Mar. Oct 27th, 2020

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

Casandra, Mauricio y los jueces federales. Por Vicente Massot.

Elisa Carrió tiene una particularidad que, a esta altura de su vida política, no podría cambiar aun cuando se esforzase en la tarea: desconoce los tonos grises; o si se prefiere, las medias tintas se corresponden mal con su personalidad. Refractaria a trabajar en equipo, no quiere que nadie la condicione y prefiere obrar como un lobo solitario a formar parte de un gobierno, por más que lo haya apoyado a tambor batiente. Testimonial como ninguna otra figura pública de la Argentina, detesta el realismo político al cual juzga, con arreglo a categorías morales, pecado de lesa majestad.

Esta Casandra contemporánea, valiente e intemperante por partes iguales, fue una de las gestoras —junto a Ernesto Sanz— de la coalición forjada para respaldar la candidatura de Mauricio Macri, cuando nadie lo imaginaba presidente de la República. Sin su concurso difícilmente hubiese el radicalismo votado como lo hizo en la convención de Gualeguaychú. Lilita —como la llaman todos, los que la aman y los que la odian— pasó de opugnadora frontal de Macri a hacer las veces de aliada estratégica privilegiada. No tiene detrás suyo una legión de diputados y senadores que la respalden. Tampoco gobernadores e intendentes que le respondan en cuerpo y alma. Pero posee un bien codiciado e invalorable en un país carcomido por la corrupción: su proverbial honestidad.

El macrismo la aprecia en razón de cuanto ayudó a construir a favor del actual presidente; y, al propio tiempo, le teme. De aquí que la tenga entre algodones y la cuide como si fuera un cristal finísimo, susceptible de hacerse trizas a la primera de cambios. Si se la invitase a unirse, en calidad de ministro o de embajadora, a la administración de Cambiemos —tal cual lo intentó Mauricio Macri ni bien ganó la segunda vuelta electoral— la respuesta sería —y fue— un no rotundo. Si —en virtud de su negativa— resultase dejada de lado, el error sería garrafal. Por eso, precisamente, la Carrió ha merecido un trato especial de parte de la Casa Rosada y sigue siendo —a semejanza de Ernesto Sanz— una interlocutora con canal siempre abierto respecto del jefe del Estado.

Cualquiera que la conozca mínimamente sabía que, tarde o temprano, levantaría la voz en contra de los manejos de Daniel Angelici con los jueces federales. La tregua —por llamarle así— duró cien días en los cuales Lilita se mordió la lengua. Luego, cansada de esperar, no se anduvo con vueltas a la hora de poner en vereda al principal operador judicial de Balcarce 50 y a los magistrados federales de Comodoro Py.

La reunión de urgencia a la que Macri convocó, a Sanz y a la Carrió, el miércoles pasado, fue resultado de las denuncias enderezadas por ella a expensas de Angelici y también de Rodolfo Canicoba Corral, Sergio Torres, Marcelo Martínez de Giorgi, Sebastián Casanello, Julián Ercolini, Norberto Oyarbide, Sebastián Ramos, Daniel Rafecas, María Servini de Cubría ,Luis Rodríguez, Claudio Bonadio, Ariel Lijo. Persuadida como está de que —salvo honrosí- simas excepciones— los nombrados son tan corruptos como los delincuentes a quienes deben juzgar, instaló en la primera plana de los diarios y de los medios en general un tema tabú. Ignorarla hubiese constituido un suicidio. Por lo tanto, después de una larga y tensa conversación, hubo acuerdo. ¿Por cuánto tiempo? —Con Casandra nadie puede saberlo a ciencia cierta. Pero el lunes, al tiempo que salía en defensa de Mauricio, a Grindetti no lo trató bien.

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Macri está frente a un problema no menor en atención a que, de un lado, la tiene a Elisa Carrió —incapaz de retroceder un tranco de pollo cuando se trata de hechos de corrupción, según ella los entiende— y, del otro, a un aparato judicial nacido y forjado en la Argentina, con los vicios y dobleces de un país donde las instituciones son cascarones vacíos. Si estuviésemos en Suiza, no quedaría en pie uno solo de los jueces federales mencionados. Entre nosotros, en cambio, son señores de horca y cuchillo a los cuales no se puede despedir de un día para el otro.

