mar. Ene 28th, 2020

De puertas para adentro y de puertas para afuera. Por Vicente Massot

Alberto Fernández acaba de darle una lección a Mauricio Macri. El ex–presidente —más interesado en asistir a la final de la Champions, en Qatar, que en demostrar con base en hechos su disposición a convertirse en jefe de la principal fuerza opositora— seguramente no registró el hecho. El acusado decisionismo con el que acaba de inaugurar su gestión y las formas a través de las cuales ejerció en plenitud su poder, sin pedirle permiso a nadie y sin perder un minuto del tiempo disponible para hacerlo, contrastaron con la parsimonia y timidez del líder de Cambiemos al momento en que llego a la Casa Rosada, en diciembre del año 2015.

Nadie que se sepa ha visto a Fernández bailando en el balcón emblemático de Balcarce 50 al ritmo de una canción pegadiza de la malograda cantante Gilda. Eso solamente podía ocurrírsele a alguien que carecía no sólo de la aptitud necesaria para desempeñar unas funciones que le quedaban grandes sino también de la actitud requerida en estos casos. Mientras uno optó por postergar a las calendas griegas el informe sobre la herencia recibida, el otro no se ha cansado de repetir —al igual que todos sus conmilitones— que encontró “tierra arrasada”. En tanto el primero escogió como estrategia de gobierno un gradualismo a tono con las medias tintas y el temor al qué dirán, el segundo no dudó: puso en marcha una política de shock. Es que, a la hora de gobernar, el peronismo no acostumbra a andarse con vueltas. Desde 1945 a la fecha sus distintos jefes han preferido ir directo al grano, sin reparar en medios. Por eso las medidas de público conocimiento no han resultado sorpresivas.

Respecto de sus anteriores jefes —Néstor y Cristina Kirchner— Alberto Fernández es mucho más cuidadoso y hasta educado en punto a las maneras con las que trata a sus interlocutores, aunque en el fondo de la cuestión no difiera demasiado de aquéllos. Respalda el protocolo abortista que erizó la piel de la jerarquía católica y —acto seguido— recibe con cara de bueno y ademán afable a los obispos. Almuerza con los empresarios más conspicuos del país nucleados en AEA y al día siguiente los carga de impuestos. Sube las retenciones al campo y, haciéndose eco de las quejas generadas por esa medida, invita a la Mesa de Enlace a una reunión para limar asperezas. En ningún caso se retracta o da marcha atrás. Pero protestando solidaridad y amparándose en el argumento de la emergencia, en apenas cuarenta y ocho horas logra que las dos cámaras del Congreso Nacional aprueben un paquete que tras su nombre algo empalagoso no puede ocultar la verdad del asunto: se trata de un brutal ajuste selectivo.

Por de pronto ha logrado un respiro de 180 días, que no es poca cosa en medio de las arenas movedizas que pisa. En tren de escoger un camino, privilegió el que cree que puede otorgarle un margen de maniobra amplio de cara a la negociación en marcha con el Fondo Monetario Internacional y los tenedores de bonos con jurisdicción extranjera. Había que darle una señal clara a los acreedores de que existía —de parte de la administración entrante— la voluntad de llegar a un acuerdo y de honrar la deuda contraída. Ello suponía conseguir, a como diese lugar, un superávit primario consistente. Si producto del impuestazo y de la vuelta de tuerca previsional —hecha a expensas de los jubilados— el kirchnerismo pudiese sumar el equivalente a un punto y medio del PBI a la recaudación debería estar satisfecho.

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Alberto Fernández aprendió mucho de su paso por la Jefatura de Gabinete, cargo para el cual lo escogió el santacruceño en el año 2003. Entendió a la perfección ese arte en el que su jefe y maestro descolló como pocos. Néstor Kirchner percibió que, en el contexto de una sociedad mansa, el ejercicio del poder se hace tanto más fácil cuanto mayor resulta su discrecionalidad. ¿Qué estaban dispuestos a hacer los obispos después de que el nuevo ministro de Salud, Ginés González García, les mojara la oreja sin asco? —Nada que no fuera levantar una protesta a través de los medios de comunicación. Eso en paralelo a la bienvenida que el Papa le dio a la primera dama argentina. ¿Qué harían los grandes empresarios frente a las medidas intervencionistas del gobierno? —Menos que los purpurados católicos. ¿Cómo reaccionaría el campo delante de la suba de las retenciones? Con algunas movilizaciones al costado de las rutas y poco más. ¿Y los jubilados? —Bien gracias.

