Mar. Mar 2nd, 2021

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¿CONTRADICCIONES FRANKFURTIANAS? Por Cristián Rodrigo Iturralde

Resulta curioso que en pleno auge de la diversidad y políticas de affirmative action, de cupos predeterminados no por mérito sino por raza, ideología, sexo, etc., hubiera sido la Escuela de Frankfurt tan homogénea en casi todo sentido. Todos sus miembros, sin excepción, eran hombres, judíos, blancos, marxistas no dogmáticos, provenientes de ricas familias burguesas –a las que en teoría rechazaban- y admiradores de sádicos y degenerados seriales como el torturador de mujeres marqués de Sade, el pornógrafo y ritualista Georges Bataille y el sexópata y futuro presidiario Wilheim Reich, entre otros. Vista la conformación del instituto en este sentido, podríamos bien decir que la alienación sociocultural que criticaban en el capitalismo estaba presente primeramente en ellos mismos. Los alemanes se jactaban de haber sido los promotores del movimiento feminista radical, pero su instituto no tenía una sola mujer.

La incoherencia y la contradicción entre las palabras y los hechos parecieran ser el sambenito que siempre vestirá el marxismo en todas sus variantes. Ya hemos visto de sobra durante toda la historia, especialmente la contemporánea, como ciertas consignas aparentemente altruistas terminan en barbarie al momento de su ejecución práctica. Fue así fue durante la Reforma y en la revolución francesa, donde a pesar de la perorata prerrevolucionaria pretendidamente humanista y libertaria lo primero que hicieron al llegar al poder fue orquestar una implacable y sistemática persecución de disidentes y refractarios, incluyendo el asesinato masivo de seres humanos. No debería sorprender por tanto que el marxismo, como hijo dilecto que es de aquellos -como reconoce el propio Marx-, siguiera el mismo derrotero. Realidad ésta que ya había hecho notar George Orwell desde su ¨Rebelión en la Granja¨, señalando que cuando el presunto “oprimido” derroca al “opresor”, termina por comportarse de modo más totalitario. La friolera de 100 millones de muertos que dejó en el mundo el comunismo en 70 años de existencia da acabada muestra de ello.

Otra característica inconsecuencia marxista es visible en el aburguesado nivel de vida ostentado por sus jerarcas y líderes tribales en cada rincón del orbe, llegando a hacer sonrojar a un Rockefeller, lo cual no es cosa sencilla de lograr. Adalides todos ellos del materialismo histórico y de la dictadura del proletariado, pero salvo rara avis, ninguno era hijo de obreros o campesinos sino más bien de lo contrario.

Pero es presumible suponer que ya conoce el lector esta historia. No obstante, algo más podríamos añadir a su prontuario en el caso de los de Frankfurt. ¿Debería sorprender, por tanto, que, sin excepción, los intelectuales alemanes del Instituto hubieran bregado por la destrucción de un sistema del que ellos mismos se beneficiaban y que hayan trabajado para la antecesora de la CIA, apoyando algunas de las tentativas imperialistas de los EEUU?

Hemos mencionado ya el caso del germano-argentino Félix Weil, principal financista del Instituto y uno de los comerciantes más ricos del mundo. Sobre ello bromeaba Hanns Eisler, diciéndole a un colega:   “Un viejo rico (Weil, el especulador en trigo) muere, consternado por la pobreza mundial. En su testamento, lega una gran suma para la fundación de un instituto que investigue la causa de la pobreza. La cual naturalmente es él mismo”. Todos los miembros de la ¨Escuela de Frankfurt¨ (como se conoce al Instituto de Investigación Social) provenían de hogares privilegiados que habían amasado enormes fortunas aprovechando el escenario propicio para el comercio generado por las sociedades industrializadas del capitalismo. Y puesto que ninguno de ellos había trabajado en su vida –y mucho menos como obreros, campesinos o servidumbre en general-, acudieron a sus progenitores como mecenas de sus aventuras teóricas.

