Déficit fiscal y la trampa de la competencia populista. Por Roberto Cachanosky

El dato de inflación de diciembre encendió las luces amarillas sobre el problema inflacionario que no termina de ceder. En la profesión, el 99% de los economistas coincidimos en que la madre de todas las batallas para frenar la inflación tiene que ver con el déficit fiscal. Entiendo que el presiente Macri ve muy claro este problema y formula razonamientos muy consistentes al respeto. Sin embargo uno escucha hablar a algunos de sus funcionarios del ala política y claramente prefieren seguir con algún nivel de déficit fiscal antes que arriesgarse a pagar el costo político de hacer lo que hay que hacer  para bajar la inflación: reducir el gasto público.

Muchas veces me preguntan por qué el gobierno no baja el gasto si todo es tan evidente. Si bien no estoy dentro del gobierno ni en contacto con funcionarios de Cambiemos, es claro que el ala política del Cambiemos ha caído en los que en muchos países también ocurre, esto es, han transformado la democracia en una competencia populista dónde el que más gasto público ofrece a los electores parece tener mayores chances de ganar las elecciones.

Esto ha ocurrido en el mundo a lo largo del siglo XX y se puede ver en los datos que elaboró Vito Tanzi, en su trabajo The Economic Role of the State in the 21sf Century. Como puede verse en el gráfico 1, entre 1870 y 2002 el gasto público promedio de algunos países desarrollados seleccionados muestran que la democracia en el mundo se ha transformado en una competencia populista.

Antiguamente, el gasto público se disparaba por los gastos de guerra que emprendían los monarcas en búsqueda de conquistar más territorios o bien en el siglo XX en las dos guerras (1913-1920 y 1937-1945). Terminados los conflictos bélicos el gasto público crece para conquistar el poder político redistribuyendo ingresos vía el gasto público. Es decir, antiguamente los reyes ganaban poder conquistando territorios, lo que implicaban cobrar más impuestos para financiar las guerras de conquistas y ahora las guerras de conquistas se basan en obtener votos vía el populismo del gasto público. Cambio el componente del gasto para conquistar el poder, pero no la herramienta: el gasto público, la presión tributaria y el endeudamiento.

Si bien Argentina viene de décadas de populismo, la competencia populista para conquistar votos llegó al punto máximo con el kirchnerismo que llevó el gasto público consolidado del 30% del PBI en la década del 90 al 48% al dejar el poder. La forma de financiar ese fenomenal aumento del gasto público fue duplicando la carga impositiva y aun así no le alcanzó para financiar el gasto público y dejó un déficit fiscal del 7% del PBI.

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El gráfico 2 muestra la evolución de la recaudación tributaria en la era k pero midiendo la recaudación en dólares corrientes. Como puede verse, el kirchnerismo terminó recibiendo casi U$S 142.000 millones de ingresos impositivos más que cuando llegó al poder. Multiplicó por 6,8 veces sus ingresos impositivos medidos en dólares. Para que el lector tenga una idea de magnitud, al terminar la Segunda Guerra Mundial, EE.UU. implementó el plan Marshall para ayudar a sus aliados e incluso sus enemigos a reconstruir sus economías. De acuerdo a datos de Nicolás Cachanosky, el plan Marshall contó con U$S 13.000 millones de ese momento que serían unos U$S 120.000 millones actuales, que se dividieron entre varios países, uno de ellos Alemania. Es decir, el kirchnerismo llegó a incrementar sus ingresos tributarios un 18% más que el plan Marshall y sin embargo dejó un desastre económico en tanto Europa se reconstruyó. O, puesto de otra manera, entre 2003 y 2015 el kirchnerismo recaudó 1,2 billones (billones nuestros) de dólares, 10 veces más que todo el plan Marshall pero dejó la Argentina sembrada de pobres, indigentes, desocupados, destrucción de los caminos, sistema energético colapsado, se consumieron 12 millones de cabezas de ganados y los trenes no frenaban.

