Vie. Nov 27th, 2020

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CFK, decidida a evitar que el peronismo tome vuelo propio – Por Carlos Tòrtora

La decisión de CFK de despedir al Coordinador de Asuntos Políticos de la Presidencia, Juan Carlos Mazzón, es un indicador significativo de un proceso que apenas se inicia: el divorcio entre el kirchnerismo y el peronismo. Mazzón, operador político estrella de Carlos Menem, Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner, cuenta con la mayor agenda de dirigentes peronistas a lo largo y ancho del país. Su ascendiente sobre personajes como José Luis Manzano le da llegada al massismo y su relación con Daniel Scioli, José Luis Gioja, Juan Manuel Urtubey, Paco Pérez y Gildo Insfrán es íntima. Echarlo a Mazzón es un mensaje que la presidente le hace llegar al viejo establishment del PJ: ella no negociará las listas de candidatos a legisladores nacionales ni aceptará condiciones impuestas por ningún grupo de gobernadores. La reciente designación de Eduardo Wado de Pedro en la Secretaría General de la Presidencia antecedió con toda lógica a la liquidación de Mazzón, cuyos comprovincianos mendocinos presentaron listas en contra de La Cámpora. Ahora el puente entre Olivos y La Plata es el jefe de gabinete Aníbal Fernández, mientras que Scioli estaría haciendo no pocos esfuerzos para congraciarse con De Pedro y el Jefe del Ejército, General César Milani, buscando que éstos defiendan su causa ante la presidente. Pero ella, en su turbulenta retirada del poder, parece tener claros algunos conceptos: uno de ellos es que no debe haber sciolismo. Si la publicitada ola naranja se hiciera realidad, el gobernador podría llegar a adquirir poder real en el caso de ser candidato a presidente. La decisión parece estar tomada: Scioli -si es que llega- debe ser un candidato títere sin legisladores ni intendentes propios. Por eso ayer en la Casa Rosada se daba como un hecho que el presidente del Banco Provincia, Gustavo Marangoni, no sería precandidato a jefe de gobierno por una lista sciolista del Frente para la Victoria porteño, por la sencilla razón de que no habrá listas sciolistas prácticamente en ningún distrito. Si el ex motonauta considera esta situación como insoportable y da un paso al costado, el candidato sería Florencio Randazzo y punto.

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Hacia un ciclo de liderazgos débiles

Detrás de este escenario está la clara percepción, por parte del cristinismo, de que antes de mitad de año puede haber un conato de sublevación en las filas del PJ, si la presidente no vuelve a subir a más del 30 por ciento de imagen positiva. Lo que tenía antes de la muerte de Alberto Nisman. El ex presidente Eduardo Duhalde no sólo pidió la caducidad de la conducción del PJ nacional y la intervención partidaria a la jueza federal electoral María Servini de Cubría, sino que volvió a trabajar en una vieja obsesión suya: el acuerdo entre Scioli y Massa para que éste acepte ser candidato a gobernador apoyando a aquél para presidente. En un contexto de tembladeral económico y de comprobarse la conexión del gobierno con el asesinato de Nisman, semejante hipótesis podría crecer. Algunos amigos de Massa le dicen al oído que él ahora está tercero en las encuestas, o sea que el argumento de que no puede bajarse de su postulación presidencial porque encabeza las encuestas ya no existiría. Son muchos los ojos que miran atentamente si la caída del tigrense se profundiza en el interior del país. Si esta tendencia continuara, José Manuel de la Sota se lanzaría para presidente con aspiraciones de alcanzar el 10 por ciento y poder negociar con el que gane una porción del poder. La casi inevitabilidad del ballotage produce este efecto. Todos piensan que, a cambio de su apoyo en la segunda vuelta, podrán negociar con Macri, Massa o Cristina su participación en el próximo gobierno. En otras palabras, que el ballotage es el anticipo de un gobierno de coalición, lo que iría en dirección contraria al hiperpresidencialismo actual. La mayor parte de la dirigencia radical, más acostumbrada a estas prácticas que los dirigentes del PJ, ya se imagina una mayoría inestable en el Congreso respaldando a Macri bajo fuertes condicionamientos de todo tipo. Los hechos están a la vista: si Macri llega a la Casa Rosada, lo hará con su partido gobernando un solo distrito, la Capital Federal o tal vez dos, si Miguel del Sel gana Santa Fe. Pero para Massa la situación no sería muy distinta, porque sólo controlaría el gobierno de Buenos Aires y en el resto del país dependería de complicadas alianzas con los radicales. Así las cosas, la inestabilidad política parece estar instalándose en la Argentina para quedarse, como siempre ocurre, hasta que aparezca un liderazgo lo suficientemente fuerte como para reconstruir un poder político hegemónico.

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Esto parece un final probable pero por ahora lejano. La sociedad está despidiendo al kirchnerismo pero está aun lejos de dar vuelta la página. Sin ir más lejos, las categóricas afirmaciones de la jueza federal Sandra Arroyo Salgado en el sentido de que los peritos de parte respaldan la tesis del homicidio de Alberto Nisman, meten al país en el largo túnel de un crimen político. En este contexto, el candidato presidencial que insinúe sobre un acuerdo de impunidad, se vaciaría de votos. El reclamo de justicia pasó a dominar la escena de modo tal que la revisión judicial de la década K se vuelve inexorable. Esta especie de mani pulite que se avecina condicionará fuertemente al futuro presidente, sea quien sea. A diferencia de los finales de ciclo de Raúl Alfonsín y Carlos Menem, la situación actual -paradójicamente- se parece más al fin de ciclo del último proceso militar: la sociedad quiere que haya culpables antes de dar vuelta la página.

Fuente: Informador Pùblico

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