Breve retrato del joven progresista Por Agustín Laje

 

Progreso no es lo mismo que progresismo. Lo primero designa la cualidad de un hecho o una serie de hechos específicos que permiten el avance en algún campo de la realidad; lo segundo es la ideología según la cual todo hecho novedoso entraña esta cualidad. Es en virtud de esta diferenciación conceptual que debemos retratar al joven progresista de la sociedad occidental contemporánea.

En efecto, deslumbrado por toda novedad —por su mera condición novedosa— el joven progresista es parte del paisaje socio-político de nuestros tiempos. Podemos verlo en Facebook dedicando algunos minutos de su día a despotricar contra las “multinacionales”, a través de su MacBook último modelo que compró en su último viaje a Europa debidamente financiado por papá; en Change.org firmando peticiones para proteger al tigre de bengala y, al mismo tiempo, otras para legalizar el asesinato del ser humano por nacer que indulgentemente denomina “interrupción del embarazo”; en Twitter condenando al “heterocapitalismo patriarcal” en 140 caracteres por la violación que una joven sufrió ayer, en manos de un violador que la justicia (con minúscula) soltó anteayer en virtud de la ideología garantista que el joven progresista también defiende en sus próximos 140 caracteres.

El joven progresista es un producto bien diseñado por la institución educativa y los medios de comunicación dominantes. Probablemente no lo sepa, pero es el hijo necesario de la crisis histórica del marxismo clásico que derivó de la absorción de la clase obrera por el capitalismo avanzado. Habiendo quedado huérfana de su sujeto revolucionario arquetípico, la izquierda se replegó sobre la juventud que protagonizó en la década del ’60 hechos de trascendencia mundial como el Mayo Francés, los movimientos contraculturales y la emergencia de la New Left norteamericana.

Claro: quienes en aquellos tiempos eran jóvenes, hoy son los adultos que educaron al joven progresista contemporáneo. El problema, no obstante, es que a diferencia de sus antepasados progresistas, el joven progresista de nuestros días ha dejado de ser contracultural: se ha convertido en una figurita repetida y verdaderamente mainstream de un espacio ideológico que intercambió la guerra de guerrillas por los viajes de mochileros, también financiados por mamá y papá.

Debe remarcarse a este respecto que el desprecio que el joven progresista siente por los mayores, sus valores y jerarquías “alienantes”, es directamente proporcional sin embargo al uso que aquél hace de los frutos del también “alienante” trabajo que éstos desarrollan. Algo debe quedar claro: no hay joven progresista sin acceso a la tarjeta de crédito de mamá y papá. Aquélla siempre está lista para ser reventada, preferentemente en viajes multiculturales capaces de encubrir la vorágine de consumo capitalista (en la que el progresista tanto adora zambullirse) detrás de algún famélico ser humano del mundo sub-desarrollado que será congelado en una fotografía de IPhone, debidamente subida a las redes sociales con alguna nada novedosa reflexión que culpabilice al “capitalismo salvaje” del hambre de este pobre hombre, que jamás conoció ningún capitalismo por cierto.

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Para el joven progresista, la única cultura que no debe ser conservada es la de su propia sociedad. De ello resulta una de sus acusaciones favoritas: “¡etnocéntrico!”, dirá apuntando con el dedo a todo aquel que ose criticar culturas diferentes de la propia, levantando una suerte de protección epistemológica que, mientras permite escandalizarnos respecto del hecho de que el hombre occidental prefiera una mujer sin vello en las axilas a aquellas que desean dejarse vello y teñirlo de azul o de rosa, cierra la posibilidad de toda crítica por ejemplo a culturas que practican la ablación sobre la mujer: es decir, la mutilación de su clítoris. Las africanas e indígenas son, claro, culturas chic.

No importa que la cultura foránea produzca atraso y pobreza. El progresismo, ya lo dijimos, nada tiene que ver con el progreso: es apenas su deformación ideológica. Nada podría ser más claro para ejemplificar el caso que las culturas indígenas: no importa que sus condiciones culturales impidan todo atisbo de modernización económica; importa “conservarlos” y fomentar ideológicamente su atraso, como quien desea conservar alguna especie en algún zoológico que esporádicamente visita para pasar el tiempo libre mirando ejemplares extraños del mundo animal. ¿No es esto lo que hace, en efecto, el joven progresista cuando al regresar de sus viajes de mochilero comenta a sus amigos —con sonrisa de oreja a oreja, como quien se topa con algún objeto hasta el momento desconocido pero fascinante— sobre “las cholas” que vio en algún destartalado medio de transporte del altiplano sudamericano?

El joven progresista sobreestima su papel y su realidad. Se ve a sí mismo como un ejemplar del “hombre nuevo”, pero no como el “hombre nuevo” que llamaba a construir el Che Guevara, dedicado con rudeza al más duro trabajo por meros incentivos morales, sino más bien como el “hombre nuevo” de Herbert Marcuse, un hombre con “sensibilidades” presuntamente superiores que hoy traducimos en lloriqueos banales y safe spaces universitarios: esos cuartos especiales con los que ya cuenta en Estados Unidos para encerrarse cuando alguien dicen algo “ofensivo”.

Es entendible que esta sobreestimación haga del joven progresista un completo narcisista. Él está convencido de ser poseedor de una mente superior, “de avanzada”, “propia de los tiempos que corren”. Por ello califica de “retrógrado” a todo aquel que no festeje sus trillados slogans, como si la historia tuviera un orden preestablecido de manera necesaria: una suposición que en el marco de la filosofía de la historia nada tiene de novedosa, valga aclarar. Pero el joven progresista cree, en el fondo, ser un “libre pensador”; un tipo hecho a sí mismo, ajeno a las “estúpidas tradiciones y creencias” del medio que lo rodea. La verdad sobre él es que no es mucho más que un pobre diablo fabricado en serie, un muñequito hecho a medida, cuyos moldes pueden ser fácilmente advertidos en cualquier película de Hollywood o en cualquier serie de NetFlix: su arquetipo no es ya el proletariado marxista, sino el protagonista del filme “Into the Wild”.

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Producto que se cree a sí mismo original, pero que rebela en su praxis su producción serial, el joven progresista no es tampoco difícil de identificar en sus gustos y usos del lenguaje. “Sensibilidad social”, “Redistribución de la riqueza”, “Pueblos originarios”, “Enfoque de género”, “Popular”, “Pueblo”, son algunos de los sobreutilizados conceptos que forman parte de su lenguaje afirmativo; “capitalismo salvaje”, “afán de lucro”, “neoliberalismo”, “patriarcado”, “cisgénero”, “imperialismo”, “heterocapitalismo”, “genocidio blanco”, “hombre blanco heterosexual”, son algunos de los componentes de su lenguaje condenatorio. Cada vez que pronuncia alguno de estos significantes, se siente parte de los que buscan “un mundo mejor”, por supuesto.

Lo interesante de esta reproducción en masa que está en el origen de nuestro joven progresista, es que esconde relativamente bien su propia dinámica detrás un convencimiento contracultural que ya no puede ser sostenido por mucho tiempo más. En efecto, el joven progresista hoy es hegemónico: su rebeldía hoy es conformismo; su lucha política hoy es divertimento; sus consignas hoy son pose; su estética hoy es tendencia mainstream; su ideología hoy es obligación; su vocabulario hoy es redundancia; su revolución hoy es una cortina de humo que protege al establishment.

Algo de esto debe haber visto Johnny Rotten, vocalista legendario de Sex Pistols, cuando recientemente dijo que el antiprogresismo es, en los días que corren, el “nuevo punk”.

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