Lun. Dic 6th, 2021

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

De lo que se habla. Por Vicente Massot

Pasadas las elecciones hay tres temas que concentran la atención política. Si bien no resultan excluyentes, sin duda acreditan una importancia especial. A saber: el silencio casi sepulcral de Cristina Kirchner; la negociación —que a esta altura nadie sabe a ciencia cierta qué tan adelantada se encuentra— con el Fondo Monetario Internacional y, por último, el propósito atribuido a Alberto Fernández de dar comienzo a una segunda etapa de su gobierno y de paso probar, respecto de la vicepresidente, su razón independiente de ser. Aun cuando puedan parecer diferentes entre sí —cosa que es cierta—, de todas maneras se explican y complementan mutuamente.

Que la jefa indiscutida del Frente de Todos —al menos hasta conocidos que fueron los resultados de los comicios legislativos— se haya llamado a silencio, no es materia que deba sorprender. Antes de generar un cortocircuito más grave que el producido con motivo de la carta pública que le hizo llegar luego de las PASO al presidente de la Nación, esta vez ha decidido abrir un compás de espera y no precipitarse. Es consciente de que nada ganaría con obrar una conmoción interna —mayor a la que ya existe— en el seno del gobierno y del movimiento peronista. ¿Para qué echar más leña al fuego? Por de pronto su poder no es omnímodo y debe administrar su ejercicio con cautela. Pero, además, se hace menester curar la heridas que produjo la derrota antes de tomar una decisión que no es fácil.

Descartada por impracticable y suicida una embestida de frente y a la vista de todos en contra de Alberto Fernández, se abren ante ella tres alternativas: o mantiene una distancia notoria —aunque sin estridencias ningunas— de la gestión gubernamental y del derrotero que lleva Martin Guzmán de cara al FMI; o abraza la estrategia de la Casa Rosada sin beneficio de inventario, o bien permanece callada y —al mismo tiempo, por líneas interiores— le pone obstáculos al manejo de la crisis por parte del albertismo.

Que la relación siempre tensa de los dos Fernández no ha cambiado lo demuestran hechos que en otras circunstancias pasarían desapercibidos pero que ahora cobran un significado especial: la discusión —a grito pelado, según algunos testigos— del presidente y Máximo el día de las elecciones en el búnker del oficialismo, y el gesto desairado de La Cámpora de hacer su entrada a la Plaza de Mayo en el momento en que había finalizado el discurso presidencial, durante el acto del pasado miércoles 17, no requieren comentarios ulteriores. Hablan por sí solos.

Desde diciembre de 2019 hasta hoy los integrantes de la fórmula electa nunca terminaron de ponerse de acuerdo. Tan sólo coincidieron en la política orquestada para combatir la pandemia. La tensión creció sin cesar y lo que ocurre ahora es que los problemas derivados de la inflación, el atraso tarifario, la brecha del tipo de cambio y la pérdida de reservas obligan al gobierno a realizar un ajuste que todos saben que resultará doloroso, socialmente considerado. Cristina Fernández debe hacer un fino equilibrio: es poco probable que acepte secundar a la Casa Rosada en las medidas impopulares que deberá adoptar la administración presidida por Alberto y, al propio tiempo, carece de espacio para romper con él.

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En el tira y afloje de los dos protagonistas sobresalientes del Frente de Todos, el aspecto más relevante es lo que vaya a suceder con el Fondo Monetario Internacional. Que se sepa, la Señora hasta hoy no ha dicho esta boca es mía en la discusión abierta dentro del gobierno respecto de la conveniencia de cerrar un acuerdo con ese organismo de crédito. Todas son suposiciones. Creemos que el presidente y el titular de la cartera económica están convencidos que sentarse a negociar y tragarse varios sapos es inevitable. Estimamos que Cristina Kirchner no se halla enteramente segura de que esa sea la mejor salida. Pero son, en su totalidad, especulaciones y nada más. Ello en virtud de que mientras aquéllos dicen un día una cosa y al siguiente expresan otra diferente, ésta ha hecho mutis por el foro.

Es conveniente aclarar que ninguna de las reformas estructurales que requiere el país para salir adelante habrán de ponerse en marcha a partir del programa de facilidades extendidas que firmemos con el Fondo, en el supuesto de que haya acuerdo. Así como después del canje de la deuda con los tenedores de bonos la situación argentina empeoró y la tasa trepó, nada quita que acontezca otro tanto luego de fumar la pipa de la paz con la directora Kristalina Georgieva y su gente. Por supuesto que darle largas al asunto o decidir salirse de las negociaciones, significaría obrar un salto al vacío sin red de contención. Lo que perturba a Cristina Fernández es que luego de lo expresado en reiteradas ocasiones por su hijo y sus seguidores —Parrilli, Larroque, etc.— respecto de no aceptar un ajuste impuesto por el FMI, cuando la verdad salga a la luz y se hagan notar sus efectos, se vera en figurillas para explicar su posición.

Y qué hay de cierto en la intención que tendría el presidente de ponerse los pantalones largos y fijarle un límite a cualquier avance indebido o descomedido de la Señora. Con Alberto Fernández nunca terminaremos de saber cuánto existe de cierto en esta súbita toma de conciencia que algunos de sus ministros y amigos dan por segura. Que haya pensado seriamente en una estrategia para independizarse y asumir su mayoría de edad política es algo bien distinto a animarse a ponerla en práctica. Como delante de Cristina ha dejado al descubierto una faceta desconocida —su proverbial servilismo—, luce difícil que de buenas a primeras deje de ser un ratón para convertirse en un león. ¿Alguien podría imaginar siquiera a predecesores como Héctor Cámpora toreándolo a Juan Domingo Perón o Daniel Scioli plantándosele a Néstor Kirchner? No podría suceder ni siquiera en sueños.

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El presidente amaga con jugar el as de espadas o el ancho de bastos e inclusive traza planes junto a sus colaboradores más estrechos. Teje contactos con ciertos mandatarios provinciales que le son afines y con los gordos históricos de la CGT. También con los jefes de los movimientos sociales que lo respaldan. No obstante, cuando hay que pisar fuerte, la alianza que en los papeles suena compacta y poderosa se viene abajo como a un castillo de naipes que lo soplara un enano. Ninguno en realidad sabe qué hacer y todos le temen a la Señora, que los mira de lejos con la boca cerrada.

El problema insoluble que enfrenta el gobierno es que carece del capital político suficiente como para tomar el toro por las astas. Es lo que parece: un loquero donde cada funcionario hace lo que le viene en gana y no pasa nada. Un embajador tan impresentable como presuntuoso —lo más parecido a un pavo real que se encuentre en el kirchnerismo— se permite hacer unas declaraciones inconcebibles en Santiago de Chile, y un canciller que de relaciones exteriores no tiene la más mínima idea sostiene que sus expresiones fueron hechas a título personal. En Rosario las bandas del narcotráfico amenazan transformar esa ciudad en un caos y el ministro de Seguridad mira para otro lado. El secretario de Comercio Interior colisiona con el ministro de Agricultura mientras Alberto Fernández se saca una foto con su perro Dylan.

¿Se entiende por qué el divagar, acerca de si habrá o no internas dentro de dos años en el Frente de Todos o si Rodríguez Larreta le ganará la pulseada interna a Patricia Bullrich y a los radicales en Juntos para el Cambio, es no tener la menor idea de la gravedad de la situación?
Ignoramos qué va a suceder mañana y teorizan algunos irresponsables sobre 2023.

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