Dom. Oct 24th, 2021

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Cristianos refugiados: la religión más perseguida no existe para occidente. Por Javier Torres

No ocupan portadas ni están en el radar solidario que en los últimos días ha ampliado la cobertura hasta montañas lejanas y desiertos remotos. Perseguidos en Oriente y marginados en Occidente, de sus muertes y martirios apenas nos enteramos porque la agenda mediático-política tiene otras prioridades. Una de ellas es presentar los tuits de Trump como bombas y los cadáveres de Biden como tributo a la paz. Otra es la de usar a los muertos como carne de cañón, subgénero periodístico amamantado por la propaganda de guerra que hoy elabora la escaleta de los telediarios. Las fotos de niños sirios ahogados dan la vuelta al mundo para persuadir a la opinión pública en favor de la acogida de refugiados, algo que no se aplica a los cristianos a pesar de ser la religión más perseguida del mundo. Hasta 340 millones de creyentes son hostigados en países tan dispares como India, China, Nigeria o Afganistán.

En este último se calcula que vivían más de 10.000 cristianos antes de la espantada yankie (la cifra habría descendido ahora hasta la mitad). Es el grupo religioso minoritario más grande de un país abandonado a los talibanes y al borde del colapso yihadista en apenas unas semanas. Sobre ellos ha caído el manto de silencio de unos medios que han puesto el foco en las mujeres (mujer como concepto, abstracción y palanca revolucionaria, nunca como persona con nombres y apellidos), quienes verán -como el resto de la población- dañados sus derechos. La ONG International Christian Concern denuncia que el regreso de los talibanes al Gobierno ha llenado de miedo e incertidumbre a muchos cristianos, circunstancia que en realidad es el día a día para millones de ellos en Asia, África y Oriente Medio. El informe de la organización Puertas Abiertas en su Lista Mundial de Persecución 2021 señala los 10 países donde el hostigamiento a los cristianos es más despiadado: 1) Corea del Norte; 2) Afganistán; 3) Somalia; 4) Libia; 5) Pakistán; 6) Eritrea; 7) Yemen; 8) Irán; 9) Nigeria; 10) India. Además el documento recoge que en estos países los cristianos son víctimas de una violencia extrema o incluso asesinados: “Es imposible vivir abiertamente como cristiano en Afganistán. Dejar el islam se considera vergonzoso y los conversos cristianos se enfrentan a graves consecuencias si descubren su nueva fe: o huyen del país o los matan”. Este informe también revela que si un musulmán se convierte al cristianismo, su familia tiene que salvar su honor repudiando al creyente o incluso matándolo. Además los cristianos de origen musulmán pueden ser ingresados ​​en un hospital psiquiátrico, porque dejar el islam se considera un signo de locura.

Nada de esto parece remover conciencias al otro lado -el nuestro- del mundo. Rara vez se recuerda a una potencia occidental alzar la voz contra algunos de estos países y mucho menos cuando los opresores son gigantes con los que tienen intereses comerciales. China es el espejo donde se refleja la decadencia occidental hasta el punto que cuando el presidente Xi Jinping pone un pie por estos lares -España, noviembre de 2018- el recibimiento no es de Jefe de Estado, sino de amo del mundo agasajado por su lacayo. A veces se oye alguna vocecilla denunciar la violación de derechos humanos y la explotación sistemática a la que los señores de Pekín someten a su pueblo, un régimen donde la semiesclavitud -ADN de la plutocracia- es el sueño húmedo de las élites occidentales que jamás moverán un dedo por los cristianos perseguidos.

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A quienes sí rechistan, sin embargo, son a Hungría y Polonia cuando reivindican las raíces cristianas de Europa o invocan su soberanía y fronteras para decidir a qué refugiados acogen. Los improperios que uno esperaría para terroristas y colaboracionistas los recibe Víctor Orbán, cuya nación es situada en el grupo de “países iliberales” o amenazada por Bruselas con expulsarla de la Unión Europea. Aquí se descubre el burócrata, que prefiere talleres de iniciación sexual para nuestros hijos en los colegios antes que una secretaría de Estado -como tiene Hungría con Tristan Azbej- dedicada a los cristianos perseguidos.

