Cuelgamuros. Por Sertorio

Que la tumba de un hombre muerto hace casi cincuenta años y que ya es historia, o eso creíamos, vuelva de nuevo a sacudir la vida pública y motive un debate tan insensato como el que estamos viviendo, demuestra que la izquierda de este país aún no ha superado el trauma de su derrota en 1939 y que la llamada derecha es demasiado cobarde como para asumir sin complejos su pasado.

Vaya por delante una aclaración más que necesaria: Franco no era Hitler. Dos cosas le diferencian del dictador alemán. Una, que ganó su guerra y murió en la cama, como Lenin, Tito y Mao. Hoy se pueden visitar sin problemas las tumbas de estos ilustres genocidas, vencedores de sus guerras civiles y cuyas fosas comunes dejan chiquitas a las de Franco. Nadie discute que un protagonista de la Historia de esa categoría disfrute de una sepultura reconocible y monumental. Si las izquierdas españolas no estuvieran cegadas por el odio y por el recuerdo de sus continuas derrotas militares y políticas a manos del Caudillo, se darían cuenta de que desalojar a Franco del Valle de los Caídos es un acto pequeño y mezquino, de una ejemplar ruindad, como lo son las lanzadas a moro muerto. Sobre todo si se producen medio siglo después de enterrar al sarraceno.

Lo otro que diferencia a Franco de Hitler es que, pese a toda la palabrería de sus discursos, fue un aliado de hecho de los británicos y su neutralidad les favoreció objetivamente, como les gusta decir a los marxistas de comunión diaria. Cualquiera que repase los piropos que Hitler, Ribbentrop y Goebbels le dedicaron al Caudillo, comprobará que los alemanes fueron más que conscientes de ese doble juego que se hacía desde El Pardo. Por cierto, gracias a la España de Franco, miles de judíos pudieron escapar de la Europa Ocupada y llegar a Estados Unidos e Iberoamérica. Durante los últimos treinta años, los académicos del Régimen imperante han intentado hallar horribles complicidades entre el Führer y el Generalísimo en esta materia y se han encontrado con una decepcionante –para ellos– defensa de los hebreos por parte de las legaciones diplomáticas franquistas.

Es decir, no se puede equiparar el franquismo con el nazismo, falacia con la que juegan la izquierda radical y la pija para intentar desalojar de Cuelgamuros al Caudillo. No son magnitudes comparables, ni las prohibiciones que hay en Alemania pueden ser trasladadas a España por la muy distinta naturaleza y fines de los dos regímenes. Si hay que equiparar a Franco con algún dictador, sería más adecuado hacerlo con el turco Mustafá Kemal Atatürk. Tampoco olvidemos otra cosa: el régimen del Frente Popular, tan elogiado ahora, tiene un récord de violaciones de los derechos humanos, asesinatos extrajudiciales y linchamientos que en nada desmerecen las atrocidades de sus rivales. Eso sí, la diferencia entre los nacionales y los rojos reside en que estos últimos sí ejecutaron un genocidio de verdad, de los tipificados por la justicia internacional: el de los católicos españoles, una de las mayores persecuciones religiosas de la Historia.

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Desalojar a Franco del Valle de los Caídos puede tener, además, otras consecuencias imprevistas. Imaginemos que se inhuma al Caudillo en un cementerio normal, junto a sus familiares. En menos de una semana esa tumba habrá sido profanada por cualquier rehala callejera de las que se sirve Podemos para sus escraches y su violencia de baja intensidad. Aunque en Ferraz o en Sabin Etxea o en el Palacio de San Jaime pueda ocasionar gran regocijo el ver a una horda de mandriles podemitas jugar al fútbol con la calavera del Generalísimo, la difusión de esos vídeos les retrataría demasiado bien. Su fachada de talante no sobreviviría a un aquelarre de esa naturaleza. Y en este Régimen la imagen lo es todo.

Otra razón para dejar a Franco en el Valle de los Caídos es que ese hipogeo es su obra, su concepción, y el que su cuerpo repose allí no deja de ser tan lógico desde un punto de vista histórico y estético como el que Felipe II permanezca en El Escorial. Es un edificio ligado al espíritu de un hombre. Por mucho que lo reformen y profanen, el Valle de los Caídos es Franco. En eso no hay cuadratura del círculo posible, como intenta Ciudadanos. Y recordémoslo: si no fuera por la necesidad que la izquierda y los separatistas tienen del Generalísimo como excusa para todos sus desmanes, de Franco ya no se acordaría nadie, pasaría a ese limbo al que llamamos Historia y el Valle de los Caídos sólo sería un monumento artístico que nos dejó aquella época (en la que, por cierto, España salió del subdesarrollo y se convirtió en una moderna sociedad de clases medias).    

Pero el principal motivo que nos debe llevar a combatir activamente este desafuero es que forma parte del secuestro del pasado de España por parte de la extrema izquierda, cuyo discurso hegemónico domina los feudos universitarios y los grandes medios de comunicación. No se debe tolerar que quienes fueron tan culpables de la Guerra del 36 como los militares sublevados, que quienes exacerbaron la violencia política y atentaron en 1934 y 1936 contra la legalidad republicana (con un levantamiento armado y un fraude electoral) se adjudiquen una legitimidad histórica de la que por completo carecen. Y menos cuando PSOE, PCE, Esquerra, CNT, POUM e Izquierda Republicana son los responsables directos de los asesinatos de casi setenta mil españoles en las chekas del Frente Popular, hoy glorificadas por el Ayuntamiento de Madrid. Si hay Memoria, tiene que ser para todos. Y si hay que pedir perdón, que empiecen a pedirlo los herederos de Largo Caballero, de García Atadell, de Companys y de Carrillo. Sólo entonces podrían adjudicarse algún tipo de superioridad moral. Pero jamás lo harán. Están orgullosos de sus chekas y de sus fosas.

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Lo que damos en llamar Derecha, en realidad tecnócratas sin valores, ha demostrado bien a las claras su cobardía y sus complejos en este tema, como en tantos otros. Si esta medida de usurpación del Valle de los Caídos por la extrema izquierda y los separatistas se lleva a cabo, será muy raro que alguno de los diputados del PP tenga los redaños suficientes para votar «no». Ya se sabe que la hombría no forma parte de los valores políticamente correctos, y en el ámbito de la cultura y los principios el PP se ha limitado a asumir los de la izquierda. La era Rajoy no sólo ha dejado intacta la Ley de Memoria Histórica de Zapatero, eje central del guerracivilismo en el poder, sino que ha ahondado aún más en la dictadura ideológica de las izquierdas y en su imposición en el sistema de enseñanza. Ya es hora de que el elector identifique a quien le ha vendido y traicionado durante las dos últimas legislaturas y le retire su sufragio. El PP es la demostración palmaria de la inutilidad del voto útil. Han hecho lo mismo que Zapatero, sólo que en dosis más pequeñas.

Vox es la voz de aquellos a los que el PP ha silenciado y traicionado. Ya es hora de que suene.

elmanifiesto.com

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