Como perro y gato. Por Vicente Massot

El multitudinario acto que tuvo a Mauricio Macri como figura protagónica fue, para el oficialismo, mucho más importante que ese remedo de debate en el cual hicieron esgrima verbal todos los candidatos presidenciales el domingo pasado. No porque de resultas de aquella. juntada en derredor del Obelisco porteño sea pertinente alentar esperanzas de que el ballotage se encuentre ahora —como por arte de magia— al alcance de la mano. La resonancia del evento viene dada por el hecho de que contra las inclemencias de una economía desastrosa y un final de ciclo cantado, igual la gente que votó a esta administración salió a la calle y renovó sus votos de compromiso, sin pedir nada a cambio. No era tarea sencilla concitar el interés de casi 400.000 personas para que un sábado a la tarde marcharan a escuchar un discurso que no iba a cambiar las cosas. Sin embargo, las tribus progubernamentales hicieron acto de presencia como si estuviesen a punto de lograr su cometido y forzar al kirchnerismo a una segunda vuelta en el próximo mes de noviembre. En las buenas están todos. En las malas, en cambio, asoman unos pocos. Eso es lo que sucede de ordinario aquí y en cualquier otro lugar del mundo, pero hace apenas setenta y dos horas ocurrió precisamente lo contrario no sólo en la capital federal sino también en varias ciudades del país.

Puestos a conjeturar acerca de las razones de tamaño éxito, no parece aventurado decir que —más allá de las simpatías que despierte todavía el jefe del gobierno nacional— en el ánimo de muchos de los que allí se reunieron latía el miedo al triunfo de la fórmula conformada por los dos Fernández. Los cientos de miles de hombres y mujeres que fueron a la avenida 9 de julio lo hicieron con el propósito de darle un espaldarazo a su candidato y —a la vez— para acreditar que una tercera parte de la Argentina —poco más o menos— nada tiene en común con el movimiento populista que se prepara para tomar la conducción de la república antes de la Navidad. La grieta está más vigente que nunca. Lo puso en evidencia el espíritu de la marcha del sábado y lo que ocurrió entre los dos
candidatos excluyentes de la elección del domingo, fuera de cámaras.

Aun cuando no parezca adecuado decirlo y suene políticamente incorrecto, Mauricio Macri y Alberto Fernández no se pueden ver. Apenas se toleran en público, y si se saludan al cruzarse en algún lado es sólo para salvar las apariencias. Lo dicho —que podría parecer una anécdota de entrecasa o uno de esos chismes que hacen las delicias de los programas de televisión de la tarde— arrastra una gravedad inusitada si se piensa en las largas cuarenta noches que separan al resultado de los comicios del día de la asunción del ganador. Entre el lunes 28 de octubre y el martes 10 de diciembre se abrirá un espacio de tiempo que —en las actuales circunstancias— requerirá tanto de la colaboración de los que saldrán de Balcarce 50 como de los que tendrán derecho a entrar y quedarse allí por los próximos cuatro años. A la luz de lo visto, el clima entre unos y otros no es el mejor ni mucho menos.

LEÉ TAMBIÉN:  ¿Costo de la transición? - Por Alberto Benegas Lynch (h)

Decir que, si la relación de Macri y Fernández continua enrareciéndose, estarán jugando con fuego, no es una simple metáfora. Al margen de los números que vomiten las urnas; de los festejos; del tachín tachín entonado —como siempre— respecto de la trascendencia del acto electoral; de los discursos de los vencedores y de los perdedores, y de las promesas de sólo ocuparse del país una vez terminado el recuento de los votos, están los mercados, los fondos de inversión, los bonistas y el Fondo Monetario Internacional mirando con atención el comportamiento del oficialismo, a punto de dar las hurras y volver a su casa, y del kirchnerismo. No se necesita ser un dotado en materia de conocimiento político para darse cuenta de que el mundo de los negocios se maneja con categorías distintas a las del ciudadano que mete una papeleta en la urna correspondiente y se va a comer un asadito o a ver el escrutinio por televisión. Antes de saber a ciencia cierta que va a hacer el frente de los K con la economía —tarea casi imposible antes del 10 de diciembre— los mercados estarán pendientes de la transición. No tanto de lo que expresen Macri y Fernández como de lo que hagan, cada uno por su lado o en conjunto.

El escenario en que nos movemos podría describirse como el de un conjunto de elefantes tratando de hacer equilibrio en una cuerda con una malla de contención debajo de ellos, más parecida a una telaraña que a cualquier otra cosa. La inflación ya está jugada y su tendencia no habrá de cambiar; la recesión llegó para quedarse a vivir entre nosotros un rato largo, y el índice de la pobreza no va a empeorar mucho más en lo que le falta recorrer a Macri hasta terminar su mandato. Pero el derrotero que seguirá el dólar y las reservas de libre disponibilidad no está escrito en ningún lugar. En buena medida, llegar al cambio de autoridades con muletas o en medio de un nuevo tembladeral dependerá de la pericia, buena voluntad, suerte, y credibilidad que demuestren y sean capaces de generar los dos candidatos que el domingo —sin que los estuviesen enfocando, se dijeron de todo. Eso no pasó entre Mauricio Macri y Daniel Scioli cuatro años atrás, siendo que las diferencias eran tanto o más pronunciadas que hoy.

LEÉ TAMBIÉN:  Colombia en la encrucijada. Por Pedro Corzo

De momento, nadie esta conforme con el espectáculo que se recorta delante suyo. Menos por el fracaso macrista que por las incógnitas y sospechas que suscita el silencio de Alberto Fernández a la hora de insinuar —siquiera— alguna pista de lo que piensa hacer. El así llamado círculo rojo le soltó la mano al presidente largo hace. Eso lo sabe, a esta altura, hasta el menos avisado de los mortales. Al propio tiempo el kirchnerismo, al cual los integrantes de ese círculo se han acercado presurosos, no genera confianza ninguna. Si sólo fueran los empresarios nucleados en la Unión Industrial Argentina y en la Asociación de Empresarios Argentinos los que estuviesen asustados, la cuestión sería, por supuesto, extremadamente grave. Si a ello se le suman los factores externos, cuya incidencia sobre la enclenque economía nacional es determinante, las cosas amenazan con pasar a mayores.

Dicen los que saben que, en las contadas oportunidades que han hablado los dos candidatos —luego de haberse substanciado las internas abiertas del 11 de agosto pasado y quedar en claro que las posibilidades de que los Fernández ganasen en octubre estaban fuera de duda— el único pedido que le hizo el ganador de esas elecciones al presidente de la Nación fue que cuidase las reservas. Se entienden sus motivos que poco o nada tienen que ver con la ideología que lleva a cuestas. Cualquiera en su lugar estaría preocupado o desesperado a poco de contemplar como, día tras día, sin solución de continuidad a la vista, el Banco Central pierde dólares aun con las restricciones que impuso precisamente para defender esas reservas. Dicho de manera diferente: si en la transición que viene se vuelan los puentes que comunican a la Casa Rosada con las oficinas de la calle México y sus ocupantes principales obran a la manera de perros y gatos, suponer que al día de la jura de Alberto Fernández el dólar podría alcanzar niveles antes impensados y las reservas netas hallarse por debajo de la linea de flotación, no es un vaticinio alarmista o un análisis catastrófista

Más en Opinión y Actualidad
El neo-comunismo provoca el caos social para asaltar el poder. Por Cosme Beccar Varela

Si escribo este artículo no es porque crea que las razones que expondré servirán para convencer a...

Cerrar