Jue. Ago 6th, 2020

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COVID-19: las consecuencias de una crisis mundial. Por Erick Kammerath

El Covid-19 es, tal y como lo definiría Nassin Nicholas Taleb, un verdadero cisne negro. Constituye, en efecto, un suceso improbable e impredecible, una rareza que generó y continuará generando, por lo menos en el futuro cercano, un alto impacto.

Ahora bien, si hay algo que caracteriza a los cisnes negros, no es solo su impredecibilidad respecto del momento en que surgirán, sino que además la imposibilidad de vaticinar las consecuencias que acarreará una vez ocurrido el hecho. Comenzar por aclarar esto resulta necesario, si lo que pretendemos luego, es aventurar una opinión respecto del fenómeno en cuestión.

Es que, como hemos visto, las conjeturas sobre los escenarios post pandemia abundan, siendo por demás diversas y contradictorias. En este sentido, Zizek, por ejemplo, no tardó en aseverar que el virus conduciría a una nueva forma de comunismo al asestar un golpe mortal al capitalismo actual, e incluso, al modelo de Estado chino. Byung-Chul Han, por su parte, lo contradijo en todo sentido, al afirmar que el capitalismo tendrá mayor pujanza que nunca, y que el Estado policial chino saldrá fortalecido para ser, luego, posiblemente “exportado” a Occidente. Otros autores han pronosticado una victoria del globalismo, por ser la cooperación internacional la única manera de derrotar a la pandemia; para ser posteriormente refutados por vaticinios que prevén un fortalecimiento de los nacionalismos alrededor del mundo, dado que es éste, en última instancia, el discurso prevaleciente frente a los necesarios cierres de fronteras en pos de combatir la enfermedad de manera más eficiente. Por supuesto que, a los debates hasta aquí expuestos, podríamos además agregar aquel que concierne al funcionamiento de lo público y lo privado en cuanto a la capacidad de respuesta que han otorgado a la enfermedad, y que en definitiva se sumarían a un sinfín de enfoques y perspectivas de análisis que, marcados por la ideología, resultarían funcionales tanto a derechas como a izquierdas.

Así las cosas, más allá de lo antagónico en las visiones y proyecciones sobre los efectos de la pandemia, y por más disimiles que algunas de estas posiciones nos pueden resultar -cuesta imaginar, por ejemplo, cómo es que un virus surgido bajo un régimen comunista, cuya funesta expansión global se la debemos, en gran medida, al ocultamiento de datos que llevó adelante el gobierno chino (que a muchos recuerda al Chernóbil soviético), pueda, al final, llevarnos a más Comunismo-, el factor común a destacar de las mismas, es el tono de preocupación, y, por lo tanto, de seriedad puesta en cada argumento. La gravedad de la situación sanitaria y económica que atraviesa gran parte del mundo, vino a quitar comodidad a una generación idiotizada por años de bienestar, llevando, naturalmente, a que nadie se pregunte sobre asuntos tales como la manera en que afecta el Coronavirus a los más de 100 géneros existentes por encima de masculino y el femenino; o si en verdad debemos referirnos a los médicos que se arriesgan a ser contagiados por el virus como “les mediques”; o si no convendría, mejor, siguiendo con la lógica ecologista, permitir que mueran algunos cientos de miles de personas a los fines de que podamos, a la postre, apreciar mayor cantidad de peces en los canales de Venecia. De este modo, en su nocividad y emergencia, la peste nos arrojó un descanso del ridículo propio del progresismo político, cuya infantilidad quedó más evidenciada que nunca por la indeseable coyuntura.

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Pero retornemos a lo importante. El bien común está en juego. La diferencia es que, esta vez, la sentencia no puede ser politizada. No hay discusión posible respecto de qué es el “bien”, ni sobre qué entendemos por lo “común”. Toda respuesta a un eventual cuestionamiento alusiva al bien común nos conduce a un solo lugar: que el virus cese de expandirse, que se fabrique una vacuna, etcétera. La politización, entonces, viene luego. Para que se entienda: la discusión política parece haber caído, según hemos ejemplificado, en la misma lógica totalizante y universal de la peste que la motiva. Todo cambio, resolución o desastre ligado al Covid-19, se tiende a pensar, traerá idénticas consecuencias para todo mundo, en la medida en que el virus aqueja a todo el mundo. Pero lo cierto es que, frente al despolitizado e indiscutible bien común (de carácter universal) que, por ejemplo, la pronta aparición de una vacuna podría generar, cada nación y cultura reaccionará y lo interpretará de forma diferente. Esto último dependerá del factor político.

Así, de una eventual (y despolitizada) victoria de la “humanidad toda” en esta “guerra” contra el virus, surgirán cientos de particulares relatos respecto de la eficiencia de las medidas tomadas por los gobiernos, que la clase política dará a la sociedad civil en cada uno de los países que hoy operan de forma experimental, debatiéndose, tal vez en falsa disyuntiva, entre salud y economía. De ahí que, probablemente, veamos las consecuencias más importantes que vaya a dejar la peste en clave particular (de cada Estado-nación) en lugar de general (homogénea a nivel mundial). A modo de ejemplo, podemos decir que en Argentina parece más factible que el estatismo ya arraigado en la cultura política del país se vea fortalecido, arengado por un gobierno que podría justificar la crisis económica venidera, así como el crecimiento del intervencionismo estatal al que nos tienen acostumbrado, pero bajo una excusa inmejorable. En China se vería fortalecido el Estado policía; en Europa los nacionalismos; y así sucesivamente dependiendo de la coyuntura que cada región o país atraviese, y el relato que cada sociedad esté dispuesta a aceptar.

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Como se ha dicho innumerable cantidad de veces, a modo de conclusión, a la historia la escriben quienes ganan las guerras. Pero en un escenario en el que a la guerra podríamos ganarla “todos” como seres humanos, serán solo unos pocos los capaces de relatar los hechos. Enfocar los esfuerzos, por lo tanto, en escribir y/o vigilar a quienes narren los sucesos luego del apocalipsis, resultará determinante en la legitimación/deslegitimación de políticas de Estado que afectarán directamente las libertades civiles durante los próximos años.

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