De Obama a Bruselas. Por Vicente Massot.

La visita del presidente Obama a nuestro país es sin duda importante, aunque más no sea en razón de cuanto significa su decisión de visitar la Argentina luego del enclaustramiento al cual nos había condenado el kirchnerismo. Que el jefe de estado más poderoso del mundo cambie impresiones con su par argentino siempre será algo digno de destacar. Pero, más allá de las ventajas que ello pueda eventualmente reportarnos, el hecho de que pise estas playas no significa que vayan a solucionarse, como por arte de magia, los problemas que nos aquejan. Obama, además, es un presidente que dejará pronto la Casa Blanca, de modo tal que es aconsejable ser cautos a la hora de tejer especulaciones sobre el resultado del viaje. Con toda seguridad dejará expedito el camino para que su sucesor en el cargo continúe una política de buena vecindad continental, en un momento de cambios estratégicos fundamentales en las relaciones de fuerzas de Latinoamérica. El ocaso del chavismo y la crisis brasileña dejan abierta una posibilidad para que Mauricio Macri asuma un rol protagónico que en otras circunstancias hubiese sido impensable siquiera imaginar. Ahora, en cambio, no sólo es imaginable sino que resulta factible. Claro que una alianza con los Estados Unidos es condición necesaria para transformar en realidad cuanto de momento resulta una aspiración de nuestro presidente

Dicho lo cual, corresponde en esta ocasión que saltemos al tablero internacional. El Estado Islámico ha golpeado de nuevo en Europa. En este orden de realidades, y aun cuando pueda herir la sensibilidad de los bienpensantes, no hay diferencias esenciales entre los atentados que sacudieron a Bruselas hace dos días y aquellos que en noviembre pasado fueron enderezados, por la citada organización fundamentalista, a expensas de Francia y del Hezbollah, en los territorios que este partido —de reconocida observancia chiita— domina en su país.

Analizadas las tácticas empleadas, cuanto primero salta a la vista es que los blancos elegidos lo fueron tomando en consideración no su importancia militar o gubernamental sino su carácter estrictamente civil. No se hizo saltar por los aires un cuartel ni resultaron víctimas fatales personalidades representativas de los factores de poder de los lugares mencionados. Lo que se buscó fue matar a mansalva, de manera indiscriminada, en estadios, mercados, bares o teatros, con el propósito inequívoco de llevar el miedo a toda la población.

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Lo que trasparenta la beligerancia del EI —desenvuelta, indistintamente, contra cristianos, judíos o musulmanes, cualquier sea su credo, nacionalidad o militancia ideológica— es que no se trata de un choque de civilizaciones o de una disputa de carácter religioso. No hay nada que admita sustentar la socorrida idea de que en los amplios pliegues del Islam habita, agazapado, el Mal que pugna por barrer con los principios de la Ilustración. Pueden entenderse, por ejemplo, las razones de Israel para situar en un pie de igualdad a todas las vertientes radicalizadas del Islam, tanto árabes como persas, cual si fueran exactamente lo mismo, a condición de saber que una cosa es comprender el razonamiento —producto de una guerra interminable— y otra el considerar verdadera a la propaganda política.

En la contienda planetaria a la que asistimos —como simples espectadores sudamericanos— nada es lineal. Los Estados Unidos serán siempre el garante de última instancia de Tel Aviv, lo cual no quita que —por mucho que perturbe al gobierno hebreo y a la poderosa colectividad judía norteamericana— en este momento, producto de la disputa geopolítica en el Medio Oriente, Washington haya depuesto sus reparos de otrora y los odiosos ayatollahs se hayan trasformado en sus flamantes aliados. Pero eso, a su vez, no significa que su polí- tica en lo concerniente al reconocimiento del régimen iraní se extienda al de Al Assad. Si se quiere agregar algo más de confusión al tablero geoestratégico descripto, tómese en cuenta el respaldo —abierto o solapado, según los casos— que algunos factores de poder sauditas, y al menos uno de los emiratos árabes más ricos del mundo, le han prestado al EI desde sus inicios.

No es con arreglo a una lógica primaria de buenos y malos —ángeles y demonios, defensores de los derechos humanos universales y criminales de lesa humanidad— como podrá entenderse cabalmente la conflagración en curso. El criterio básico es el de la enemistad al cual será necesario acostumbrarse aun cuando ello signifique —sobre todo para las cómodas y satisfechas sociedades occidentales— vivir con miedo. ¿Cuántos habitantes europeos hubiesen pensado antes del atentado que el EI los considera tan enemigos como a los norteamericanos, israelitas o miembros del Hezbollah, que ellos también serían considerados beligerantes? —Pocos, si acaso alguno.

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Este es un conflicto en donde sólo cuentan el realismo puesto de manifiesto a la hora de distinguir al amigo del enemigo —no con arreglo al cumplimiento estricto de un decálogo de respeto de las libertades públicas y de los derechos humanos, sino en consonancia con las necesidades estratégicas de tiempo y lugar— y la voluntad de ejercer en plenitud el poder. Sorprende pues, dada la envergadura del desafío planteado por el Estado Islámico, el discurso de algunos gobernantes, intelectuales, figuras políticas y analistas internacionales que, frente al problema, enarbolan argumentos propios del Sermón de la Montaña.

En una guerra a escala mundial en la cual no hay reglas definidas para el empeñamiento de las tropas en combate ni forma de reglar la beligerancia, la enemistad se convierte en absoluta. Por ahora ha sido el EI quien ha llevado la delantera en términos de fijar el campo de acción y elegir a sus víctimas sin contemplaciones de carácter moral. Los poderes occidentales, inversamente, no terminan de asumir las culpas que les corresponde por haber respaldado la trágica Primavera Árabe; no parecen entender que Putin y Al Assad son sus aliados —tan forzosos e imprescindibles como odiosos, si se quiere— a la vez que tampoco se animan a llevar hasta las últimas consecuencias la guerra al campo enemigo. Existe una célebre sentencia del general Douglas Mac Arthur, dicha en su discurso de despedida en West Point, de momento poco atendida: “En la guerra no hay sustituto para la victoria”.

Massot/Monteverde

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