De rupturas y campanas. Por María Lilia Genta

¡Ay del pueblo que olvida su pasado

y a ignorar su prosapia se condena!

¡Ay del que rompe la fatal cadena

que al ayer el mañana tiene atado!

(Manuel Machado)

El Estado Argentino ha dejado de aportar la módica suma que destinaba al sostenimiento del culto católico mediante un “acuerdo” con la Conferencia Episcopal Argentina, consumando de este modo una nueva ruptura con nuestros orígenes históricos. La nueva forma de sostenimiento consiste en que los colegios católicos serán los encargados de recibir los donativos privados de los fieles, donativos que serán depositados en una cuenta bancaria a nombre del Episcopado el que los manejará y distribuirá conforme a las necesidades de cada diócesis. Lo curioso es que esta forma de financiamiento se aplicará también para el sostén de los otros cultos no católicos.

Es de lamentar que ni siquiera la Jerarquía Católica recuerde el latrocinio de Rivadavia sobre los bienes de la Iglesia que nunca pudo ser saldado. Es cierto que en pesos el aporte ahora suprimido no representaba casi nada. Pero simbólicamente significaba mucho. Era, aunque mínimo, un reconocimiento del Estado a la tradición católica de la Argentina.

Mientras reflexionaba sobre el alcance de esta medida, veía por televisión un capítulo del conocido programa En el camino que conduce Mario Markic. Se trataba de una visita a la Ciudad de Salta, “la linda”, con una recorrida por sus grandes tesoros artísticos arquitectónicos, en especial la Iglesia de San Francisco.

Recuerdo haber pasado una noche sin dormir contemplando desde la ventana del hotel la torre de ese hermoso templo de San Francisco elevándose hacia el cielo salteño delante del Cerro San Bernardo. Luz de la torre y luz del cerro derramándose sobre la ciudad que, felizmente, no ha perdido aun el aspecto de aldea colonial.

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Un fraile franciscano -bonaerense, no salteño- guiaba al periodista mostrando multitud de detalles de un modo bastante más completo del que pude apreciar en mis varias visitas a la histórica iglesia. Me enteré, por ejemplo, de que en los túneles y pasadizos secretos los frailes asilaban a las mujeres e hijos de los gauchos de Güemes para protegerlos de cualquier persecución mientras los hombres peleaban por nuestra independencia. También, para afirmar más todavía el origen católico de nuestra Argentina, supe que el General Belgrano, tras la victoria en la Batalla de Salta el 20 de febrero de 1813, le pidió a los frailes (que tenían en el Convento una fundición de metales) que fundieran las armas y las municiones de aquella batalla, triunfo decisivo en nuestra Guerra de la Independencia, para hacer una campana, la misma que hoy luce y se divisa en la torre. Cada campanada, de cada hora, de cada día, de cada año, nos habla del origen católico de nuestra Argentina.

Es que Salta es uno de esos rincones de la Patria en que más se aprecia aquella América cantada por Rubén Darío que “aún reza a Jesucristo y aún habla en español”. Rincón privilegiado en el que puede oírse, tan lejos del “lenguaje inclusivo”, un español de inconfundible tonada salteña en el que los hijos de esta tierra elevan sus preces al Señor y a la Virgen del Milagro y entonan las eternas canciones de Los Chalchaleros.

Sería bueno que, siquiera los católicos, recordemos esta insoslayable realidad histórica y enfrentemos, con decisión, la nueva avanzada del laicismo en su permanente intento de destruir nuestras tradiciones.

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