Crónica de una Argentina degenerada. Por Cosme Beccar Varela  

No se puede escribir sobre la situación agónica del país en una clave política racional y objetiva descarnada porque está comprobado hasta la saciedad que los argumentos y las observaciones de la realidad, que están a la vista, son inaceptables por esta generación perversa. Una generación cuya perversidad ha llegado a tales extremos que hasta los más o menos buenos (que es todo lo que se le puede pedir a la generalidad de los seres humanos) se han contaminado con ella y han tirado por la borda el amor a la Verdad y al Bien. Consecuentemente, que venga uno a hablarles sobre esos atributos supremos del Ser los deja indiferentes y hasta enojados con quien a tal se atreve.

Lo único que alegan es que no se debe buscar lo ideal sino «el mal menor» lo que, traducido a lenguaje llano, quiere decir «el mal mayor posible en el estado actual de corrupción».

Siendo así, quien escriba para el público de esta argentina degenerada, no debe aspirar a ser comprendido y aceptado. Sería suficiente que alguien (o sea, uno o dos o poco más) lo lea y menee la cabeza despectivamente considerando al autor como un pobre infeliz que sueña y cree en la realidad de las quimeras.

Sin embargo, debo cumplir con la obligación que San Pablo le imponía a su discípulo Timoteo, y que vale para todos los católicos: «Predica la palabra, insiste con ocasión y sin ella, reprende, ruega, exhorta con toda paciencia y doctrina » (2da. Epist. a Timoteo, 4,2). Y en cumplimiento de esa obligación me parece aplicable el ejemplo de aquella pesca milagrosa, cuando Nuestro Señor Jesucristo le ordenó a San Pedro bogar mar adentro y echar las redes, a pesar de que había estado toda la noche tratando de pescar sin haber logrado apresar ni un sólo pez. Su obediencia le procuró tantos pescados que «la red se rompía» (S. Lucas, 4, 4-6).

Así pues, aquí va mi artículo sobre la argentina de Octubre del 2019, en clave poética, en vísperas de una ominosa elección presidencial.

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Dejo de lado el pormenor de los datos y las especulaciones  de los «analistas» (ciegos que guían a otros ciegos) y paso a exponer lo que intuyo, basado, eso sí en la realidad y en los principios inmutables de la doctrina católica. Será, por lo tanto, poesía política, mala o buena, no me importa, con tal de que sea fiel reflejo de mi intuición, confiando en que para alguien eso significará algo.

En el silencio y en la soledad de una total falta de poder y sin otra información que la lectura entre líneas de los diarios, creo que la argentina está quebrada, moral, social, política y económicamente.

Si miramos a su gente, vemos una plebe rebelde e insolente que ocupa con violencia las calles y cobra sin trabajar o trabajando mal; una clase política ladrona y espesamente ignorante; periodistas mentirosos y sofistas que se venden al mejor postor o se guían únicamente por suS ideologías falsas o por sus odios personales; clases cultas, desde la antigua «aristocracia» hasta el más reciente «trepador» exitoso, convertidas en una masa de ignorantes satisfechos de serlo y egoístas; militares que ni para custodios de un almacén servirían; clero que no cree en Dios (salvo honrosas y escasas excepciones); jueces prevaricadores enriquecidos por el soborno de sus grandes e inmerecidas remuneraciones; mujeres sin pudor y aunque muchas de ellas sean honestas, se dejan representar por feministas prostituidas y que, por no enfrentar al mundo abren a sus hijas el ancho camino de la perdición, en fin, un espectáculo dantesco que repugna y que hace mal mirar aunque más no sea caminando por cualquier calle de una ciudad viendo las caras de los que pasan.

¿Cómo puede suceder algo bueno en un basural como ese? ¿Cómo puede nacer una flor de un bloque de cemento? ¿Cómo puede surgir una chispa de inteligencia de una masa de almas embrutecidas por el vicio y por la estupidez?

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No, no puede ser. No nos hagamos ilusiones. El horror está instalado entre nosotros y nos domina. De él sólo puede emerger una tiranía de uno o de unos pocos, coaligados entre sí por pactos desconocidos, pero efectivos para conseguir la sumisión de una nación que vendió su alma el día en que resolvió adorar a los ídolos de la masonería, antes, o de la demagogia peronista, después, y desterrar a quienes le dijeran la verdad y le mostraran el camino del catolicismo, del honor y de la verdadera prosperidad.

No quiero verla, decía un poeta refiriéndose a la sangre de su amigo torero vencido y muerto que coloreaba la arena de la plaza. No quiero ver esta argentina degenerada que es el cadáver putrefacto de la Argentina en que nací y que no veré otra vez. La mortaja ya está echada. La muerte no es menos muerte porque esté disimulada por las mentiras de quienes quieren fingir que vive para seguir robándole la vida.

Faltan pocos días para la elección presidencial en la que tendremos que elegir entre el adúltero, concubinario y deshonesto Macri o el corrupto, servil, mutante Fernandez (mascarón de proa de la ex-usurpadora Kirchner) o el ordinario mentiroso Lavagna que junto con el otro Kirchner deshonró al país repudiando la deuda nacional en Dubai en el 2003, todos peronistas. ¿Quién se atreve a abrir esa «caja de Pandora» votando por cualquiera de esos estafadores políticos?  Yo no. Por eso, no votaré en la próxima elección. Y no por desesperación, sino por decencia y a la espera de la «manifestación de los hijos de Dios» o sea, de los argentinos de bien que deben presentarse y actuar contra todo este sistema de ruina, con inteligencia, buenos principios y coraje.

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