De cómo retener parte del poder – Por Vicente Massot

Quienes la conocen de cerca y se animan a hablar del tema —que no son muchos y pueden contarse con los dedos de una mano— aseguran que Cristina Fernández no tiene decidido aun si, como parece corresponderse con la lógica del poder y de su permanencia dentro del espacio político en calidad de protagonista, será candidata en la provincia de Buenos Aires o intentará hacerse de una banca en el parlamento regional que comenzará a sesionar en años por venir. Pero, al mismo tiempo no dudan un instante a la hora de afirmar que, cualquiera que sea el camino escogido, hay algo que la presidente no piensa delegar: la jefatura de campaña nacional. Conviene al respecto aclarar el alcance de la frase para evitar equívocos ulteriores.

No significa, ni mucho menos, que la viuda de Kirchner quiera tener voz y voto en todos y cada uno de los planes que, a nivel provincial y municipal, se tejen en estos días con el propósito de encarar, de la mejor manera posible, la seguidilla de comicios que habrán de substanciarse casi ininterrumpidamente desde el 12 de abril en adelante. La Señora no está interesada en minucias semejantes. Desea —eso sí— reservarse para ella y nadie más (excepción hecha —se entiende— de su hijo y eventualmente de Carlos Zannini) la decisión última de los temas estratégicos —o sea, decisivos— vinculados a las elecciones presidenciales del año en curso.

En este orden de cosas, su pretensión es reivindicar con éxito —sin ninguna concesión a los reclamos partidistas del PJ, a los caudillos provinciales o a los barones del conurbano que pudieran cruzarse en su camino— la última palabra en punto a candidaturas. Ella sabe —mejor que nadie— el papel que hasta ahora, le ha correspondido a los ex presidentes del justicialismo, salvo Juan Domingo Perón. Sin excepción a la regla y por mucho que en algún momento de su paso por la Casa Rosada hayan parecido inmortales, su vuelta al llano coincidió con el principio del fin de su carrera política. En esto —y salvando las diferencias que los separan en tantos otros aspectos— las parábolas de Isabelita, Carlos Menem y Eduardo Duhalde son bien parecidas.

Cristina Fernández, presuntuosa como pocas figuras públicas de nuestro país, pretende convertirse por merito propio en la primera mujer capaz de romper el hechizo y mantener desde su casa —por llamarle así— el poder que sólo consiguió retener luego de su derrocamiento, en septiembre de 1955, el General. Si bien la historia enseña hasta aquí una tendencia contraria a sus sueños de permanencia, ella supone que está en condiciones de emular, en la materia, al fundador del movimiento.

Necesita —a manera de condición preliminar— que un peronista independiente no herede su lugar en Balcarce 50. Eso convierte a Sergio Massa en enemigo sin retorno. Más allá de la antipatía que puede generarle el personaje —que con su triunfo arrollador en la provincia de Buenos Aires la dejó fuera de la reelección en octubre de 2013— el abismo infranqueable que la separa del de Tigre es la imposibilidad de ponerle límites, si acaso éste se alzase triunfador en las próximas elecciones. Con un peronista de su estilo, poco le quedaría a la Fernández de la armazón parlamentaria que intenta forjar, de cara al futuro, a través de la confección de las listas de diputados nacionales. Massa —con el grado de discrecionalidad que lo caracteriza—transformaría a gran parte de los kirchneristas históricos en partidarios suyos en menos de lo que canta un gallo. Con base en el unitarismo fiscal y una voluntad de liderazgo inequívoca, pocos compañeros se resistirían a ganar junto a él un lugar bajo el nuevo sol que alumbraría.

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Scioli es diferente. Acostumbrada a maltratarlo sin medir consecuencias y a humillarlo en público cuando le da la gana, está segura de que, aun si debiese colocarle la banda y entregarle el bastón de mando, de todas formas el espíritu servil que anida en el gobernador jugaría a favor de ella. Casi podría decirse que está convencida de que nunca se sublevaría. No se trata de que quiera convertirlo en un títere que pueda manejar a voluntad, como estilaba hacer el general con ese pusilánime visceral que se llamó Héctor J. Cámpora. La idea es reservarse para si una cuota y un espacio de poder que el ex–motonauta respete.

