Ay, de los vencidos. Por Vicente Massot

Para el radicalismo fue un triunfo sin fisuras. Mejor, imposible. Para la coalición oficialista a nivel nacional —cuyo futuro es incierto— tuvo un sabor placentero luego de la catástrofe electoral sufrida en las PASO. Para Alfredo Cornejo representó una victoria personal importantísima. Sobre todo, de cara a las pretensiones que abriga de ser uno de los conductores de Cambiemos —o como quiera llamársele— cuando el ciclo macrista toque a su fin. Para Alberto Fernández, en cambio, significó un traspié menor. Su cometido era respaldar con énfasis a la candidata mendocina de Cristina —cosa que hizo— aun a sabiendas de que resultaba una batalla de antemano perdida. Por fin, para Mauricio Macri resultó la confirmación —a esta altura, imposible de obviar— de un fenómeno que anuncia la culminación de su carrera política: aun cuando nadie lo diga en voz alta, nadie desea que haga acto de presencia en los eventos partidarios. Para expresarlo con el idioma propio del tablón, se lo considera un salvavidas de plomo.

En otras circunstancias una victoria de semejantes características —en distrito de tanta importancia— podría haber llenado de optimismo a quienes pretenden forjar el próximo 27 una epopeya de esas que luego tienen asegurado un lugar en la historia. Pero, entre el índice de pobreza publicado horas atrás —35,4 %— y la inevitable centralidad del presidente en el camino que falta recorrer hasta que se substancien los comicios, el macrismo se halla condenado a perder. Ello en virtud de dos motivos que conjugados obran un efecto demoledor sobre las de por si remotas posibilidades de forzar el ballotage: una situación social devastadora y un jefe del que la mayoría de sus seguidores —que deben dar pelea en sus respectivos distritos— desea desentenderse.

No deja de tener algo de paradojal el hecho de que, en el mismo momento en que Mauricio Macri se ha lanzado de lleno a recorrer el país al conjuro del Sí, se puede, en los territorios bonaerenses que sus intendentes desean salvar de la marea kirchnerista la consigna que se escucha por todos lados sea la de cortar boleta. Néstor Grindetti en Lanús, Nicolás Ducote en Pilar y Diego Valenzuela en 3 de Febrero —para mencionar tres ejemplos significativos— no se han pasado con armas y bagajes al enemigo. En nada se parecen —por cierto— a aquel vergonzoso Borocoto que se vendió al mejor postor. Pero, más allá de la consideración que les merezca el presidente, son conscientes de que la única manera de tener una chance de salir airosos el último domingo de este mes es diferenciándose del nombre que figurará al tope de la boleta partidaria. Tarea difícil —sin duda— aunque no imposible. Ninguno es un traidor.
Son realistas y llevan razón, eso es todo.

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Como quiera que sea, en las tiendas oficialistas el proceso de sucesión no ha comenzado por la sencilla razón de que ninguno de los candidatos con vocación de reemplazar al ex–rey está en condiciones de predecir lo que sucederá en las urnas dentro de cuatro semanas. No sólo eso. Tampoco ninguno acredita el suficiente poder como para hacer valer sus títulos delante de los demás y ser aceptado.

La suerte de lo que alguna vez se denominó Cambiemos se juega en los comicios a punto de substanciarse. Cualquiera sabe que en los anchos pliegues de esa alianza conviven radicales, liberales, conservadores, algún que otro peronista, socialistas independientes, demócratas cristianos, demócratas progresistas y anarcocapitalistas, en dosis desiguales. Marcharon juntos en contra del kirchnerismo cuatro años atrás y se encuentran a punto de irse a su casa con la cola entre las patas. Está visto que el miedo al populismo no ha sido suficiente para retener el poder. Lejos de la Casa Rosada, que será ocupada por Alberto Fernández desde mediados de diciembre, queda ahora por ver cuánta fuerza en las dos cámaras del Congreso Nacional tendrán y si Horacio Rodríguez Larreta consigue retener el dominio de la capital federal.

Recién cuando estas dos incógnitas se resuelvan habrá un panorama más claro. De momento todo hace suponer que, aun si la musculatura legislativa de Cambiemos fuese considerable y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires permaneciese en sus manos, la que será la principal fuerza opositora tendrá un mando colegiado. Imaginar que en las actuales condiciones Elisa Carrió, Alfredo Cornejo y Horacio Rodríguez Larreta podrán elegir entre ellos un nuevo jefe, es soñar despierto. Y ello en el caso de que decidiesen permanecer unidos. Algo que no resulta seguro ni mucho menos.

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Como sucede siempre después de una derrota de envergadura como la sufrida en las primarias abiertas del pasado 11 de agosto, no todas los rencillas dentro del macrismo han salido a la luz y los agravios recíprocos —que son muchos— permanecen aún soterrados.
Generar un escándalo con unos comicios que están a la vuelta de la esquina no parece conveniente. Pero luego del 27 de octubre o del 10 de diciembre comenzará un pase de facturas impiadoso, del cual sólo se salvarán quienes hayan salido bien parados del trance electoral. Seguramente al presidente, a su mano derecha y a su gurú de cabecera no les irá nada bien. Sobre Macri, Marcos peña y Jaime Duran Barba recaerán todas las culpas sin que les resulte fácil defenderse.

Cuando Ítalo Luder cayó derrotado por Raúl Alfonsín en 1983 resultaba fácil predecir que el peronismo —tarde o temprano— recobraría la unidad, perdida debido al porrazo electoral. A su vez, cuando al radicalismo le tocó perder frente a Carlos Menem, a nadie se le ocurrió pensar que el viejo partido de Alem dejaría de existir como consecuencia del desgraciado final alfonsinista. Contrariamente, estaba cantado que la alianza de la UCR y el frente de Chacho Álvarez y Graciela Fernández Meijide no sería capaz de sobreponerse a su huida del gobierno en medio de una situación caótica.

¿Resistirá esta vez intacta la nueva alianza del macrismo, el radicalismo y el Frente Cívico? ¿Podrá capear el temporal y salir a flote o será devorado por efecto de la derrota que sufrirá de manera inevitable en pocos días más? Son preguntas sin respuestas seguras. Eso sí, abandonar a las apuradas el balcón de la Casa Rosada para acomodarse como se pueda en el Congreso Nacional es un cambio que no todos los soportan sin dejar jirones de su integridad en el camino.

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