De adineradas familias judías asimiladas como los Horkheimer, los Marcuse, los Pollock, los Wiesen, Grund, Adorno, Benjamin, etc., los de  Frankfurt vivían en un lujo sin precedentes. Sobre ellos nos dice Stuart Jeffrey: “Max Horkheimer (1895-1973), filósofo, crítico y, durante más de treinta años, director del Instituto de Investigación Social, era hijo del propietario de una fábrica textil en Stuttgart. Herbert Marcuse (1898-1979) filósofo político y preferido del estudiantado radical de la década de 1960, era hijo de un acaudalado hombre de negocios berlinés y se crio como un joven de clase media alta en una familia judía integrada en la sociedad ale- mana. El padre del sociólogo y filósofo Friedrich Pollock (1894-1970) se apartó del judaísmo y triunfó en los negocios como propietario de una fábrica de cuero en Friburgo de Brisgovia. De niño, el filósofo, compositor, teórico musical y sociólogo Theodor Wiesengrund Adorno (1903-1969) vivía tan acomodadamente como el joven Walter Benjamin. Su madre, Maria Calvelli-Adorno, había sido cantante de ópera y su padre, Oscar Wiesengrund, era un exitoso comerciante de vinos judío en Frankfurt, del que, como dijera el historiador de la Escuela de Frankfurt Martin Jay, “[Theodor] heredó el gusto por las cosas buenas de la vida, pero ningún interés por el comercio”,  comentario que pudiera aplicarse a varios miembros de la Escuela de Frankfurt, que dependían d. Henryk Grossman (1881-1950), Erich Fromm (1900-1980)”. A la mentada nómina debemos añadir a George Lukács, cuya familia ostentaba incluso títulos nobiliarios. Josef Löwinger, su padre, era uno de los directores del Budapest Kreditanstalt, el banco más importante de Hungría.

En un rapto de autocrítica, el propio Walter Benjamin denunció estas contradicciones de modo vehemente: ¨marxistas sin partido, socialistas dependientes del dinero del capital, beneficiarios de una sociedad contra la que luchaban¨.

Aun reconociendo esta realidad, los panegiristas de los filósofos alemanes insisten en que éstos “se rebelaban contra el espíritu comercial de sus padres”. Ignoramos de qué modo podamos coincidir con tal ingenua aserción, puesto que en ningún momento rechazaron el dinero, poder e influencia recibido por sus mayores. Naturalmente, es evidente que no fueron como San Francisco de Asís, predicando y luchando contra la pobreza desde la pobreza más absoluta, desprendiéndose de todos los bienes y favores que su estatus le confería. Lo que sabemos de seguro es que ninguno de estos intérpretes y portavoces del pueblo conocía una fábrica por dentro. En rigor, encajaban perfectamente en una de las categorías con las que el admirado de Teodoro Adorno, Thomas Mann, se refería a las familias burguesas alemanas en su libro ¨Los Buddenbrook¨: “la primera generación amasa la fortuna, la segunda consolida la posición social de la familia, y la tercera se retira hacia una suerte de trastorno estético”. Los de Frankfurt pertenecían sin dudas al último de los grupos, pudiendo sufragar sus ociosas correrías gracias a la actividad comercial de sus progenitores que ahora denostaban. Realidad que no escapa al historiador del instituto Stuart Jeffries, haciendo notar que esa rebelión edípica era ridícula y propia de un púber: “Si el padre es un judío practicante, el hijo se rebela expresando su ateísmo; si el padre es un judío ateo sumergido en el nacionalismo alemán, el hijo se rebela reclamando su herencia religiosa judía o abrazando el creciente movimiento político del sionismo.”

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Marxistas…, pero financiados por capitalistas, como señalaba Benjamin.

