Mié. Mar 3rd, 2021

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

De amenazas y provocaciones. Por Vicente Massot

Alberto Fernández se ha convertido en un provocador. Era de sobra conocido su costado oportunista —o si se prefiere, camaleónico— que lo llevó en el curso de los últimos cuarenta años a servir a distintos jefes —de las más variadas ideologías— sin ponerse colorado de vergüenza. Representaba un secreto a voces que no había sido nunca un administrador o gerenciador exitoso de políticas públicas. A lo sumo, un jefe de gabinete útil para Néstor Kirchner, a quien seguía a sol y a sombra. Pero así como resultó una novedad el grado de servilismo que ha desplegado respecto de su viuda —a la cual cargó de críticas e insultos hasta días antes de que ésta le ofreciese encabezar la boleta electoral del Frente de Todos—, en el curso de los últimos meses también sorprendió su empeño de mojarle la oreja a sus enemigos, sin razón evidente. Basta señalar las amenazas que se permitió enderezarle a los dirigentes de las asociaciones rurales y la descalificación hecha a los ministros de la Corte Suprema de Justicia, para tomar conocimiento de lo que estamos hablando.

La provocación —que suele tener mala prensa— no es de suyo ni buena ni mala. Resulta efectiva o ineficaz dependiendo siempre de cómo se la utilice. Esgrimida a tontas y a locas puede ser contraproducente, al extremo de obrar el efecto contrario al deseado. Cuando un político es inútilmente provocativo lo más seguro es que el tiro le salga por la culata. Este es precisamente el riesgo que corre el presidente de la República al cargar lanza en ristre contra unos adversarios a los que o bien no se halla en condiciones de doblegar o —en el supuesto de que pudiese derrotarlos— su triunfo sería pírrico.

Por de pronto, lo que transparentan los exabruptos de Alberto Fernández es preocupación. Cualesquiera que sean sus defectos, no es tan tonto como para creerse sus propias mentiras. Cuando dice —muy suelto de cuerpo— que la economía argentina cobrará en poco tiempo un “impulso inmenso”, lo hace con el propósito de darle esperanzas de una mejoría a la gente. Pero es consciente de la falsedad de su pronóstico. Mediáticamente tiene la obligación de ser optimista y dar buenas noticias, a condición de no dejarse engañar por su propia acción psicológica.

En la Casa Rosada no pasan por alto cuanto señalan la casi la totalidad de las encuestas: la insatisfacción de los segmentos medios de la población con el manejo del gobierno y con su situación personal. La convicción de que este año será tan malo o peor que el anterior, y que las cosas tardarán en acomodarse, no es un invento. Lo piensa una parte considerable de la sociedad, que incluye a algunas tribus urbanas que votaron a la dupla de los Fernández en octubre del 2019. —¿Cómo no preocuparse, pues?— Resulta enteramente lógico que determinadas luces rojas se hayan prendido en el tablero oficialista. En cambio, luce irracional la reacción presidencial a expensas de los ruralistas y los miembros de la Corte. ¿Por que? —Hay dos razones, tan importante una como la otra: la falta de oportunidad y la relación de fuerzas

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¿Qué necesidad imperiosa, de esas verdaderamente impostergables, existía para iniciar ahora una ofensiva contra las posiciones que ocupan esos dos enemigos de fuste? Desandando la historia reciente es fácil caer en la cuenta del precio que debió pagar el kirchnerismo por meterse con el adversario equivocado en el momento menos oportuno. De resultas de su revés frente al campo, un Néstor Kirchner fuera de sí, enterado del voto de Julio Cobos, perdió la compostura esa madrugada en la Quinta de Olivos y deseó renunciar. En las malas perdía con facilidad los estribos y sólo una conversación telefónica con Lula y los consejos de su entonces jefe de gabinete, sirvieron para hacerlo recapacitar. Por su parte ¿a dónde fueron a parar la reforma de la Justicia, la embestida contra Clarín y tantas otras medidas fogoneadas por Cristina Fernández durante su gestión presidencial, cuando toparon con la Corte? Para jugar con fuego hay que andarse con cuidado.

Si el gobierno estuviese en condiciones de modificar la constitución del máximo tribunal de justicia —como pasó en la primera administración K— y poner allí a sus acólitos para generar una “mayoría automática” quizá fuesen entendibles las parrafadas incendiarias del presidente poniendo en tela de juicio la moralidad, nada menos, de los integrantes de la Corte. Pero es tan evidente que sólo está movido por el afán de lograr aquella mayoría, que los votos que necesita en la cámara no los tendrá. Curioso que nadie se dé cuenta en Balcarce 50 de que lo único que gana con semejante falta de respeto, es acentuar el espíritu de cuerpo de ese poder —cuyos integrantes, dicho sea de paso, estaban hasta ayer peleados entre sí— por un elemental sentido de sobrevivencia.

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En cuanto a los argumentos levantados a expensas del campo para justificar un posible aumento de las retenciones, no resisten análisis. Lo que sucede es algo que vimos infinidad de veces en todos los años que lleva la decadencia argentina: gobiernos que, al ser incapaces de domar el aumento del costo de la vida, creen posible hacerlo a través del control de precios, de las barreras aduaneras o del alza en los impuestos a la exportación.

El aspecto a considerar en el análisis de la situación política no es lo disparatado del enfoque oficialista como su timing y la relación de fuerzas en pugna. Desde una posición más sólida que la de Alberto Fernández, Néstor Kirchner y su mujer consideraron posible doblarle el brazo al campo con base en la famosa circular 125, que pergeñara Martin Lousteau. La provocación lo único que logró fue poner en pie de guerra a sus adversarios, que cortaron rutas, se pintaron la cara, movilizaron en su favor a la mitad el país y finalmente obtuvieron —por un voto— una resonante victoria en la cámara alta.

Tal como están las cosas, la jugada del gobierno es fruto de que no sabe de qué manera detener la espiral inflacionaria y se halla escaso de divisas. Por lo tanto, sin más libreto que el intervencionista, amenaza a los mismos antagonistas de doce años atrás pasando por alto que sería suicida en el presente contexto generar una guerra similar a la de entonces.  Con una pandemia que no ha desaparecido todavía y puede reverdecer en el otoño, una economía desquiciada y una vacunación que se mueve al ritmo de las tortugas, comprarse tamaño pleito con el campo sería suicida. Salvo que la Mesa de Enlace se retirase sin dar pelea y fuese obedecida, con sólo volver a los caminos e interrumpir la comercialización de granos lo pondría al gobierno en serios apuros. Dispuesto a resistir y con el respaldo de una parte considerable de la sociedad, el campo es capaz de instrumentar una estrategia de desgaste, que es la única que le está vedada al kirchnerismo. Mientras aquél puede desafiar la autoridad del Estado sin demasiados problemas, éste debe hacerse obedecer en tiempo y forma. El poder que no se ejerce en plenitud, tarde o temprano termina desflecado. Las amenazas, para tener efecto, es menester que se cumplan. Alberto Fernández debería saberlo.

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