En cuanto a Mauricio Macri, la tentación de Cristina Fernández es similar a la de Carlos Menem respecto de Eduardo Duhalde. En el fondo de su corazón hay algo que le dice que resulta preferible la derrota de Scioli a su triunfo. Aún cuando la subestimación del mandatario bonaerense llega a extremos difíciles de definir, nada quita que un subordinado vocacional de buenas a primeras se transforme, una vez elegido presidente, en un enemigo inmisericorde. Sobre todo por las vejaciones constantes de que fue objeto en el curso de los últimos doce años sin que dijese esta boca es mía o insinuara un ademán defensivo.

No es un despropósito sostener que, para alguien como Cristina Fernández, el mejor escenario sería apuntalar un candidato con el suficiente arrastre como para retener una masa importante de diputados y senadores en la primera vuelta, pero incapacitado de ganar en la segunda vuelta. Eso la dejaría en inmejorable posición para liderar a un peronismo vencido que —en el derrotero de la campaña y por efecto precisamente de la derrota— se habría fagocitado ya tanto a Scioli como a Massa.

La segunda condición necesaria es que pueda meter baza en el armado de las listas, en la designación de los candidatos a presidente y vice, y en el discurso de campaña. Hasta el momento lleva cosechado un revés de cierta consideración en Mendoza y dos triunfos muy importantes en el distrito que con razón la desvela —la provincia de Buenos Aires— y también en la Capital Federal. En Cuyo todos sus esfuerzos resultaron baldíos a la hora de armarle la lista a un gobernador que —celoso de sus fueros— opuso exitosa resistencia a sus avances. En tierras bonaerenses, en cambio, impuso a Julián Domínguez como el hombre en el cual piensa para suceder a Scioli. Ello significó: 1) dar por tierra con su fementida candidatura a la gobernación; 2) desterrar la posibilidad de que Florencio Randazzo ocupara ese lugar y 3) anticipar que, de la misma manera que hizo con Domínguez, cuando llegue la hora hará otro tanto con las listas de diputados.

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Si bien es cierto que no se han producido fugas o levantamientos de envergadura en el seno del Frente para la Victoria desde que fue vencido por Sergio Massa, y si también lo es que Cristina Fernández nunca ha abandonado el centro de la escena y siempre ha redoblado la apuesta al momento de lidiar con sus enemigos, no está dicha la última palabra respecto a cuánto caso le harán los gobernadores cuando deban cerrar alianzas y convalidar boletas electorales. Repárese en este dato: de los cinco grandes distritos, en el de menor volumen —Mendoza— careció de fuerza para doblegar a Paco Pérez. En Córdoba, su dueño —José Manuel de la Sota— está en las antípodas del FPV. En Santa Fe el oficialismo nacional ocupará un lejano tercer puesto y habrá que ver la incidencia del poder presidencial. En la Capital Federal, inversamente, está claro que acreditó su voluntad; y se descuenta que en el principal de los distritos haga y deshaga a piacere.

Alguna vez dijimos que no era concesible la imagen de Cristina Fernández recluida en El Calafate tejiendo escarpines para sus nietos. Era impensable que no se postulara para la reelección en octubre del año 2011, de igual forma que es poco probable que se resigne —por mucho que le gusten los micrófonos y los grandes foros— a dar discursos a lo largo y ancho del mundo. Si realmente piensa que su difunto marido y ella —en ese orden— constituyeron un punto de inflexión en la historia argentina contemporánea, imaginar que luego de doce años de ejercer sola o acompañada el poder pudiese hallar un sustituto para ese vicio sería una ingenuidad.

Sólo que en este caso no todo es sencillo. No se trata de soplar y hacer botellas. La arquitectura necesaria para retener parte del poder que hoy detenta —el suficiente a los efectos de liderar la oposición en el caso de que ganase Macri o comandar el FPV en el supuesto de que triunfase Scioli— es una construcción ardua. Y aún si pudiese montarla en los pocos meses que faltan para terminar su mandato, están los imponderables que ni ella ni nadie están en condiciones de prever.

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