Tampoco parecieron los de Frankfurt ver ninguna contradicción en colaborar con el muy imperialista y “opresor oligarca” por antonomasia. Así no los descubre Jeffrey: “Löwenthal, Marcuse, Kirchheimer, Neumann y Pollock para el gobierno estadounidense. Pollock trabajó para la división antimonopolios del departamento de Justicia, Löwenthal en la Oficina de Información de Guerra. Entretanto, William Donovan, alias “Wild Bill”, jefe de la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), la agencia estadounidense de espionaje de guerra fundada por el presidente Roosevelt en 1941, reclutó a los otros tres miembros de la Escuela de Frankfurt –Neumann, Marcuse y Kirchheimer– para trabajar como analistas de inteligencia”. No obstante lo señalado, ninguno de estos autos intitulados “antisistema” sintió algún tipo de pudor ni pareció percibir en ello contradicción alguna (a pesar de que en aquel entonces no pocos les señalaron tal doblez). Antifascistas y antisoviéticos tardíos, asumieron con sorprendente naturalidad y ligereza la defensa de la política exterior de nada menos  que los EEUU, esto es, de la panacea del capitalismo. Evidentemente, el estilo burgués y las prebendas pudieron más que sus declamados principios. Marxistas…, pero al servicio de los EEUU.

En este sentido, convendrá recordar que en su tiempo de exilio en Estados Unidos, Max Horkheimer prohibió la utilización de la palabra “marxismo” y “revolución” de las ponencias y escritos del Instituto para no asustar a los patrocinadores estadounidenses, y por lo mismo censuró en 1950 una publicación del entonces joven Jürgen Habermas –pues no quería poner en peligro la financiación del Instituto, “en especial el lucrativo contrato de investigación con el ministerio de Defensa de Alemania occidental”, como advierte el escriba frankfurtiano Martin Jay. Tampoco querían poner en peligro los de Frankfurt sus rentados puestos en las universidades estadounidenses y sus contactos con la crémme de la izquierda liberal estadounidense o los finos banquetes ofrecidos por la farándula artística hollywoodense o neoyorkina. Es decir, los jactanciosos anticapitalistas no tuvieron escrúpulos en recibir, simultáneamente, financiación y salarios del gobierno estadounidense, de sus universidades, de la Fundación Rockefeller, de Alemania Occidental ¡y del comunista Félix Weil! ¡También ellos querían su parte del pastel adamsmithiano! Ellos, que decían renegar de sus padres, despreciar el vil metal plutócrata y rechazar la razón instrumental iluminista con su efecto alienador, eran ahora el más fiel reflejo de ello.

Naturalmente, todo tenía un precio. En este caso, la infamia, que a diferencia de la fama, dura toda la vida. La tentadora expresión coloquial de ¨sinvergüenzas¨ para calificarlos no aplicaría aquí, por el sencillo motivo que solo sienten vergüenza aquellos con estima por el decoro, la decencia y la honestidad. Sentencia ésta que alguno juzgará demasiado dura, producto de prejuicios ideológicos propios del patriarcado heterosexual, blanco, conservador y cristiano que dominaría las sociedades occidentales.  El latinísimo aforismo ¨contra facta non valent argumenta¨ pareciera no hacer mella en nuestros potenciales objetores, lo cual nos lleva a redoblar esfuerzos en este sentido, si bien la experiencia señala que el sentimentalismo y el odio irreflexivo pueden más que la razón y la evidencia. Hagamos el intento de todos modos, añadiendo alguna otra foja al prontuario frankfurtiano.

¿Qué decir de su apoyo a las intentonas imperialistas de otras naciones reciamente capitalistas? Por caso, cuando en 1956 defendieron públicamente el ataque militar de Francia y Gran Bretaña contra Egipto, justificando su postura del siguiente modo: “Nadie se atreve a decir que estos estados árabes ladrones han pasado años buscando la oportunidad de lanzarse sobre Israel y masacrar a los judíos que han encontrado refugio allí”.

