Lun. Feb 17th, 2020

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

Con los deberes sin hacer. Por Vicente Massot

En general, todos los partidos, coaliciones y frentes que demostraron ser exitosos a la hora de vertebrar una campaña electoral en la Argentina contemporánea, a la vez fueron incapaces de formar equipos y de diseñar planes para no improvisar sobre la marcha cuando hicieran su arribo a Balcarce 50. Más allá de las ideologías que abrazaban y de las circunstancias en las cuales les tocó actuar, ninguna de las administraciones que conocimos en el último medio siglo pensó seriamente en las políticas públicas que pondrían en práctica si acaso ganaban las elecciones. Al respecto se podría trazar un denominador común que —por paradójico que luzca— uniría en dulce montón al camporismo y el Proceso militar, al alfonsinismo y el menemismo, a la Alianza, a Cambiemos y el kirchnerismo. Entre nosotros la tarea excluyente ha sido triunfar en los comicios. Del resto, o sea, de la gestión y de quiénes asumirían la tarea de conducir los ministerios correspondientes —en el momento en que las urnas pasasen a segundo plano— ya se ocuparía el que ganase. Como siempre se hizo más o menos lo mismo, los resultados —por lógica consecuencia— parecieron calcados.

Los ministros se conocían el día del juramento. Las improvisaciones iniciales eran cosa diaria. Las contradicciones entre ellos, también. Se hacían cargo de sus respectivas carteras muchas veces sin tener una idea cabal del estado de situación de las mismas. Pocas veces podían completar el organigrama con gente experimentada y de su confianza. No sabían cual iba a ser el presupuesto que manejarían y carecían de un orden de prioridades para ejecutar. Por último, cualquiera aterrizaba en un despacho X aunque del tema nada conociese.

El brigadier Pastor sabía tanto de gestionar las relaciones exteriores de nuestro país como Alberto Vignes, Rafael Bielsa o Felipe Solá. En materia de defensa nacional la ignorancia de Oscar Aguad era similar a la de Nilda Garré. En punto a los problemas del medio ambiente, ¿qué puede conocer Juan Cabandie? En realidad, los indocumentados han sido legión en los distintos gabinetes y, por supuesto, el que preside Alberto Fernández no es la excepción a la regla. Con la coincidencia —que tampoco es novedosa— de que hoy como antes la falta de coherencia parece ser la regla de oro en la fase inicial de todo gobierno .

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En apenas cuarenta días, el presidente y los hombres y mujeres que él eligió para acompañarlo en sus mandato dejaron traslucir, en el mejor de los casos, su desorganización y, en el peor, las diferencias —profundas en ciertos aspectos— que los animan. Recién instalada en la secretaría a su cargo, la encargada de la seguridad cruzó aceros verbales con su igual bonaerense y, al propio tiempo, se enredó innecesariamente en el tema Nisman. Alberto Fernández avaló su postura, diferente de la que acaba de sostener Sergio Massa respecto del asesinato del fiscal.

No había terminado de salir de Ezeiza Evo Morales, que ya rivalizaban en posiciones antagónicas el jefe de gabinete y el canciller en cuanto a los derechos que le asistían al boliviano. Cuestión no menor a la luz de lo que —como era de esperar— sucedió luego y complicó al gobierno frente a su par del Altiplano y al Departamento de Estado de los EEUU.

El fallido nombramiento de Luis Bellando como embajador ante la Santa Sede es una demostración más del grado de improvisación comentado. Nadie desea hacerse responsable del paso en falso ante el Vaticano. Por lo que ha trascendido, fue Gustavo Béliz —cuyo poder crece sin cesar a medida que Santiago Cafiero pierde puntos de consideración en la Casa Rosada— el que pensó en ese miembro del cuerpo diplomático para cumplir tan delicada misión. Como quiera que haya sido, ¿no era lo más lógico consultar la decisión con el Papa antes de postularlo y evitar así un papelón sonoro?

Si se lee con un mínimo de atención el texto completo de la ley que le confiere al Poder Ejecutivo facultades de carácter extraordinario y se lo compara con su reglamentación, cualquiera podrá darse cuenta de que el proyecto fue redactado a los apurones y que las zonas grises, grietas conceptuales y hasta contradicciones revelan qué mal había hecho los deberes y cuánto tiempo había perdido el kirchnerismo desde que ganó las PASO hasta el día del juramento.

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En cuanto a la pieza mayor del engranaje, de momento es inhallable. Si la administración entrante se hubiese hecho cargo de un país normal, con unas cuentas públicas ordenadas y un horizonte despejado, se entendería que hubiera dejado para más adelante la confección de un plan económico serio. Pero pisando arenas movedizas, con una negociación dificilísima por delante con el Fondo Monetario Internacional y los tenedores de bonos, y un verdadero desbarajuste fiscal entre manos, era de esperar que el gobierno le explicase al país y a los mercados cuál era la sustentabilidad de su política económica. Se requería un plan que sigue ausente. En su lugar, lo único que se le ha ocurrido al oficialismo es un ajuste a expensas del sector privado.

Es evidente que por desidia o incapacidad o quizá también por las dificultades propias de cualquier cohabitación de poderes —el del presidente y el de la vicepresidente— el frente kirchnerista no innovó respecto de sus antecesores en eso de llegar con el trabajo a medio hacer. Da toda la impresión de que, mientras terminan de acomodarse mejor en sus cargos y de familiarizarse con las responsabilidades que han asumido, las nuevas autoridades seguirán el camino que vienen transitando desde el 10 de diciembre pasado. La práctica de la prueba y error que el macrismo había llevado a niveles desconocidos durante su gestión, ha sido asumida como propia por Alberto Fernández y sus funcionarios.

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