De Oyarbide y Verbitsky a Cristina y Francisco – Por Vicente Massot

Como nos hemos acostumbrado a vivir en estado de alerta, presos de la inseguridad a la que nadie es capaz de ponerle coto, la seguidilla de crímenes que en los últimos días ha vuelto a sacudir al conurbano bonaerense no generara una reacción en cadena capaz de conmover las bases de sustentación del kirchnerismo. La sociedad criolla es proverbialmente mansa y nada parece conmoverla. Vive asustada y protesta de la boca para afuera cada vez que matan a alguien. Pero todo termina en lo mismo: pasada la conmoción y los lamentos de rigor, la gente vuelve a su vida normal y al poco tiempo todo se ha olvidado.

Por eso Jorge Capitanich puede decir, sin que le dé vergüenza, que cuanto a nosotros nos atemoriza sucede también en el resto del mundo y es producto de las “inequidades distributivas” (sic). En el mismo sentido, el gobernador de Buenos Aires se anima a repetir las generalidades de siempre, sin darse cuenta que —a la larga— él tiene más que perder que otros. De todos los que han hecho mención al tema, sólo Martín Insaurralde dijo la verdad. No importa tanto saber si pensó dos veces antes de abrir la boca. Lo importante, en todo caso, fue que se sinceró aunque ahora se desdiga en parte. Optó por mudarse a Puerto Madero. ¿La razón? —Muy sencilla: es más seguro.

La inseguridad no obrará levantamientos de protesta social aunque erosionará, de manera silente, el poco capital que les va quedando a políticos como Daniel Scioli. Porque una cosa es que no se le pida al gobierno que rinda cuentas hoy. Otra es que la gente eche en saco roto el tema. A la hora de votar los discursos garantistas de estilo zaffaroniano o los insulsos —tan del gusto del mandatario bonaerense— llevan las de perder. Salvando las distancias del caso, Sergio Massa es el único que se ha dado cabal cuenta del fenómeno y en eso su posición es semejante a la de Carlos Ruckauf al momento de enfrentar a Graciela Fernández Meijide en 1999.

Como quiera que sea, da la impresión de que, conforme transcurren las semanas, en el kirchnerismo —otrora tan disciplinado y sujeto a las órdenes que bajaban desde Olivos y recorrían toda la cadena de mandos— cada cual dice y hace lo que quiere. No hay, al menos todavía, sublevaciones visibles o desobediencias sonoras. Pero no hay uniformidad de pareceres, ni mucho menos.

En solitario, Horacio Verbitsky es el único de los kirchneristas con alguna importancia que insiste en cargar lanza en ristre contra Jorge Bergoglio. La cruzada que inició ni bien recibir la noticia de que el entonces cardenal primado de la Argentina había sido elegido Papa, la continúa ahora en una muestra paradigmática de lo que puede —por un lado— la inquina ideológica y —por otro— la falta de realismo. Se entiende que un ex miembro de la organización Montoneros —quien, a diferencia de muchos de sus compañeros de la guerrilla peronista, odia al catolicismo— haya reaccionado en consonancia con sus fobias en contra de quien —por su investidura, autoridad y poder— está en las antípodas. También que haya sido el principal abanderado de la campaña enderezada a expensas del Sumo Pontífice en los primeros días luego de ser electo. No parece lógico, en cambio, la persistencia de sus embates cuando el gobierno presidido por Cristina Fernández hace rato que giró en redondo y pasó del ataque desaforado al embelesamiento.

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Si Verbitsky lanzara sus brulotes en algún medio periodístico financiado por él, nada tendría de sorprendente la continuidad de su prédica. Pero hacerlo en el mismísimo house organ del kirchnerismo, Página 12, es otra historia. Nada de lo que se publica en ese diario es producto de la libertad de conciencia de los periodistas que allí trabajan. Suponer que pueden firmar sus notas sin pedir permiso a sus mandantes es una ingenuidad. Sin embargo, en un tema no menor, de especial consideración para la presidente, que acaba de visitar en Roma a Francisco, que el redactor estrella del periódico mencionado se haya permitido el domingo pasado relanzar el mito de Bergoglio cómplice del gobierno militar demuestra hasta qué punto, en la etapa crepuscular de los K, las disidencias internas afloran por doquier.

El de Verbitsky es sólo un ejemplo. El otro que se puede mencionar es el de uno de los jueces federales con mejor llegada a Balcarce 50 y, por lógica consecuencia, de los más funcionales a los intereses del kirchnerismo en general y del matrimonio que nos ha gobernado por espacio de los últimos diez años, en particular. Norberto Oyarbide es el responsable directo de haberle evitado a Cristina Fernández —que no hubiera podido justificar nunca el incremento de su patrimonio— el escándalo de tener que explicar lo inexplicable. Eso solo le aseguraba la gratitud eterna de la presidente. No obstante lo cual hubo un cortocircuito.