En carta a Marcuse, Adorno y Horkheimer confesaban que se sentían más cómodos en Alemania Occidental que en Alemania Oriental, afirmando que  en Occidente “gozaban de una libertad de pensamiento paradisíaca”. Y todo esto a la par que denostaban pública y enérgicamente a los ¨represivos¨ valores occidentales -teorizando sobre su intrínseca ¨personalidad autoritaria¨-, denunciando y horrorizándose de los regimenes fascistas… Sobre las  masacres estalinistas y sus purgas, ‘juicios’, deportaciones masivas, gulags y demás excesos, poco y nada sobre lo que acusar recibo. Sobre las matanzas y el totalitarismo del comunismo en África, Asia o Cuba, silencio absoluto. Sobre los genocidios contra las poblaciones civiles de Dresde, Hiroshima y Nagasaki de sus ahora empleadores capitalistas, lo mismo. Como hábiles teóricos –y equilibristas- que fueron, siempre encontraban algún tecnicismo o recoveco semántico que los acogiera en sus contradicciones y defecciones.

Un caso claro y resonante de esta hipocresía es la del gran admirador del genocida camboyano Pol Pot. Nos referimos al filósofo existencialista Jean-Paul Sartre, quien tras sus giras turísticas por la casa matriz de los campos de exterminio masivos, es decir, del socialismo ¨realmente existente¨, declaraba sin tapujos que “la libertad de crítica en la URSS es total”. Lo mismo podrá decirse de su compañera Simone de Beauvoir, que desde su vademecum libertario y feminista aleccionaba a la humanidad con consignas propias de un comercial de shampoo: «Ser libre es querer la libertad de los demás». Y sin embargo, no veía contradicción en declararse abiertamente maoísta, apoyando de este modo un sistema cuyo rasgo característico era la censura y la persecución a disidentes, y donde la existencia de la mujer oscilaba entre la indiferencia y la denigración sistemática. Ahora bien, visto esto, ¿debería resultar llamativo que tanto Sartre como los miembros de la Escuela de Frankfurt evitaran vivir en territorios sovietizados? En absoluto. Pues si algo ha demostrado sobradamente el intelectual marxista a lo largo de la historia es que escribe sobre realidades que solo existen en su imaginación y sobre hombres y clases sociales que no conoce ni quiere conocer. Teorizar sobre la revolución es el mejor pasatiempo del burgués comunista, y si por algún motivo se hace realidad –vade retro!-, siempre será mejor estar bien lejos.

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Por otro lado, pero en el mismo sentido, resulta claro que en el contexto de la Guerra Fría los de Frankfurt prestaron un invaluable servicio a los EEUU –generosamente remunerado, por cierto-, denunciando y criminalizando a al fascismo y luego a la Rusia soviética. Tal vez los casos más evidentes y entitativos sean los trabajos de Herbert Marcuse (El marxismo soviético, 1958) y Erich Fromm (Marx y su concepto del hombre de Fromm, 1961), además de sus ensayos contra el fascismo, como ¨Dialéctica de la Ilustración¨ (Horkheimer y Adorno), ¨La personalidad autoritaria¨ (Adorno), ¨El miedo a la libertad¨ (Fromm), etc. Según Friedrich Pollock, Horkheimer consideraba la guerra de Vietnam como “un esfuerzo justificado por detener a los chinos en Asia”. ¿Cómo se explica esto? Con una lógica muy sencilla y elemental: la del dinero.

A este respecto, muchos procurarán indagar en el motivo por el cual los EEUU pusieron a estos hombres bajo su payroll. Evidentemente, existió una gran desatención de su parte, mostrándose incapaz de comprender aquel contexto histórico en su totalidad. Creyendo en la tesis de Daniel Bell y luego Francis Fukuyama del ¨fin de las ideologias¨, jugó todas sus fichas al desmoronamiento de la ex URSS, aliándose directa e indirectamente a los hombres de Frankfurt y a hijos dilectos como Michel Foucault (¡a quién la CIA consideró funcional a los intereses de EEUU!). Ignoraron el hecho de que aquella coincidencia era meramente política y circunstancial, subestimando al mismo tiempo la cuestión de fondo, donde residía el verdadero objeto de esta nueva izquierda reciclada. La batalla era ideológica –cultural- antes que política o geopolítica. Será el marxismo cultural el que destruiría el occidente cristiano, y no la ¨estructura¨ concebida por el marxismo clásico.

