Así vive la mujer africana sin la “opresión” del Cristianismo. Por Cristián Rodrigo Iturralde

Más que crónica, lo que sigue refiere a un cuadro lamentable, inmutable y omnipresente que he venido constatando en cada lugar que he visitado. Desde el bosque tropical a la estepa semiárida, pasando por la sabana, una misma imagen se replica por toda el África: la situación de esclavitud en que vive la mujer (aunque bien podría aplicarse el caso de marras a la India).

Era consciente desde el comienzo que no encontraría justamente aquí la panacea de la justicia y la equidad (en casi ningún campo), pues África, en su gran mayoría y pese a quien le pese, no ha dejado jamás de ser África (salvo honrosas excepciones y avances que debe agradecer al cristianismo). Que se entienda bien esta aserción: de ningún modo pretendemos ser irrespetuosos ni faltar a la caridad, sino calificar una realidad fácilmente contrastable. Y la mentada realidad que referimos en este caso concreto concierne a la paupérrima situación de la mujer en el continente (y aún de los niños).

Sin excepción, las mujeres, y en menor medida los niños, son quienes aquí hacen absolutamente todo. Desde los trabajos más arduos como el de las minas y el traslado de carretillas con decenas de kilos de carbón hasta los mercados, los trabajos agrícolas (recolección, cosecha y siembra, que luego transportan en grandes ollas sobre sus cabezas), la atención del ganado doméstico, el aprovisionamiento de agua para la familia (por el cual deben recorrer grandes distancias cargando bidones de 10 litros), la recogida de leña, etc., hasta, por supuesto, cocinar, lavar y cuidar de los hijos. Incluso, como en la India, he visto mujeres trabajando con picos y palas en la construcción de los caminos. ). Todas estas actividades las realiza la mujer a una temperatura de 40 a 44 grados (y muchas veces los propios hijos, menores de edad; he visto niños de 5 años cargando cosas en su cabeza)

 (N. de Autor: habría que preguntarles a las feministas occidentales si estarían dispuestas a importar este tipo de “igualdades” entre sexos. Permítanme dudarlo…)[1].

 Este cuadro se repite en cualquier aldea pagana o musulmana que uno aviste (en ninguna comunidad cristiana o nación occidental existen regimenes semejantes, por cierto). Indefectiblemente uno se pregunta: ¿y dónde están los hombres? En general, apoyados contra alguna pared o despatarrados en el suelo fumando y hablando animadamente entre ellos; bien protegidos en la sombra, por supuesto. Otros en bares, fumando y bebiendo o atendiendo sus improvisadas tiendas, tomando té, café o agua, interactuando con los otros puesteros. Algunos, a su vez, recorren la ciudad vendiendo sus productos (manejando sus propios tiempos, claro). Lo único en lo que he visto trabajar duramente a un hombre aquí es en su propia casa (terminado el trabajo pareciera relajarse para toda la eternidad). Sólo si es estrictamente necesario (situación de extrema necesidad) el hombre se emplea a un tercero para hacer algún trabajo que podría resultarle agobiante. Pero si cuenta con una o varias mujeres y sus hijos, se recuesta en ellos sin ningún tipo de remordimiento.

El “trabajo” del hombre musulmán o animista pareciera no trascender lo meramente verbal: parlotear e intentar hacer algún negocio (compra-venta, etc.) desde algún cómodo aposento. Nada de sudor en la frente… Y si existe algún o algunos casos contrarios a cuanto referimos, constituyen ciertamente la excepción. Esto mismo me confirmaba un africano marfileño que tuve el gusto de conocer en Bouna (que vivía en Paris; dirige ahora una ONG protectora de los animales en extinción de Costa de Marfil).

Responsabilidades, vemos, le sobran a la mujer por estos lares y los derechos más elementales brillan por su ausencia. Ni siquiera puede aquí una mujer elegir a su compañero de vida: depende del visto bueno de su familia, que en general analiza o prioriza más los intereses económicos que podrían resultar de la eventual unión que la felicidad de su vástago. Y aun consumado el vínculo, ésta no tiene participación alguna en los asuntos tocantes a la familia, como no lo tiene en la comunidad en general. El cuadro se agrava severamente para aquellas alejadas de las zonas rurales, donde sus posibilidades de encontrar un trabajo digno disminuyen al punto de verse obligadas a ejercer la prostitución para sobrevivir (lo cual es harto evidente en Nairobi, Kenia). Tampoco ayuda a revertir el mentado cuadro el hecho de que la tasa de escolarización de las mujeres sea mucho menor que la de los hombres.