El equilibrio que necesita hacer Macri, entre la tozudez de Lilita —refractaria a cualquier compromiso— y la existencia de unos magistrados impresentables pero poderosos, es delicadísimo. Si alguien supone que puede arreglarse con base en un úcase susceptible de eyectar de sus funciones a esos jueces, se equivoca de medio a medio. Si el kirchnerismo con todo su poder y su nulo apego a las normas no pudo con ellos en el transcurso de doce años, mal podría pedírsele a la administración de Cambiemos lograrlo en tres meses.

La estrategia de todos los gobiernos, desde el de Raúl Alfonsín a la fecha, siempre fue la misma. Calcada, sin excepción a la regla, se tratase de radicales o peronistas en sus distintas variantes, lo que se hizo fue tenerlos de aliados. Se forjó un pacto tácito entre la Casa Rosada y Comodoro Py en donde aquélla no investigaba la declaración jurada de bienes de los magistrados federales a cambio de la subordinación de éstos al poder de turno. La fórmula, de más está decirlo, funcionó hasta aquí a las mil maravillas.

Como resultado del conclave sostenido en Olivos es posible que las facultades de Angelici queden restringidas y tiendan a desaparecer. El personaje —más allá de su amistad con Mauricio Macri— no llega precedido de los mejores antecedentes. Menos aun su mano derecha, Darío Richarte. Dejarlos como si nada hubiera pasado, representaría una bofetada a Elisa Carrió; y Macri lo sabe. De modo tal que los días de Angelici están contados. Lo cual no quita que el vínculo con Comodoro Py recaiga en un nuevo operador que deberá ser más idóneo y trasparente que el dirigente del club de la ribera.

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Sobre todo pensando en lo que se viene. Las denuncias llueven de todos lados y, si bien en ninguna falta el kirchnerismo de turno, también salpican a funcionarios del oficialismo. Las supuestas maniobras de desvío de fondos a paraísos fiscales, puestas en circulación por el denominado Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación bajo el hashtag #Panamá Papers, generó ayer lunes un revuelo a nivel mundial, incluido nuestro país. El que hayan aparecido los nombres de Lionel Messi, así como el del intendente de Lanús, Néstor Grindetti; el del secretario personal de Néstor Kirchner, Daniel Muñoz, y el del mismo Mauricio Macri, revela que en esto las ideologías están ausentes con aviso.

Es lo más probable es que muchas de las acusaciones que se han ventilado con basamento en los Panama Papers en contra de Macri carezcan de consistencia. De todos modos, le han hecho daño. La sociedad argentina parece ahora más interesada en la corrupción que en décadas anteriores, en las cuales prestó poca atención al tema. Eso hace que la clase política en general deba cuidarse. Hoy están en el banquillo los kirchneristas. Mañana, quién sabe. Además, que el presidente sea salpicado de esta manera cuando su gobierno desarrolla una durísima política de ajuste, lo deja mal parado frente a la gente.

Los Panama Papers harán ruido unos días más y luego la atención volverá a centrarse sobre quienes reúnen todas las condiciones para seguir el camino que han comenzado a recorrer, desde el fin de semana pasado, el ex–todopoderoso secretario de Transportes, Ricardo Jaime, y uno de los principales testaferros del kirchnerismo, Lázaro Báez. Amado Boudou, Aníbal Fernández y Cristóbal López deberían ir poniendo sus barbas en remojo. Sobran elementos para procesarlos y los jueces federales necesitan hacer buena letra. Ello sin contar con que, si alguno de los procesados se quebrase, podría arrastrar a la plana mayor de los santacruceños. Jaime lo involucró a Julio De Vido y a Néstor Kirchner por la compra de trenes en mal estado. Qué tanto prendió el ventilador es asunto, por ahora, bajo secreto de sumario. Pero esto recién empieza.

En otras circunstancias podrían los seguidores del matrimonio santacruceño dormir tranquilos. En éstas, con Elisa Carrió desatada; Mauricio Macri obligado a actuar por el reclamo de escarmiento de una parte importante de la sociedad; los jueces federales necesitados de probar sin demoras —prontitud de la que acaba de dar sobrada muestra el otrora lerdo Sebastián Casanello— que no son cómplices por retardo de justicia; y, por fin, el saqueo kirchnerista descubierto en toda su magnitud, mejor es que se busquen buenos abogados. Cristina Fernández, luego de la negativa por parte de dos juristas de primer nivel, optó por contratar a Raúl Zaffaroni.

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