Bukake futbolero. Por Juan Manuel de Prada

Hace apenas mes y medio, un artículo nuestro provocaba las iras de la piara tuitera, azuzada desde medios de adoctrinamiento de masas aparentemente antípodas. En aquel artículo sosteníamos que la sexualidad humana, sometida al constante estímulo de la pornografía, acaba convirtiéndose en una tirana que reclama estímulos cada vez más aberrantes y perversos. No me extrañó que medios de adoctrinamiento aparentemente antípodas reaccionaran con escándalo ante aquel artículo, pues la pornografía es la morfina sistémica que garantiza la alienación de las masas; tampoco que la piara tuitera me insultara con ardiente frenesí, pues hay mucha pobre gente que depende de su ración de pornografía diaria para sobrellevar su vida de mierda y reacciona paulovianamente ante quien expone las consecuencias de su esclavitud.

El mismo día en que la piara me montaba el aquelarre era detenido el pornógrafo llamado Torbe, acusado de filmar videos pornográficos con menores de edad, destinados a una clientela saturada de pornografía convencional que reclamaba estímulos más intensos, tal como yo afirmaba en aquel artículo. La investigación de las actividades del pornógrafo Torbe nos desvela ahora nuevas aberraciones que vuelven a confirmar nuestra tesis; pero la banalidad mediática ha querido fijarse tan sólo en un episodio sensacionalista que implica a unos futbolistas, al parecer participantes en abyectos bukakes que les organizaba el mencionado Torbe, a semejanza de los que este pornógrafo solía filmar, en los que una mujer (a menudo forzada) era sometida a las sevicias más nefandas por varios hombres a la vez. El episodio podría haber servido para que la sociedad española hiciese una reflexión seria sobre las calamidades que el consumo de pornografía ejerce sobre los espíritus; pero, por supuesto, sólo está sirviendo para desatar comentarios chuscos y banales, y para que los botarates futbolizados discutan si los presuntos participantes en aquellos bukakes podrán jugar “sin presiones” la Eurocopa. Nadie, en cambio, se ha preguntado por qué unos chavales que por entonces apenas tendrían dieciocho o veinte años y sin embargo ya eran ricos y famosos (y, por lo tanto, podían ligarse a las chavalas más guapas) necesitaron participar en sórdidos bukakes. Y la respuesta es bien sencilla. Con apenas dieciocho o veinte años, esos chavales tenían ya la sensibilidad estragada, la afectividad destruida, el apetito sexual corrompido por las fantasías más purulentas. Eran, en fin, chavales arrasados por el consumo de pornografía, que sin apenas darse cuenta había dejado que su imaginación se internase por andurriales cada vez más escabrosos; en lo que no se diferencian de una multitud de chavales de su misma edad. La única diferencia entre los participantes en esos bukakes futboleros y los millones de adictos a la pornografía es que los primeros pueden hacer realidad sus fantasías purulentas a cambio de pasta, mientras los segundos tienen que conformarse con machacársela ante el ordenador.

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«Llega un momento en la rutina de una civilización –escribía Chesterton– en que los hombres buscan pecados más complejos u obscenidades más llamativas, como estimulantes de su hastiada sensibilidad. Caminan en su propio sueño e intentan despertarse a sí mismos con pesadillas». Sobre esa pesadilla que la pornografía ha introducido en nuestras vidas deberíamos estar hablando, para alumbrar los sótanos de abyección y podredumbre a los que nos ha conducido nuestra “hastiada sensibilidad”. Pero preferimos entretenernos con comentarios chuscos y banales. Y si alguien se atreve a dar la nota discordante se le azuza a la piara tuitera y santas pascuas.

(ABC, 13 de junio de 2016)

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