Volviendo al enunciado inicial de este apartado, digamos que cada uno de los frankfurtianos cumplió con su parte en la fiesta de la doblez y incoherencia, aunque tal vez la imagen que mejor resume el carácter “revolucionario” de estos burgueses alemanes en tierra del Tío Tom sea la de Teodoro Adorno tocando el piano para Charlie Chaplin en las selectas tenidas de Hollywood, a quien criticaba duramente desde sus escritos por considerarlo un agente de la cultura de masas al servicio del capitalismo. ¿Y que decir de su proceder cuando en 1969 un grupo de estudiantes tomó el centro universitario que dirigía –en señal de protesta por su falta de radicalidad-? ¿Qué hizo el cultor de la teoría de la ¨personalidad autoritaria¨? ¡Llamó nada menos que a la policía! para que desalojara a los revoltosos…

Por otro lado lo tenemos a  Max Horkheimer financiando los postulados antifamilia, antimonogamicos, pro libertinaje sexual y proabortistas de sus colegas, cuando él estuvo casado felizmente con la misma mujer durante toda su vida y apoyó públicamente al papa Paulo VI en su oposición a la pastilla abortiva del día después. Tampoco se entiende la lógica empleada para decidir enrolarse en el ejército alemán siendo él –al menos teóricamente- un internacionalista. Por su parte, el psicoanalista Erich Fromm denuncia airadamente la alineación y potencial violencia que producen las religiones monoteístas en los individuos y en la sociedad, pero hasta el fin de sus días fue un obediente practicante de su fe judía. Otrosí, en ¨La promesa incumplida¨ (1994), libro publicado por uno de sus discípulos mexicanos, se lo acusa no solo de maltrato sistemático a sus colegas sino de haber hecho suicidar a uno de sus pacientes y haber agravado el cuadro de alcoholismo de otro. Gravísima acusación que si bien no fue probada de modo fehaciente, resulta sugestiva por lo inusual de lamisma y por provenir de una persona que sentía una gran admiración por el germano.

Párrafo aparte merece el encontronazo de Marcuse y Adorno con Erich Fromm, a quien por su perspectiva humanista de la psicología y su aparente falta de radicalidad en sus enunciados, acusaban  de «revisionista» e incluso de «socialdemócrata», que en términos marxistas es el equivalente a un insulto. Lo tenían por neo-freudiano, más focalizado en las relaciones y entorno social que en el psicoanálisis ortodoxo y más ocupado en tender puentes entre el psicoanálisis y la humanística que entre el primero y el marxismo. A ojos del freudomarxismo marcusiano y de Wilheim Reich, Fromm era un heterodoxo, alguien que al mismo tiempo manipulaba y criticaba conceptos elementales de Freud y de Marx. Lo que decía el psicoanalista alemán es que mientras el marxismo percibió los factores inconscientes en la conducta social pero era ciego para visualizar las motivaciones individuales, los freudianos vieron el inconsciente individual pero no llegaron a visualizar el inconsciente social.

Estos desencuentros motivaron el alejamiento de Fromm del instituto. Lo llamativo del caso no es solamente que los filósofos utilizaran los mismos calificativos peyorativos con que la ortodoxia soviética se refería a ellos mismo, sino que dejaba en evidencia la falta de libertad de pensamiento que imperaba en el instituto, a pesar que puertas para afuera se mostraran como los mas firmes defensores de ésta. Una vez más, la alineación denunciada estaba presente primeramente en ellos mismos. La heterodoxia y la libertad de expresión será solo un lujo para unos pocos elegidos: ellos mismos. No sorprende, por tanto, que hubieran sido estos mismos hombres los cultores de lo que será dado en llamar ¨tolerancia represiva¨, que veremos en otro capitulo.

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