Aumenta la polarización y decrecen los indecisos. Por Vicente Massot

El fenómeno no resulta novedoso, ni mucho menos. Viene de lejos y se instala en el escenario electoral toda vez que cualquier sociedad —en esto sin distinción de latitudes— se polariza y con ello obra el efecto de excluir de la disputa de votos a las terceras fuerzas. ¿En qué consiste? —Por un lado, en el hecho de que las dos tribus enfrentadas consideran a la contraria la encarnación del mal y creen a pie juntillas en los tópicos de campaña echados a correr por sus respectivos partidos. Por el otro, en que conforme se avecinan los comicios el caudal de indecisos decrece vertiginosamente.

Sería inútil tratar de convencer a un seguidor del binomio fernandista de que la candidata a vice de su fórmula presidencial fue —por acción u omisión, durante doce años— la responsable junto a su marido —hoy muerto— de un gobierno de corruptos como ningún otro en la historia argentina. Al mismo tiempo, resultaría un esfuerzo baldío pedirle a alguno los votantes del macrismo que reconociese —sin abroquelarse en el argumento de la herencia recibida del kirchnerismo— el pobre desempeño económico de la actual administración.

Puestos contra la pared y aún abrumados por las denuncias judiciales enderezadas en contra de sus dirigentes, los defensores del régimen populista instalado entre nosotros desde mayo de 2003 hasta diciembre de 2015 argumentarán que todo es producto de una conjura urdida por el jefe del Estado, una serie de jueces federales y los dos mayores matutinos del país. Frente al flagelo inflacionario, el acusado proceso recesivo y la necesidad imperiosa de reclamar el auxilio del FMI so pena de que la crisis cambiaria se tragase al oficialismo, sus acólitos dirán que Macri hizo lo que pudo y que la culpa es producto más de las desventuras climáticas del año pasado, las turbulencias turcas y la política de tasas de la Reserva Federal de los EEUU, que de la incompetencia de quienes —al sentarse en Balcarce 50 en reemplazo de Cristina Fernández— diseñaron un plan gradualista condenado al fracaso.

Los núcleos duros de las dos coaliciones creen en sus dioses con base en la fe del carbonero. Sobre el particular no hay nada que llame la atención. Cosa que sí ocurre con los indecisos. Hay católicos de comunión diaria que militaron hasta extenuarse cuando se trató en el Congreso Nacional el proyecto de ley que apuntaba a despenalizar el aborto, juramentados a no votar nunca más al macrismo, dispuestos hoy a respaldar a Juntos por el Cambio como si tal cosa. No parece importarles que en las listas de diputados y senadores, confeccionadas bajo la celosa supervisión de Marcos Peña, haya una clara mayoría “verde” en condiciones de ser electa. Hay muchos indignados por las actitudes del gobierno en el tema de los derechos humanos que, sin embargo, en el cuarto oscuro lo respaldarán. Que la gobernadora María Eugenia Vidal, por ejemplo, sea querellante en una causa inventada en contra de jefes y oficiales del ejército veteranos de la guerra de Malvinas o que declare sus simpatías por los “pañuelos verdes” en desmedro de los “celestes”, son temas que pasan a un segundo plano. La sombra ominosa de una Venezuela implantada en las tierras del Plata puede más que cualquier otra convicción. El miedo ha comenzado a obrar en favor del oficialismo. Así, sus chances de ganar el ballotage se incrementan.

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En la orilla de enfrente sucede algo parecido. Buena parte de las tribus urbanas progresistas que se desgañitaban y rasgaban las vestiduras en la época menemista, cargando lanza en ristre contra la corrupción, y que criticaron a Néstor y Cristina Kirchner por razones parecidas, ahora prefieren no hablar de su falta de trasparencia. En petit comité no tienen más remedio que reconocerlo, a condición de negarlo en público. Para sus integrantes, la temida sombra no es —claro está— la de Venezuela, sino la de que el “gobierno de los ricos” y el “capitalismo salvaje” sean dueños del poder por cuatro años más.

El problema y el desafío que tienen los dos contendientes principales de cara a las primarias abiertas que se substanciaran en apenas dos semanas y media es determinar, con la mayor precisión posible, cómo han comenzado a sumarse los indecisos a sus fuerzas. Dicho de forma diferente: a las franjas estables no es necesario convencerlas. Lo están desde el vamos y nada las hará cambiar de opinión. Pero del 30 % que hasta hace poco tiempo no había definido su voto, en estos momentos —a estar a lo que trasparentan las últimas encuestas conocidas— sólo la mitad se muestra dubitativo.

No hay, que se sepa, una campaña orquestada por el gobierno o el binomio de los Fernández para invisibilizar a los terceros en pugna. La acusación levantada en ese sentido por la gente que se encuadra detrás de Roberto Lavagna no deja de ser la reacción de quien nota, con desesperación, que los votos se le escurren como a Tántalo el agua entre las manos, y no encuentra la forma de detener la sangría. En realidad se solapan dos cosas: una estrategia de los dos polos mayoritarios para seducir a los indecisos y a los partidarios de las agrupaciones menores y también una tendencia en dirección al voto útil.

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De las innumerables encuestas que circulan en estos días, una ha llamado poderosamente la atención de los participantes en la riña electoral en virtud de que se sale de la matriz clásica de los relevamientos de opinión pública que se hacen en el país. Un conocedor como pocos del Gran Buenos Aires, curtido dirigente peronista y empresario de fuste, acaba de terminar la muestra que siempre realiza, antes de los comicios provinciales, con base en la estructura de Telecentro —empresa que le pertenece. Se trata de un megasondeo en 30 localidades de la primera y tercera secciones electorales. El número de encuestados es sobrecogedor: 80.000 casos. Los Fernández llegan al 52 % mientras el macrismo cosecha apenas 30 %. Las cifras darían la impresión de ser catastróficas para el oficialismo si no fuera por el hecho de que el polo K perdió, en los últimos 45 días, ocho puntos (medía 60 %). En tanto que la formula Macri-Pichetto, en ese mismo lapso, ha recuperado tres puntos (orillaba 27 % en la última medición).

El kirchnerismo sabe bien que está ganando en la provincia de Buenos Aires y María Eugenia Vidal es consciente de que, de momento, corre con desventaja. Es tal la importancia que reviste ese territorio y tal el efecto mostrativo de las PASO, que unos y otros desenvuelven sus respectivas estrategias como si, en lugar de las primarias abiertas, estuviese a quince días de substanciarse la primera vuelta electoral. En ello no se equivocan.

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