De internas ni hablar. Por Vicente Massot

Hay quienes, dentro de Cambiemos, no se cansan de levantar argumentos con el propósito de negarle su carácter de coalición. Pero —aunque rara y desigual— posee todas las características de una coalición. El radicalismo, disminuido cómo está desde hace décadas y necesitado —por elementales razones de sobrevivencia política— de forjar alianzas capaces de disimular su falta de candidatos presidenciables y de peso electoral en la provincia de Buenos Aires y en el distrito capital, requiere que le hagan lugar en algún espacio donde cobijar sus debilidades. En este sentido, cuanto sus dirigentes decidieron hacer en el congreso de Gualeguaychú —cuatro años atrás, poco más o menos— fue fruto de la necesidad antes que de una convicción ideológica. Se encontraron entonces a mitad de camino, un partido más que centenario, algo desvencijado, con un Pro al cual no le alcanzaba la musculatura desarrollada en el gobierno porteño para enfrentarse exitosamente al kirchnerismo.
De la común conveniencia de ambos partidos nació eso que conocemos con el nombre de Cambiemos, donde uno de los socios toma las decisiones sin consultarle casi nunca al accionista menor de la sociedad lo que hace y por qué lo hace. Los macristas saben mejor que nadie cuántos puntos calza el radicalismo y cuáles son los límites que no puede pasar, en razón de su escasa fuerza. Se podría decir, sin rastro de ironía o burla, que los seguidores de Don Hipólito y de Raúl Alfonsín ladran pero nunca muerden. Aunque quisieran, no estarían en condiciones de ser feroces.
Este es el contexto en el que se desenvuelve la comedia —que eso es, al final del día— de las principales banderías de Cambiemos respecto de si conviene o no competir en las PASO con dos candidatos diferentes: Mauricio Macri, de un lado, y Martín Lousteau, del otro. Está claro que la discusión nunca se hubiera abierto y viralizado —por así decirlo— de no haber sido por los pobres resultados que arroja la administración de la cosa pública de parte del oficialismo. Seria inimaginable —si no fuese por la mediocre performance del gobierno— que alguien le plantease al presidente en las narices, sin avisarle y sin anestesia, lo que Lousteau voceó a los cuatro vientos en el mismo momento que acompañaba a Macri en su reciente gira por el Lejano Oriente, para utilizar la vieja definición del Foreign Office.
El ex–ministro de Economía de Cristina Fernández —autor en ese cargo de la explosiva 125— y antes presidente del Banco Provincia durante la gobernación de Felipe Solá, hoy las va de radical y se ha acercado a un gobierno que no hizo más que distinguirlo y premiarlo con una embajada —nada menos que en Estados Unidos— que el abandonó como quien se levanta de la butaca de un cine porque no le gusta la película y se manda mudar. Si otra fuese la forma de premiar y castigar del macrismo, lo habrían despedido sin telegrama. Pero los de color amarillo —siempre temerosos del que dirán— pagan tributo de vasallaje a los mandamientos de lo políticamente correcto. A Lousteau no pueden silenciarlo ni dejarlo fuera de la coalición porque sería el peor momento para tomar un camino por el estilo. No le sobran los votos y no las tienen todas consigo como para hacerle morder el freno. No hay más remedio que aguantarlo y tragarse el sapo.
A Mauricio Macri tanto como a su jefe de gabinete, Marcos Peña, lo de Lousteau les pareció una insolencia. Sin embargo, el ubicuo economista no anda por la política a la manera de un francotirador. No es un deslenguado que obra por las suyas, a como dé lugar, o una suerte de iluminado semejante a Lilita Carrió. En la Casa Rosada son conscientes de que detrás del pedido efectuado en pleno periplo por Vietnam está agazapada buena parte de la UCR. Con lo cual el diferendo no se halla entablado entre un rebelde sin causa y el Pro, sino entre las dos
fuerzas más importantes de Cambiemos.
A esta altura, el que exista una asimetría bien notoria de poder de una parte respecto de la otra nada quita al hecho de que ambas siguen necesitándose y ninguna, pues, puede darse el lujo de pelearse a muerte. Pasa lo que con Elisa Carrió: luego de una riña, inclusive tormentosa, llega la calma y hay paz. Por lo tanto, Cambiemos ni se dobla ni se quiebra. Sencillamente se bambolea sin que haya que lamentar víctimas fatales.
No se crea que sólo en las filas oficialistas se da el mencionado fenómeno. Similar en esto al presidente, su predecesora en Balcarce 50 no quiere saber nada de competir, dentro de Unidad Ciudadana, con ninguno de los que se han anotado hasta el momento: desde Agustín Rossi hasta Felipe Solá. En octubre del año 2017 Cristina Fernández perdió la elección bonaerense por el capricho de no permitir que Florencio Randazzo —a quien hubiera aplastado sin despeinarse en una elección interna— probara fuerzas frente a ella. Ahora, cuando aún no ha anunciado si será o no de la partida electoral, está claro que nunca se prestará a darle cabida en las PASO a unos candidatos, según ella insignificantes.
Por fin, en el pelotón de los que no quieren ni escuchar hablar de internas está Roberto Lavagna. Cada vez más cerca de lanzarse al ruedo, supedita su decisión a un paso al costado que deberían dar Juan Manuel Urtubey, Sergio Massa y Miguel Ángel Pichetto. El común denominador entre Macri, Cristina Fernández y Lavagna no es —eso lo entiende cualquiera— de carácter ideológico. Tampoco resulta producto —al menos no en el caso del presidente— de un supuesto egocentrismo, según algunos común a los tres. Lo que, a pesar de sus diferencias, ha terminado uniéndolos es el hecho de sentirse tan importantes, cada cual en su espacio, que les parece inconcebible rebajarse a disputar supremacías con quienes, en todo caso, deberían acompañarlos en calidad de subordinados.

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En el caso de Cristina Fernández, puede darse el lujo de ignorarlos sin dar explicaciones. Mauricio Macri, para conservar las formas, debe dárselas a la UCR aunque después haga su voluntad. Roberto Lavagna, en cambio, lo que hace es plantear condiciones que —de momento— no puede imponer.

Nadie se va a morir en o por una interna. Eso está claro. También lo está la calidad de la democracia criolla.

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