Cronograma electoral y tipo de cambio. Por Vicente Massot

Es de todos conocido que, en consonancia con la crisis cambiaria estallada a mediados del pasado año, el dato más acusado y característico del espacio político argentino pasó a ser la incertidumbre. Pero —contra lo que podría pensarse si hiciésemos un análisis a mano alzada— la falta de certezas actual, y la inquietud que ello provoca, sólo en parte se deben a la presencia de Cristina Fernández en el pelotón de los presidenciables. Si bien causa escozor, en distintos sectores de la sociedad, la probabilidad de que vuelva a ocupar el sillón de Rivadavia a partir del 15 de diciembre, el fenómeno comentado excede con creces a su figura y al movimiento que lidera. Si todo se redujese a los peligros anejos a un kirchnerismo rampante, las cosas acaso serían más sencillas. Sin embargo, nada es así de lineal en nuestro país. La jefa de Unidad Ciudadana arrastra lo suyo y no hay razones para subestimar lo que implicaría que se reinstalase en la Casa Rosada. Dicho esto, es menester ensanchar la lente y poner atención en los demás factores que influyen en la perplejidad ambiente.

Hay un gobierno que, en el curso de los últimos dieciocho meses —poco más o menos— marcha por detrás de los acontecimientos y no da la imagen de saber cómo actuar en medio de una crisis de semejante envergadura. Alguien decía días pasados, en un cónclave de empresarios de primer nivel, que para suscitar confianza —que es cuanto hoy brilla por su ausencia— se requiere un piloto confiable. Quienes se encontraban allí reunidos —miembros del círculo rojo, para describirlos con base en las palabras de Mauricio Macri— están convencidos de que no existe, por ahora, otra alternativa que no sea la de votar en favor de Cambiemos. No obstante, abrigan dudas sobre la capacidad del presidente.

Además, no hay que ser demasiado inteligente para percibir las tensiones que recorren en diagonal a la coalición gobernante. Si —en medio de las dificultades que deben enfrentar unidas— las dirigencias del Pro, la Unión Cívica Radical y Elisa Carrió no se cansan de ventilar —unas respecto de las otras— criticas afiladas y de cruzarse acusaciones de distinto calibre, la impresión que dejan no es la mejor. Los tiras y aflojes del macrismo y los radicales, y la prepotencia de la siempre impredecible Lilita, cuanto transparentan no es ni seguridad ni espíritu de cuerpo, virtudes imprescindibles en circunstancias difíciles como las presentes.

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A lo expresado más arriba corresponde agregarle las dudas que generan —por distintas razones— el kirchnerismo, el peronismo federal y Roberto Lavagna. Nótese que nadie sabe a ciencia cierta, si la viuda de Kirchner finalmente aceptará bajar al ruedo y competir en las elecciones. Hay más motivos para suponer que será de la partida que para imaginar que preferirá quedarse a ver los comicios en calidad de espectadora. No obstante, todavía no se ha pronunciado acerca del particular y difícilmente lo haga hasta bien entrado mayo o principios de junio. Otro tanto cabe sostener de Lavagna. Ninguno de los dos debe dar explicaciones por su silencio. Al fin y al cabo, es parte de una estrategia. Nunca un pecado. Pero, al margen de su voluntad, no saber a esta altura quiénes serán los candidatos definitivos genera desconcierto no tanto en la gente como en los mercados.

La película que estamos viendo se recorta sobre el telón de fondo de una crisis económica y financiera de proporciones. Los actores estelares y secundarios que aparecen y desaparecen no pueden —por mucha que sea su capacidad escénica y su poder de convocatoria— modificar substancialmente esa realidad en donde hay un elemento determinante, de cuya evolución en los próximos meses dependerá la suerte del gobierno: el tipo de cambio.

En tanto y en cuanto el dólar norteamericano es nuestra moneda real, asumir que —conforme transcurran las semanas y se acerquen las definiciones de las candidaturas y la serie de comicios que jalonarán el año en curso— las personas del común, las empresas y los mercados cambiarán la composición de sus carteras no es aventurado y constituye —más bien— una lógica base de análisis. Por lo tanto será clave monitorear la brecha que tarde o temprano se producirá entre el flujo de oferta y demanda de dólares.

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Es altamente probable que la deriva del tipo de cambio se acompase —aunque con la anticipación propia con que siempre proceden los agentes económicos— con el calendario electoral, cuyas fechas emblemáticas resultarán ser el 22 de junio (el cierre de listas); el 11 de agosto (las PASO); el 27 de octubre (la primera vuelta) y el 24 de noviembre
(la segunda vuelta). Con la particularidad de que, en función de las incertidumbres mencionadas, no es posible mensurar con precisión cuáles serán las expectativas y las reacciones de los actores económicos. Si hubiese confianza, el dólar no sería tomado en cuenta en el análisis. Como lo contrario es cierto, existen fundadas dudas de lo que la oferta del Banco Central pueda alcanzar a hacer frente a una corrida generalizada, un fenómeno que podría desatarse de un día para otro en la medida que los mercados percibiesen que el riesgo argentino aumenta sin solución de continuidad.

Los dólares del Fondo Monetario Internacional y del agro son los ases de que dispondrá el gobierno, en su manga, en el supuesto de que haya una demanda alta del billete estadounidense o —más grave aún— una corrida significativa en los meses por venir. Como contrapartida, jugará en su contra ese verdadero corset que el organismo de crédito le ha impuesto al Banco Central en términos de las bandas de intervención y de los montos diarios de los cuales el Tesoro puede disponer en casos de urgencia. Expresado de manera diferente y algo más clara: el apoyo de Trump y el caudal de la cosecha constituyen fuerzas de intervención formidables. Disponibles, además, cuando resulten necesarias. Claro que, al mismo tiempo, se halla presente la volatilidad de la opinión pública y de los mercados que —si entrasen en pánico y le diesen la espalda al peso— obrarían un descalabro financiero inmanejable.

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