La pregunta que uno se formula es: ¿por qué si el populismo del kirchnerismo llevado a su máxima expresión fue tan catastrófico, nadie se anima a cambiarlo de raíz? ¿Por qué la gente sigue votando populismo? ¿Por qué no se puede bajar el gasto público para reducir el déficit fiscal y tener una inflación del 2/3 por ciento anual y atraer inversiones?

La respuesta al dilema económico parece venir de la destrucción del concepto de democracia hasta transformarla en una competencia populista. Dicho sea de paso, recordemos que nuestra primera Constitución Nacional, la de 1853/60, no habla de democracia sino que habla de república. Y tampoco habla de partidos políticos, corporación que ha transformado en un negocio fantástico la política y pocos quieren terminar con ese negocio que es el gasto público.

¿En qué consiste ese dilema económico derivado de la competencia populista? En que, para ganar votos, los políticos buscan cobrarle impuestos a unos pocos para redistribuir entre muchos los llamados planes sociales del estado de bienestar. Los datos son categóricos: 8 millones de argentinos trabajamos en blanco y 18 millones de argentinos pasan todos los meses por las ventanillas del estado a cobrar sus cheques que son el fruto de los que trabajan en blanco. El cálculo que hace el política es: ¿cuántos votos pierdo por exprimir impositivamente a un sector minoritario de la población y cuántos votos gano por redistribuir esa expoliación impositiva entre un amplio sector del electorado? Si bien la cuenta no es exacta, el balance parece estar mostrando que para ganar elecciones hay que expoliar a un sector reducido de la población para repartir el botín entre amplios sectores de la sociedad. Por eso el jefe de gabinete, Marcos Peña, se siente orgulloso de decir que este gobierno gasta más en planes sociales que lo que gastaba el kirchnerismo. Entró en la variante populista y eso le viene dando resultados para ganar elecciones. Mostrar como un éxito que el estado gasta cada vez más dinero de los contribuyentes en planes sociales no es un éxito de política económica, es un rotundo fracaso dado que el éxito vendría dado por lograr que cada vez hagan falta menos subsidios y planes sociales y cada vez más gente pueda mantener a su familia del fruto de su trabajo.

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Se dice que no se puede reducir el empleo público y los planes sociales porque se incendiaría el país. Les recordaría a quienes eso afirman que Argentina cayó en una crisis institucional, social y económica a fines de 2001 por no bajar el gasto público a tiempo. Luego lo hizo Duhalde de la peor forma, licuando el gasto con una llamarada inflacionaria y cambiaria y explotó la pobreza y la desocupación.

Aclaro que no estoy pronosticando que en unos pocos meses vaya a haber una crisis institucional ni económica. Mientras nos sigan financiando del exterior, puede seguir esta competencia populista de gasto público “social”.

El dilema es que esos 8 millones de contribuyentes que son expoliados impositivamente se van agotando y llega un punto en que producen cada vez menos. Además, con semejante carga tributaria es imposible atraer inversiones como imaginaron que mágicamente iban a llegar por el solo hecho que Macri se sentara en el sillón de Rivadavia. Por lo tanto, al no llegar inversiones no hay más puestos de trabajo y el empleo público y los planes sociales siguen siendo la respuesta que el gobierno le encuentra a la falta de trabajo. Obviamente entra en un círculo vicioso porque no puede bajar los impuestos para no agravar el déficit fiscal y las inversiones siguen sin venir con esta carga impositiva.

En síntesis, no es que hoy no se pueda encarar algo diferente a esta competencia populista. Lo que ocurre es que el ala política de Cambiemos entró en ese juego y ve que le da resultados electorales. Con eso se conforman aunque no aparezcan los resultados económicos.

El desafío de Argentina sigue estando en que aparezca un líder político dispuesto a enfrentar la competencia populista y a ofrecer un producto diferente al que actualmente ofrece todo el arco político que no es otra cosa que más gasto público e infernal carga impositiva.

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