Contrastes. Por María Lilia Genta

Hace unos días el Papa Francisco llamó prestamente a la familia de Micaela, hermosa líder del Movimiento Evita de Entre Ríos, espantosamente violada y asesinada. El padre, Decano de una Facultad. La madre, también universitaria. Conozco bastante esa Provincia. Allí, una pequeña ciudad provinciana, Micaela y su familia representan a la clase media alta en razón de su cultura.

Micaela trabajaba fundando merenderos para el Movimiento Evita, movimiento al que se lo considera el “sector social peronista” del Papa. Lo dirige Emilio Pérsico, un millonario al que le gusta disfrazarse de pobre.

Horrenda muerte la de Micaela. Me pareció muy oportuno que el Papa Francisco llamara a los padres. De todas maneras aunque sean agnósticos o ateos (no lo sé bien) se merecían el llamado y, les gustara o no, iban a responderle al Papa, y a hablar sobre el hecho, de acuerdo con su cultura. Micaela también militaba fervorosamente en “Ni una menos” que, entre cosas, promueve el aborto.

La verdad es que teniendo en cuenta la actitud papal tan misericordiosa en el caso Micaela, pensé y esperé un gesto parecido en el caso Araceli, otra pobre joven brutalmente asesinada y violada por estos días en el conurbano bonaerense, un territorio asolado por la droga y la violencia. Francisco se muestra siempre eligiendo a los marginales, a los que viven en las “periferias”. ¡Y vaya si Araceli y su familia pertenecen a las periferias! También las dos mujeres (habitantes de la Villa 1114) que descubrieron y entregaron al presunto asesino habitan las periferias tan dilectas del Papa Francisco. Sin embargo, no tengo noticias hasta el momento de escribir estas líneas de ningún gesto del Papa en este caso tan luctuoso.

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Me consta que el Santo Padre tampoco recibe a los familiares de los militares presos que se pudren y mueren en las cárceles argentinas, abandonados y carentes de toda asistencia médica. Quizás no sea ni política ni eclesialmente correcto ocuparse de esta clase de presos que rezan el rosario. Milagro Sala, en cambio, sí merece dos rosarios vaticanos.

Contrastes que nos asombran y nos dejan perplejos. Pero, a pesar de todo, seguimos esperando.

 

 

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