Catorce años de «La botella al mar» – Por Cosme Beccar Varela

En esta Fiesta de San Luis Rey de Francia, 25 de Agosto, hace catorce años, empecé a publicar «La botella al mar».  Estaban de la Rúa y Cavallo haciendo daño desde el gobierno y después de su estrepitosa caída, el peronismo retomó el poder, cada vez más dependiente del neo-comunismo hasta culminar esa dependencia en la tiranía kirchnerista que nos oprime desde el 2003.

Tengo el consuelo de decir que en ningún momento dejé de repudiar la injusticia de los sucesivos gobiernos ni dejé de prevenir sobre los males que ellos nos preparaban ni de convocar a la resistencia, a pesar de que eso les pareció a muchos un exceso de pesimismo. No sólo no lo era sino que mis previsiones resultaron optimistas comparadas con la realidad.

Huelga decir que las convocatorias a la resistencia fueron totalmente fallidas ya que nunca pude organizar nada que pudiera ser considerada una medio elementalmente suficiente como para enfrentar la gravedad del peligro que nos amenaza.

Catorce años son muchos años en una vida. Tenía 62 cuando empecé y ahora tengo 76. A los 62 tenía fuerza y salud. A los 76, no tanto, de manera que ahora no puedo, seriamente esperar que tendré otros 14 años para seguir intentando. Queda, al menos, lo que está escrito para quien quiera saber qué pasó y aplicar las reglas para prever lo que va a pasar. Tiene la colección de «La botella al mar» para enterarse.

Empecé en la fiesta de San Luis Rey de Francia porque era una manera de simbolizar cual era el objetivo de este periódico. Si bien los temas son variados, y se refieren a asuntos religiosos, morales, culturales y políticos, todo está inspirado en el ardiente deseo de que en nuestra Patria pueda constituirse una Autoridad justa y si fuera posible, santa, como la del gran Rey San Luis de Francia.

Quienquiera saber cómo fue la vida y el gobierno de San Luis puede leer el relato de su Senescal Jean de Joinville, pequeño y gozoso libro, que lo admiraba y hasta diría lo veneraba porque se daba cuenta que más que un Rey era un santo.

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Sé muy bien que dada la situación de la Iglesia y del mundo, es imposible que un gobernante como San Luis pueda existir ahora.  Pero eso no quita que admirarlo y tener nostalgia de aquellos días felices en que el gobierno no estaba en manos de socialistas, peronistas, liberales hipócritas y masones, sino en manos de un santo que tenia temor de Dios y amor a la Justicia, de alguna manera es restaurarlo al menos en el corazón, y una manera de execrar a los tiranos que hoy dominan las naciones, despreciando a Dios y oprimiendo a los hombres.

Podemos aceptar como una desgracia estas tiranías pero no podemos dejar de mostrar siempre el ideal contrario a ellas, que existió y que tal vez volvería a existir por un milagro de la misericordia divina, aunque ese milagro vendría acompañado de la destrucción a sangre y fuego del terrible del poder de los malvados y de la perversión de los pueblos, hoy hundidos hasta el cuello en la más despreciable corrupción intelectual y moral.

¿Se imagina lo que hubiera hecho San Luis si en su tiempo alguien hubiera pretendido legalizar el «homonomio» o el aborto, o nombrar Presidente a una mujer de dudosa honestidad como la Sra. de Kirchner, acompañada por un Kicillof, un Anibal Fernandez, un Randazzo o un Macri? ¿Acaso hubiera considerado como una alternativa política seria a una desquiciada como la Sra. Carrió o hubiera tolerado que los piqueteros cortaran las calles de Paris, sede de su gobierno? ¿Piensan que hubiera aceptado durante un segundo que casi 2.000 personas estén presas sin razón y sin Justicia, y que otras 250 hubiera muerto en mazmorras asesinadas por una banda de terroristas adueñados del poder con la complicidad de jueces prevaricadores? Me imagino a San Luis, empuñar con ira la espada y comandar a sus guerreros para la inmediata liberación de esos cautivos y la igualmente inmediata condena de sus verdugos.

Cuando escribo un artículo para «La botella al mar», no propongo sino objetivos mucho más modestos, un programa mínimo para empezar a salir de este lodazal hediondo en el que estamos inmersos, pero no dejo de imaginar lo más perfecto, aunque sea irrealizable sin pretender engañar a nadie proponiendo una cosa e intentando ocultamente otra.  La realización de lo más perfecto sólo está en manos de Dios porque hemos caído tan bajo que sólo el Creador puede restaurar la degradación de Sus criaturas.

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Lo asombroso de estos catorce años de experiencia es que en vez de ver, aunque sea en una minúscula minoría, que el ideal se reenciende, he visto a los buenos venderse al enemigo por menos de treinta monedas de plata, por unas míseras menciones en un diario prestigioso, o por un cargo, o por el elogio de un poderoso que los desprecia. Y he visto que, como dice mi hermano Alfonso, nadie convence a nadie, aunque esa experiencia me permite agregar a ese axioma un aditamento: «Nadie convence a nadie de algo verdadero y bueno. Para la traición y la mentira, cualquier patán convence al más encumbrado.»

Pero «La botella al mar» no cesará mientras yo tenga fuerzas para escribirla y publicarla. Me ilusiono pensando que la mera existencia de este periódico ha impedido a la argentina, aunque sea en una medida infinitesimal, caer más bajo todavía.

Lo que sí puedo agregar, sin jactancia pero sin falsa modestia, es que nadie la ha refutado. Me han agredido, insultado, despreciado, expulsado, ignorado y olvidado. Pero refutado, no. ¿Y eso por qué? Porque nunca he hecho otra cosa que aplicar la filosofía del catolicismo y el sentido común a la realidad notoria, sin admitir ni herejías, ni idioteces, ni versiones falsas de los hechos inventadas por los fabricantes de opinión. La verdad y la realidad, monda y lironda. Enemigos he suscitado innumerables, algunos con furia soez; amigos, pocos y sin entusiasmo o ninguno. No importa. Sólo me interesa la misericordia de Quien puede darnos la verdadera felicidad. Y con eso me basta.

Fuente: La Botella al Mar

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