De la crisis al ajuste. Por Vicente Massot

Cualquiera que desease realizar un resumen y compendio de la gestión presidencial de Mauricio Macri, y no se dejase llevar ni por simpatías ni por fobias de carácter ideológico, debería concluir que lo suyo ha resultado, hasta el momento, un fracaso sonoro. Ello no significa que la cuestión esté cerrada y que cuanto fuese capaz de realizar la administración de Cambiemos, de ahora a la finalización de su mandato, sería intrascendente. No hay nada definitivo; pero nadie a quien le hubieran anticipado cuando Cristina Fernández abandonó Balcarce 50 que dieciocho meses más tarde el índice inflacionario alcanzaría 42 % (o algo más); la caída del PBI sería, aproximadamente, de 2 %; 35 % de la población se hallaría bajo la línea de pobreza; el país padecería una recesión de proporciones; la deuda representaría 85 % del PBI, y que sólo con el concurso del Fondo Monetario Internacional la coalición gobernante lograría mantenerse por encima de la línea de flotación, lo hubiese considerado un éxito.

Las promesas algo grandilocuentes respecto del cambio de paradigma que traería aparejada la acción gubernamental del macrismo; los sesudos razonamientos sobre la nueva política inaugurada por el oficialismo; la catarata de inversiones extranjeras que desde el segundo semestre del 2016 le darían a la raquítica economía nacional un impulso pocas veces visto antes, y la sentencia de muerte enderezada en contra del flagelo inflacionario al que —al menos en los discursos— el presidente despedazó una y otra vez, vinieron a resultar vaniloquios. Como frágiles castillos de naipes, se derrumbaron a la primera de cambios.

Ninguno de esos anuncios quedó en pie y, en cambio, como producto de las fallas garrafales de un elenco ejecutivo del montón y sin demasiadas ideas, en el horizonte de los argentinos se recorta ahora el “Déficit Cero”. Tres largos años y tanta faramalla para epilogar en un ajuste que —como de costumbre entre nosotros— recaerá sobre los bolsillos de la gente y de la producción.

El Presupuesto 2019 se aprobará en razón de que es vital, tanto para el gobierno como para los gobernadores. Caputo y Dujovne no podrían aparecer ni en figuritas ante el FMI si la ley de leyes no tuviese el aval del peronismo. Los mandatarios provinciales, por su parte, tras patalear y tratar, por todos los medios, de sacarle alguna canonjía más al poder central —postergación de la baja de ingresos brutos e incremento del porcentaje de pago del impuesto a los Bienes Personales— no tendrá más remedio que homologar el acuerdo. El horno no está para bollos y ellos no pueden darse el lujo de jugar con fuego y de hacer las veces de desestabilizadores.

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Cabría formular una pregunta básica: —¿Cómo es posible que, en apenas dos o tres meses, se consiga cuanto el oficialismo y el arco opositor consideraban de realización imposible poco tiempo antes de desatarse la crisis cambiaria? De pronto, casi por arte de magia, el déficit fiscal desaparecerá. Lo que primero explica el portento es que nos hallamos al borde del precipicio y hay que transformar la necesidad en virtud. Sin ajuste no hay auxilio financiero de la señora Lagarde; y sin los desembolsos anticipados del Fondo, el infierno tan temido estará a la vuelta de la esquina.

La segunda razón es que, cuando las papas queman, los gobiernos —sin distinción de ningún tipo, el de los Kirchner y el de Macri por igual— aumentan impuestos a como dé lugar. ¿No era que no se gravaría al campo? ¿Acaso no se nos dijo, hasta el hartazgo, que el impuesto de Sellos era regresivo? ¿Escuchamos mal o el macrismo repitió con insistencia que aliviaría la aherrojante presión impositiva que conspiraba contra los mejores esfuerzos de la actividad privada?

Para llegar al Déficit Cero se le exigirá un aporte directo o indirecto, según los casos, a casi todos los argentinos: a las personas, las familias y las empresas. La política, inversamente, quedará a cubierto del esfuerzo. A los exportadores se le impondrán retenciones; y a la gente, la inflación le licuará su poder adquisitivo. En contraposición, el ejemplo que deberían dar los funcionarios resulta un ausente con aviso. Por supuesto no es escándalo —el comentado— del que haya que extrañarse. Ha sido y seguirá siendo moneda corriente en una tierra donde a las minorías dirigentes no se les cae una idea, más allá de aprovecharse de la inflación —aunque no lo reconozcan, por razones obvias— y de generar nuevas cargas impositivas.

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La recuperación, que algunos ilusos imaginan posible a fines de año, se encuentra lejos. El ajuste en marcha es tan inevitable como recesivo. La contracción que sufrirá la economía, unida a una inflación que anualizada orilla 45 % —la de septiembre, bueno es tenerlo en cuenta, muy probablemente, alcance 6 %— no da lugar al optimismo. Tampoco la certeza de que la Reserva Federal norteamericana aumentará, en septiembre y en diciembre, la tasa de interés. Convengamos que para los así llamados emergentes —y ni que decir para los subdesarrollados, dónde figuramos— la noticia es pésima.

Si bien la dimensión de la crisis parece no admitir pronósticos ligeros, de todas maneras el oficialismo sigue arriba en la gran mayoría de las encuestas, mientras la situación del peronismo —dividido en dos facciones, la ortodoxa y la kirchnerista— continúa representando una ventaja enorme para Cambiemos. Aunque el gobierno tiene hoy poco y nada que mostrar y ha sido claro en reconocer que los meses por venir serán dificilísimos, no pierde la esperanza —con base en el respaldo obtenido en el FMI y la sanción del presupuesto 2019, que da por hecho— de llegar a los comicios en mejores condiciones que sus adversarios. Los motivos sobre los cuales se halla sostenida su ilusión, además de los citados, tienen nombre y apellido: las cosechas y Vaca Muerta.

Es cierto que el espaldarazo que vino del norte es una realidad y que —salvo imponderables de último momento— en el Congreso el Presupuesto que ingresará el jueves a la cámara baja, será aprobado. Lo demás no deja de ser hipotético: las cosechas dependen de factores impredecibles y al yacimiento gasífero mencionado le falta tiempo para transformarse en el boom que todos descuentan.

Más allá de las especulaciones que corresponda hacer acerca de si en 2019 seguirá la recesión o no, el camino a recorrer hasta el comienzo del próximo otoño resultará ser el más árido y dificultoso que se recuerde desde 2001. Los índices económicos son elocuentes y no admiten mayores discusiones. En cambio, las consecuencias sociales a que pueden dar lugar en el corto y mediano plazo, la recesión y la inflación combinadas, nadie es capaz de predecirlas.

 

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