Buenos Aires, ciudad abierta. Por Cosme Beccar Varela

Buenos Aires, ha sido declarada silenciosamente “ciudad abierta”. En tiempos de guerra, las ciudades de países vencidos, para tratar de evitar la destrucción y el saqueo, se declaraban “ciudad abierta”, es decir, anunciaban su renuncia a cualquier resistencia y se ponían de rodillas para implorar la clemencia de los vencedores. Las “autoridades” huían” y las fuerzas armadas deponían las suyas y las dejaban simbólicamente a disposición del enemigo, con el cual colaboraban para facilitar la dominación.

París, en 1940, ante el avance del ejército alemán y el primer bombardeo aéreo, fue declarada ciudad abierta por las autoridades francesas. El ejército y el gobierno francés abandonaron la ciudad.  Roma, ante el avance del ejército aliado y las protestas de la población civil ante los bombardeos aéreos estadounidenses, fue declarada ciudad abierta por las autoridades alemanas el 14 de marzo de 1943.

Buenos Aires se ha convertido en una “ciudad abierta” con el agravante de que las “autoridades” en vez de huir de la ciudad rendida, colaboran con el invasor y hasta la bombardean ellas mismas.

Buenos Aires tiene todo el aspecto de una ciudad bombardeada por el canalla Rodriguez Larreta. Muchas, muchísimas de sus principales avenidas y calles más importantes, han sido demolidas con enormes máquinas, martillos neumáticos, topadoras y otros instrumentos de destrucción. Y las zonas a destruir son previamente alambradas, como en un campo de concentración, de tal manera que nadie puede atravesarlas. Los esbirros que rompen, uniformados como una tropa guerrillera no identificada, tienen el poder de interrumpir el libre tránsito, de ampliar las zonas de exclusión, de romper sin obligación de reconstruir, ni plazo para hacerlo, ni tarea específica asignada ni controlada por alguna clase de cacique. Cuando algunos de ellos están cerca del lugar de sus hazañas, se los ve sentados con la más despectiva tranquilidad, sin hacer nada de nada, a la espera de que termine el día para ir a cobrar la paga que reciben por destruir y mirar los destrozos. Son una especie de “ñoquis” destructivos. ¡Más nos valdría pagarles y que se quedaran en sus casas! Por lo menos no nos romperían la ciudad y tendríamos la libertad de movernos libremente por las calles.

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Buenos Aires está ocupada, además, por una guerrilla enemiga. Cientos (pocas veces miles) de piqueteros, huelguistas, motochorros, ladrones comunes, sindicalistas, izquierdistas desaforados, y otros malvivientes y “malentretenidos”, como decían nuestros abuelos, hacen y deshacen, detienen o dejan pasar, amenazan con palos y muchos van enmascarados para poder matar sin ser reconocidos.

¡Y los policías están dedicados a facilitarles a los otros la tarea de impedir la libertad de movimientos y el goce de su propiedad a los ciudadanos!  Cuando la fuerza enemiga no alcanza el número necesario para imponerse, la policía acude para prestarle “el auxilio de la fuerza pública”.  En sus ratos libres, la policía se dedica a aplicar multas y ejercer violencias contra los ciudadanos indefensos,  multas confiscatorias inventadas por la recua de políticos que nos tiranizan aplicadas  por pequeñas transgresiones que, al lado de las obscenas violencias de la guerrilla invasora autora de delitos innumerables, son nimiedades que deberían olvidarse, aunque más no sea por vergüenza por tanta complicidad con tanto crimen.

Un señor, al cual le comentaba la triste situación en que nos encontramos, me contestó. “¡Esperemos que el gobierno ponga orden!”. La respuesta me pareció insólita y exclamé. “¡¿Gobierno?! ¡¿Qué gobierno?! ¿Se refiere Ud. a ese hato de traidores que financian al ejército de ocupación, le proveen protección policial, tiene encarcelados a quienes combatieron a los predecesores de estos criminales y no los libera a pesar de que le consta que esas prisiones son ilegales y mortíferas? ¿Ud. llama “gobierno” a ese aparato de tortura que preside el cien veces vituperable Macri, que ni siquiera tiene el coraje de fingir que intenta poner orden en el caos de los invasores y detener el bombardeo de la Capital, antiguamente tan famosa? ¿A ese cobarde que prefiere dejar morir injustamente a las víctimas del prevaricato del peor Poder Judicial de nuestra historia, antes que dictar el obligado decreto de indulto que los liberaría, y eso por temor “al qué dirán” las tropas del ejército invasor?

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Buenos Aires ha sido declarada implícitamente “ciudad abierta”, pero las cárceles dentro de las que el gobierno cometió ya desde su asunción 53 homicidios de Estado, siguen cerradas, y lo estarán hasta que mueran todos los que todavía están en la antesala de la muerte.

Quienes creímos que era verdad eso del Himno: “¡Coronados de gloria vivamos o juremos con gloria morir!” (léase “libertad”, si la gloria les parece demasiado), nosotros los incautos, no nos resignamos a vivir en una ciudad ocupada por el enemigo, el peor enemigo, que es el hijo de la traición. Judas era peor que Caifás, pero los dos eran socios y tenían a su disposición a los mismos sicarios. La sangre y las lágrimas de cada inocente que sufre muerte y dolor porque quienes deberían defenderlo, pero han desertado miserablemente, cae sobre sus cabezas y el día de la venganza divina, que llegará inexorablemente para cada uno, lo pagarán sobradamente caro.   Y por mi parte me consuelo con aquella maravillosa bienaventuranza de Nuestro Señor Jesucristo: “Bienaventurados los que padecen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”.

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