Por este motivo las muertes y persecuciones en Afganistán suscitan la atención occidental de forma selectiva. La prensa del primer mundo se centra en las mujeres, víctimas a las que, sin embargo, recriminan que prefieran el burka antes que los estudios de género que EEUU ha financiado en la Universidad de Kabul.

Tampoco parece importar a las élites que los cristianos refugiados se adapten mejor y más rápido a nuestra forma de vida mientras los musulmanes de tercera generación son incapaces: rechazan la nacionalidad del país donde han nacido (Francia, Bélgica, Inglaterra…) en detrimento de la identidad originaria (islámica) de sus abuelos. Hay numerosos ejemplos de refugiados musulmanes que acaban cometiendo atentados en suelo europeo. El último ocurrió el 9 de agosto en la región francesa de la Vendée, donde un sacerdote católico fue asesinado a manos del refugiado ruandés que acogía. Un año antes y en Niza, en octubre de 2020, un inmigrante de origen tunecino, que había entrado a Europa a través de Lampedusa, asesinó a tres personas a cuchilladas e hirió a varias en una iglesia. En Alemania, tras el welcome refugees con el que Merkel dio la bienvenida a un millón de sirios, un estudio publicado por el think tank ‘Heritage Foundation’ desveló que el 54% de los ataques islamistas en Alemania fueron cometidos por refugiados (no hubo atentados en 2014, dos en 2015 -año de llegada de los sirios- y se multiplicaron por 8 en 2016).

No se conocen casos de refugiados cristianos que cometan atentados terroristas o se rijan por una ley al margen del estado de derecho. Y eso que llegan a Europa en condiciones tan duras como cualquier otro solicitante de asilo. Es el caso de Juan Ghanim, un cristiano caldeo iraquí plenamente adaptado a España, donde vive con su familia y tiene un trabajo desde hace más de una década. Juan se sacó la titulación de ingeniero agrónomo en Irak, pero el Estado no le dejó ejercer por su fe cristiana. Se ganaba la vida como peluquero y las cosas empeoraron tras la caída de Sadam Husein al sufrir la hostilidad de los yihadistas que no toleraban que colgase un crucifijo en su peluquería de Bagdad. De los insultos y amenazas pasaron al atentado con bomba. Le dijeron: “¿Quieres vivir? Cambia de religión”. Y se marchó a España y no por gusto, sino porque un cristiano no es bienvenido en ninguno de los países fronterizos en los que tendría iguales o parecidos problemas a los que sufrió en Irak.

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Las diferencias en este punto son enormes con los musulmanes que huyen de su país. ¿Por qué ningún país limítrofe los acoge cuando la adaptación para ellos por cultura, lengua y religión sería mucho más fácil que en Europa? ¿Por qué las campañas promovidas por la UE para acoger son siempre a los musulmanes y no a los cristianos que no presentan esos problemas de adaptación? ¿Hay algún interés especial en llenar el continente de inmigrantes musulmanes? Pedro Sánchez dijo abiertamente en mayo que España necesita 250.000 inmigrantes al año hasta 2050 para sostener la economía. Es decir, un proceso de sustitución de la población autóctona. Desde luego, esto no lo ha inventado Sánchez, es el plan que antes ejecutó Merkel metiendo un millón de sirios en Alemania o el que anunció George Soros en un artículo en 2015 exhortando a la UE a “aceptar al menos un millón de solicitantes de asilo al año”. El problema demográfico se combate, por tanto, importando mano de obra procedente de países con culturas y religiones muy diferentes. Fomentar la natalidad entre los nacionales no se contempla.Precisamente en Afganistán hemos visto el cambio de paradigma de Occidente, que ahora sólo exporta disparates ideológicos: Estados Unidos gastó 1.000 millones de dólares para fomentar el feminismo en el país asiático en las últimas dos décadas. Teniendo en cuenta que antes exportábamos la cruz -amén de avances técnicos y científicos de todo tipo- y ahora cursillos de género y empoderamiento femenino, desde este punto de vista nuestras sociedades post cristianas actúan con pulcrísima coherencia al no considerar “nuestra gente” a los cristianos perseguidos, minoría imposible de digerir para esas élites que priorizan a los inmigrantes que imponen sus costumbres en el laboratorio multicultural en que están convirtiendo a Europa.

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