hizo? Es posible que no lo sepamos nunca.

Lo tolera en razón de que —llegados a esta instancia— no tiene más remedio. Los que suponen que, pasados los comicios del mes de noviembre, se lo sacará de encima, fantasean. Lo último que desearía la Señora es tener que asumir la responsabilidad de conducir los destinos de la Nación en una situación como esta. Se halla cómoda en el Senado y nada, salvo un imponderable, la sacará de allí. Las órdenes las da ella y la dirección de las velas del barco oficialista las decide en soledad o con su séquito de pocos y escogidos. Alberto Fernández, por supuesto, no figura ni en el banco de suplentes. En cualquier otro país tamaña anomalía sería inimaginable. Entre nosotros funciona a la criolla.

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