De calles y manifestaciones. Por Vicente Massot

Ni el gobierno recuperó el sábado a la tarde —fruto de la movilización masiva que protagonizaron sus seguidores— la calle que nunca poseyó ni —seamos honestos al respecto— le interesó tener, ni la Confederación General del Trabajo ganará algo con el paro de actividades que se llevará a cabo el próximo jueves en todo el país. No se necesita la bola de cristal a los efectos de anticipar el alto grado de acatamiento de la huelga por venir. Analizada con base en este criterio representará un éxito de suyo efímero. Al día siguiente, nada de importancia habrá cambiado. Mucho menos la política económica del oficialismo que —se supone— es el blanco en contra del cual los capangas sindicales enderezarán la acción de fuerza.

En las últimas semanas distintas capillas de la sociedad argentina ocuparon algunos de los más representativos lugares públicos de la capital federal con el propósito de poner en evidencia su peso específico y, desde allí, hacerle saber al poder de turno cuánto lo apoyan o lo repudian. Media un abismo —claro está— entre las formas con las que se expresaron el kirchnerismo y sus aliados de la izquierda, el pasado 24 de marzo, y las que caracterizaron el acto del sábado en derredor del Obelisco. Pero, más allá de todas sus indisimulables diferencias, hay una coincidencia en el hecho de pensar —unos y otros, tirios y troyanos— que tomar por unas cuantas horas las calles sirve de algo en términos políticos.

En tiempos ya pasados, las multitudinarias manifestaciones que se desarrollaron en la Plaza de Mayo, primero el 17 de octubre de 1945 y luego el 2 de abril de l982 —en circunstancias y con protagonistas bien distintos en una y otra oportunidad— tuvieron efectos inmediatos en la vida política criolla. Al extremo de que podría decirse, sin ánimo de exagerar, que representaron puntos de inflexión imposibles de desandar después. Pero fueron —los mencionados— casos absolutamente excepcionales que poco, si acaso algo, en común tienen con los actos de la semana pasada. En realidad, los únicos a quienes les cabría el calificativo de dueños y señores de la calle es a los —así llamados— movimientos sociales, más conocidos con el nombre de piqueteros. ¿Por qué? —Por esta razón, que cualquiera puede entender al margen de compartir o no la metodología extorsiva que utilizan para peticionar a las autoridades: consiguen lo que quieren. Cuando se lanzan al espacio público lo hacen conscientes de que, a semejanza de lo ocurrido con las anteriores administraciones nacionales —desde el año 2000 en adelante, al menos—, el macrismo pactará condiciones y, a la corta o a la larga, cederá a sus demandas como antes lo hicieron, en distinta medida, Fernando De la Rúa, Eduardo Duhalde y el matrimonio Kirchner.

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No pasa por la calle, ni mucho menos, el meridiano de nuestra política. Es cierto que impresionan las portadas de los principales diarios del país, con fotos de miles y miles de personas juntas, en apretado montón, vociferando enfrente de la Casa Rosada o en el Obelisco. No menos es el efecto que causan esas secuencias televisadas en tiempo real por todos los canales de noticias. Vistas desde el ángulo de las imágenes colectivas, parecen trascendentales o hasta épicas. Sin embargo, transcurrida la fiesta o la algarada —como se prefiera— todo vuelve a la normalidad.

Fundamentalserá conocer la decisión que adopten Elisa Carrió, Cristina Fernández, Sergio Massa y Florencio Randazzo sobre su participación o no en los comicios legislativos que se substanciarán en agosto y octubre. Lo que tenga que decir Hebe de Bonafini, acerca del gobierno de Macri, es secundario. Decisivo será conocer si los $ 22000 MM que los responsables del Ministerio de Hacienda inyectarán en el mercado, desde este mes y hasta octubre, podrán o no reactivar de manera estable el consumo popular y darle, así, aire al oficialismo en las urnas. Comparado con esto, las decisiones de Moyano, Daer, Schmidt y Barrionuevo, y —ni qué decir— sus discursos, tienen el mismo calado que una discusión de barrio. No hay que dejarse confundir por los actos escenográficos. Deslumbran por unos instantes y se apagan como fuegos artificiales.

Que tomar la calle como lo han hecho los enemigos y seguidores del gobierno separados por una semana no adelante nada acerca de su poder de fuego, no implica que los dos bandos —por denominarlos de alguna manera— se equivoquen respecto del futuro inmediato. Ambos saben que se avecinan momentos decisivos. Puede que se equivoquen si piensan que con juntadas multitudinarias van a modificar el rumbo que lleva el país, pero están en lo cierto cuando sienten la necesidad de expresarse porque perciben que hay una instancia critica por delante, de la que dependerá la suerte de la gestión de Mauricio Macri.

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Hubiera resultado ridículo que un año atrás las derrotadas huestes kirchneristas intentaran movilizarse a expensas del gobierno, de la manera que lo hicieron el 24 de marzo. Habría carecido de sentido, además, fogonear con helicópteros de papel la idea de una salida anticipada de Macri de Balcarce 50. La sola comparación con el fin que tuvo Fernando De la Rúa es disparatada. Transcurridos quince meses desde la asunción de Macri, nadie en su sano juicio piensa en su renuncia. Pero sus enemigos calibran bien la dimensión del desafío que enfrentará en octubre y tratan, en la medida de lo posible, de tirar más leña al fuego. Saben que un traspié electoral de Cambiemos cambiaría de manera abrupta la relación de fuerzas y actúan en consecuencia con la intención de entorpecer, hasta donde pueden, la gestión gubernamental.

En la vereda opuesta, los partidarios del oficialismo tampoco se hubiesen convocado hace doce meses para defender al flamante presidente y a la democracia. No hacía falta. Ahora, en cambio, son conscientes de las dificultades que aquejan a la administración de Cambiemos y de los peligros anejos a una derrota en los comicios que se desarrollarán dentro de 180 días, poco más o menos.

Aún cuando el razonamiento pueda parecer forzado, lo cierto es que la asignatura pendiente del macrismo no es seducir a quienes se congregaron en la Plaza de Mayo el pasado viernes 24 ni tampoco a los que quebraron una lanza en su favor el sábado 1º. Aquéllos están del otro lado de la grieta y jamás votarán a los candidatos de Cambiemos; éstos lo respaldarán en las urnas aún con cierto desencanto. Falta reconquistar a los que se inclinaron por Macri en octubre de 2015 y hoy no saben qué hacer.

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