El presidente copó la parada y dejó a la vice a la altura de una figura menor. No porque lo sea sino porque en el reparto de roles convenido entre ambos el manejo diario de las oficinas de gobierno y el desenvolvimiento de las políticas públicas serán monopolizadas por Alberto y no por Cristina. A esta altura, está claro que se equivocaron quienes presagiaban tormentas en el seno de la administración kirchnerista ni bien el binomio triunfador en las elecciones de octubre último se hiciera cargo del poder Ejecutivo y del Legislativo. Alberto Fernández no es un títere ni cosa parecida. Le sobra carácter como para que se lo compare con Cámpora o Scioli. De su lado, Cristina Kirchner sabe cuál es su rol en este momento. El poder de veto no es asunto de poca monta.

Si bien la afirmación tiene algo de reduccionista, podría decirse que en ciertos aspectos el ajuste dispuesto por el kirchnerismo es una suerte de continuación del que puso en marcha el gobierno anterior cuando su receta gradualista hizo agua. Eso sí, con una diferencia notoria en términos del timing. Mientras Mauricio Macri —fruto de un error de diagnóstico y temeroso de las consecuencias que podía generar— descartó de plano una política de shock desde antes de hacerse cargo del poder, y recién intentó hacer algo —por necesidad— tres años más tarde, Alberto Fernández la ejecutó desde el primer día de su gestión presidencial.

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Pero el corazón del ajuste es el mismo, corregido y aumentado en el caso de la administración del Frente de Todos: el sector privado debe pagar los platos rotos por el sector público. En esto no hay un abismo que separe a los que se fueron de los que acaban de entrar a Balcarce 50. Podran disentir en otras cuestiones pero a la hora de ajustarse el cinturón, el libreto es siempre similar. El Estado gasta con bolsillo de payaso y luego, terminada la fiesta, obliga a los contribuyentes a apagar el incendio.

La pregunta obligada es la siguiente: ¿porque una receta que fracasó cada vez que se ensayó, habría de tener éxito ahora? Por sobre todo, si en las drásticas medidas que se han tomado se agotara el plan económico de Alberto Fernández. De ser así, tendremos un veranito efímero, nada más. En plena recesión y con una carga impositiva insoportable —puesta sobre las espaldas de quienes generan empleo, invierten y producen— no parece la mejor solución redoblar esa carga y, al mismo tiempo, proclamar a los cuatro vientos que no puede haber, en una circunstancia como la presente, ajuste fiscal de ningún tipo. Lo más probable es que la parálisis económica continúe y el wait and see se prolongue.

Con todo, la suerte inicial del gobierno kirchnerista se juega más por fuera de las fronteras de la Argentina que adentro. La prioridad pasa por llegar a un acuerdo con el FMI y los bonistas, en el cual el dato fundamental será el tiempo de gracia que le concedan a nuestro país para pagar la deuda. Convencer al principal organismo de crédito del mundo y a los tenedores de títulos con jurisdicción extranjera que nuestro país se ha vuelto confiable y que estará —en un lapso de cuatro años— en condiciones de honrar los compromisos contraídos, es la tarea por excelencia que tendrá el gobierno de ahora en adelante. De puertas adentro, ya jugó sus cartas e impuso una receta fiscalista de resultados inciertos. De puertas para afuera, en cambio, dependerá de la buena voluntad de los acreedores. A los argentinos, cuya mansedumbre es proverbial, Alberto Fernández los puede poner de rodillas. Al FMI y los tribunales de Nueva York, no. Felicidades.

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