Mié. Oct 5th, 2022

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

De despropósitos e ironías. Por Vicente Massot

En nuestro país todo es posible. Si para muestra vale un botón, según reza el adagio tan sabio como antiguo, las declaraciones efectuadas el fin de semana pasado por el formoseño Héctor Mayans, nos eximen de mayores comentarios. Véase que cuanto demandó de manera enfática el senador de la provincia norteña, para preservar la paz social, fue la clausura del estado de derecho, nada más y nada menos. Con el agravante de que, al vocear tamaño despropósito —esto es, que se diese por terminado el juicio de Vialidad en donde se halla seriamente involucrada Cristina Kirchner— lo hizo lo más campante, como si dijese algo normal. Si a lo dicho se le suma que —salvo el inefable Omar Parrilli— nadie del espacio oficialista creyó pertinente salirle al cruce, la gravedad del caso quedó colmada. Si acaso no resultase suficiente un solo botón, he aquí otro de la misma dimensión: un intento de magnicidio —si en realidad lo fue— en el cual el responsable se pone a tiro de la víctima sin que la custodia percibiese nada fuera de lo común; le apunta a la vicepresidente con una pistola que no tiene bala en la recámara y —cuando gatilla y nada pasa— el blanco sigue su camino sin inmutarse y sus guardaespaldas actúan cual unos novatos de segunda categoría. Hay más botones por si fuera menester convencer a los escépticos. Ese día, en una sobreactuación entre risible y ridícula, el presidente de la Nación ordenó que los granaderos, que son su guardia personal en la Casa Rosada, vistiesen uniforme de combate y portaran armas largas. ¿Habrá creído Alberto Fernández que estábamos en el umbral de una guerra? Dos datos más para la lista: en menos de lo que canta un gallo para el kirchnerismo el campo pasó de ser el resumen y compendio de la oligarquía enemiga a transformarse en el salvador del plan —si es que merced el nombre— pergeñado por Sergio Massa y su equipo. Y eso a partir de un estrambótico invento argentino como es una devaluación del tipo de cambio cuya fecha de vencimiento no excede el mes. Por fin, se reeditó el clásico nacional con la manipulación del celular de Sabag Montiel. Las acusaciones y las recriminaciones que se han cruzado la Justicia, la Policía Federal y la Policía de Seguridad Aeroportuaria dan la pauta, una vez más, de la desorganización y falta de preparación de los integrantes de los cuerpos de seguridad del Estado. Habían quedado expuestas de manera brutal cuando fue descubierto el cuerpo del fiscal Nisman. Ahora —en un episodio menor— se repitieron.

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Nunca sabremos qué quiso hacer el atacante que se encuentra preso y deberá declarar en las próximas horas ante el juez. Si su intención era matar a la jefa del Frente de Todos, ¿cómo es posible que no se haya tomado el tiempo para preparar el arma con la cual dispararía y no haya colocado una bala en la recamara? Es tan elemental el error que da que pensar más en un desequilibrado o un tonto con ganas de obtener notoriedad, que en un asesino profesional. La extendida teoría de un complot urdido en esferas gubernamentales, con el propósito de victimizar a la Señora y fijar el foco de atención en el atentado y no en el juicio, más allá del tufo conspiracionista del argumento, posee un punto flaco: el momento escogido. Supongamos siquiera por un instante, que hubo una planificación previa y que se convenció a un perejil que asumiese la responsabilidad de pasar a la historia como un magnicida —cosa harto difícil de imaginar, salvo que le asegurasen una corta estadía en la cárcel y un montón de dólares. Bien, pero entonces. ¿por qué ponerla en práctica justo ahora, cuando el juicio recién comienza y los efectos del episodio habrán de desaparecer, a lo sumo, en un par de semanas? La lógica más elemental indicaba que se llevase a cabo en las instancias finales del proceso y que el proyectil fuese disparado —para disimular— al aire.

Por supuesto que al oficialismo el fallido atentado le viene como un anillo al dedo. Durante algunos días, no muchos, será el tema obligado de conversación, y la acusación en contra de Cristina hecha por el fiscal Luciani perderá alguna notoriedad momentánea. Las usinas que responden al kirchnerismo batirán el parche acerca del “discurso del odio” y dirán que está en tela de juicio la democracia, o algo así de tremebundo. Las distintas bancadas partidarias del Congreso Nacional expresaran unas cuantas palabras condenatorias para quedar bien —con la sola excepción de Javier Milei— y transcurridos doce o catorce días —poco más o menos— el tema pasará casi al olvido. Hoy parece como si se hubiera producido un punto de inflexión en la historia argentina contemporánea y hubiese surgido un antes y un después del fracasado intento de Sabag Montiel. En realidad, es pura palabrería que el viento se llevara pronto.

Que el magnicidio nonato, de haberse consumado exitosamente, hubiera cambiado el panorama político de cabo a rabo —e inclusive la relación de fuerzas— es cosa segura. Sin embargo, eso no ocurrió y, además, una parte considerable de la ciudadanía piensa que fue armado. Por eso hay que analizarlo dándole la categoría que le corresponde. No ha sido un episodio trascendental sino un acontecimiento serio pero accidental. Nada de todo lo que ciertas mentes calenturientas del kirchnerismo creen posible lograr de ahora en adelante —suspender el juicio de Vialidad; ganar la calle y, desde ese lugar, aumentar sus chances en las urnas; arrinconar al arco opositor acusándolo indirectamente, de ser responsables del atentado, y mejorar de manera acusada la imagen pública de su jefa natural— es probable que ocurra. En pocos días más el INDEC dará a conocer el índice de inflación del mes de agosto, que orillará 7 %. Contra semejante realidad económica no hay espacio ni tiempo para que el gobierno revierta la desventaja que acredita electoralmente.

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Mucho más importante para la suerte del oficialismo que el frustrado magnicidio ha sido la presentación del mecanismo especial para la liquidación del así llamado dólar soja, que habilita el Banco Central a los efectos de comprarlo a $ 200. Era la principal asignatura pendiente que arrastraba Sergio Massa desde que llegó al Palacio de Hacienda. En más de una oportunidad habíamos dicho que su suerte dependería del grado de osadía que tendría su oferta a los productores agropecuarios. La de Silvina Batakis había sido por completo insatisfactoria. Ésta, en cambio, luce algo más atractiva. De hecho, la primera consecuencia del nuevo instrumento que le fuera extendido al campo ha sido la baja —es cierto que pasajera— en la cotización del dólar blue y de los financieros, el MEP y el CCL. Pero es claro que no hay que confundirse: la magia no existe. Es conveniente puntualizar que, si bien podrá atemperarse el problema del stock de reservas, no tendrá los mismos efectos en punto al flujo. Por otra parte, el gobierno, con el anuncio del ministro de Economía hecho el domingo, tendrá que endeudarse a través de un bono del Tesoro, nominado en moneda norteamericana, que le extenderá al BCRA por la diferencia entre lo que éste paga y el valor que recibe (abonará $200 por dólar, bien por encima del cambio oficial de $ 140).

En las cuatro semanas de septiembre se verá hasta qué punto las urgencias para recomponer las reservas netas del Banco Central y poder cumplir con el FMI en este aspecto, son colmadas por la voluntad de los chacareros de vender a ese precio. El kirchnerismo dependerá, de aquí en adelante, de uno de sus principales enemigos históricos. Ironías de la política.