De lo contrario cómo explicar la intempestiva declaración de un juez de conducta equívoca que, de buenas a primeras, sin avisarle a nadie y descolocando a la administración a la que tantos servicios le había prestado —a cambio de protección— levantó todas las sospechas sobre un episodio de corrupción que atañe —entre otros— a la mano derecha de Carlos Zannini. Con la particular coincidencia de que, al hacerlo, de alguna manera se auto–incriminó y dejó en offside al poderoso secretario legal y técnico de la Presidencia.

Nadie sabe, a ciencia cierta, qué motivó la reacción algo histérica del mediático magistrado a quien el camarista Ricardo Recondo —un modelo de honestidad que hace honor a la justicia argentina y factor decisivo en el Consejo de la Magistratura— acaba de definir como “vergonzoso”. Aunque no sería de extrañar que, en ese intercambio de favores espurios que ha vertebrado el oficialismo con parte de los jueces federales, Oyarbide haya caído en desgracia y haya temido que le soltaran la mano desde la Casa Rosada. Ello explicaría su declaración que, bien analizada, arrastraba una advertencia.

Nada es lo mismo en los cuarteles gubernamentales. Mientras unos buscan su lugar bajo el sol junto a Daniel Scioli, otros cierran filas detrás del gobernador entrerriano. Unos insisten en sostener a Boudou al mismo tiempo que otros —siempre en privado— sostienen cada vez con másénfasis que cuanto antes sea procesado y puedan sacárselo de encima, mejor. En tanto unos, junto al presidente del Banco Central —el verdadero artífice, dicho sea de paso, del principio de ajuste de la economía lanzado por el gobierno— insisten en profundizar las medidas en marcha y atacar el gasto público y la inflación, otros lo consideran un sinsentido.

Capitanich no termina de congeniar con Kicillof. Ninguno de los dos sintoniza la misma onda que Fábrega. Rossi discute con Berni por el narcotráfico, en tanto Diana Conti y Carlos Kunkel no terminan de ponerse de acuerdo respecto de quién es el mejor candidato para un kirchnerismo devaluado, que dentro de dos años no contará con Cristina Fernández y carece, a esta altura, de un delfín en condiciones de sostener los colores de la casa con alguna posibilidad de éxito electoral.

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Esta realidad —que cualquiera que no sea un necio, un despistado o un ideólogo contumaz percibe sin dificultad— es la que ha llevado al Papa, en su calidad de argentino preocupado con lo que pasa en nuestro país, a acercarse a la presidente y recomendar a todos sus interlocutores que no la dejen sola. Es notable el cambio que se ha obrado entre dos personajes que no se podían ver, aun cuando lo disimularan —Bergoglio, ciertamente, mucho mejor que la Fernández— y hoy se reúnen por segunda vez en un contexto muy diferente al que existía en oportunidad del primer encuentro de ambos en Roma.

Al Santo Padre la situación de la Argentina no le quita el sueño pero no le resulta indiferente, sobre todo en atención a lo que ha sido desde hace años su parecer respecto del desenlace que podría tener una crisis de magnitud entre nosotros. No es un secreto que, en reiteradas ocasiones, frente a distintas personalidades de la más distinta índole, el cardenal Bergoglio pronosticó que si el clima de odio y crispación que ha ganado a parte de la sociedad escalase, no sería de extrañar que corriese sangre.

Se podrá pensar que hay algo de exagerado en la opinión, aunque el hecho de que lo haya expresado no una vez sino varias quien luego sería el sucesor de Benedicto XVI, le da al comentario una trascendencia especial. Además, no hay que perder de vista que el ahora Papa no se ha bajado de su convicción. No piensa Francisco que sea inevitable un enfrentamiento en elcual se llegue a los topes comentados. Sí supone que el riesgo no ha pasado y que el rumbo de colisión que lleva el gobierno, unido a su particular forma de entender la política como empresa de dominación en donde los que no son aliados son enemigos, plantean un futuro peligroso.

De aquí que a los empresarios, sindicalistas y políticos de todas las observancias que casi semanalmente visitan al Papa en la Ciudad Eterna, éste los haga participes de sus tribulaciones y les pida que traten de ponerle paños fríos a las disputas de todos conocidas y ayuden a que el gobierno pueda llegar a diciembre de 2015. En este contexto se inscribe la nueva visita de la presidente a Roma.

Cristina Fernández, como es de público conocimiento, pasó de una ofensiva salvaje en contra de Bergoglio a una buena vecindad. No es un secreto para los bien informados que Francisco no ha perdido oportunidad de comunicarse con la solitaria y atribulada habitante de la quinta de Olivos con el propósito de consolarla, a veces, y de aconsejarla, en otras. Menos en términos políticos que en términos espirituales, si se entiende la diferencia.

Imaginar que, de resultas de semejante relación, el Papa logre que la viuda de Kirchner modifique el derrotero que lleva su administración sería no entender la naturaleza del vínculo que han anudado. Jorge Bergoglio no se escuda en su condición de Santo Padre para motorizar una maniobra de aproximación a la presidente. No existe un móvil específicamente político que lo haya animado a tender puentes con una mujer que lo consideraba su enemigo. Lo ha hecho en razón de sus temores respecto del futuro argentino.

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