En suma, en las regiones dominadas por el Islam y el paganismo, la mujer parecería tener solo dos funciones: servir como objeto sexual y sostener a la familia. Y si acaso atinara a expresar su descontento al consorte, éste puede golpearla, expulsarla y/o desprenderse de ella como un trapo viejo y cambiarla por otra mujer (si es que ya no tiene otras esposas; la poligamia es lo más común aquí).

Y esta situación que narro crudamente, que a algunos podrá resultarle incómoda, no solo puede verificarla cualquier mortal que se apersone por estos pagos, sino que queda demostrada en la propia historia del continente. Creo que nadie podría poner en duda que África es por antonomasia el continente más “atrasado” del mundo (por utilizar un eufemismo). Dolerá reconocerlo, tal vez, pero lo cierto es que si no fuera por Occidente no habría aquí electricidad, agua potable, hospitales, vehículos ni recursos humanos o económicos para construir absolutamente nada. Pero esto solo en cuanto a lo material, que no es lo esencial, ciertamente. En América, Occidente trajo al catolicismo, cuya Doctrina Social y principios perennes defienden la dignidad y derechos de toda persona (cuidando especialmente a los más débiles y vulnerables), proclamando un orden justo; una moral y costumbres (basada en el derecho natural e incluso en el más estricto sentido común) que hace crecer al individuo –y por ende, a las sociedades- tanto material como espiritualmente. Esto se llama civilización. Y esta civilización fue construida por la Iglesia Católica (sería bueno que de esto se enteren los anticristianos y, sobre todo, aquellos católicos con complejo de culpa e inferioridad).

Y en referencia a estos últimos, los anticristianos, que con tanta saña y dureza critican la “cultura occidental” (especialmente a la IglesiaCatólica) y al mismo tiempo idealizan las “bellas” “culturas” paganas milenarias, deberían tomar debida nota de la mencionada situación de la mujer y de los niños en estas sociedades. Como he dicho en otro posteo, parafraseando algo que alguna vez me dijera el Padre Federico: su condición o no de “milenaria” no otorga (necesariamente) a esta presunta cultura o pueblo “belleza” ni mucho un status según el cual todos debamos reivindicarla y tenerla como deseable, emulable. Es más, en realidad, en casos como estos, el tiempo, la duración, es un agravante, pues evidencia una deliberada persistencia en el error. La Américaprecolombina ha sabido de variopintos pueblos milenarios donde la norma eran los sacrificios humanos, la antropofagia, la prostitución de los congéneres, la mutilación corporal, las venganzas, las guerras constantes, la opresión, la injusticia, los privilegios para los jefes, las perversiones, las supersticiones, la desigualdad social, etc. Etc. Etc. ¿Qué hay de bello en todo esto?

Fue justamente el cristianismo quien frenó y combatió todas aquellas atrocidades y (entérense las desencajadas feministas) otorgó a la mujer un sitial de honor (no en balde nuestra Virgen es quien es. Otro ejemplo por demás probatorio de esta realidad: Isabel la Católica fue el símbolo más encumbrado de la España imperial y misionera). Por otro lado, pero en el mismo sentido, a los hombres perezosos y/o corruptos que sacaban ventaja de los más débiles, los deshonró abiertamente y castigó de modo ejemplar. Y esto es tan solo uno de los tantos beneficios y regimenes justos que trajo consigo el cristianismo a cada lugar del planeta donde pudo y supo desplegar su impronta. Otrosí, a gran diferencia del resto de las religiones o creencias, el cristianismo (más precisamente, el catolicismo) jamás eludió la autocrítica ni temió rectificar lo que debía ser rectificado.

Y al respecto de las mentadas mediáticas y canibalísticamentebellas “culturas milenarias”, cabría preguntarse lo siguiente: ¿donde están ahora los empedernidos anticristianos y antioccidentales que reivindican el orden pagano y/o a caudillescos marxistoides o musulmanes en el África? Les diré donde están: muy cómodos y protegidos en sus occidentalísimas casas, disfrutando sus occidentalísimos derechos (ganados por el cristianismo), y adulando regimenes en los que jamás vivirían. He aquí los hijos bobos que nos entrega la créme del socialmente correctísimo marxismo cultural para gobernar el pensamiento y la política del planeta (los hay para todos los paladares: de izquierda, de derecha, de centro, apolíticos).

Estos hijos dilectos del sinsentido y del Odium Christi, prefieren no mirar hacia este lado del mundo, porque de hacerlo, se verían forzados a reconocer que la única salvación del África es el Cristianismo (no las innumeras ONGs maltusianas de los beneficios impositivos que pululan por aquí, ni mucho menos los yihadistas o marxistas).

La cuestión es clara y se resume en una sencilla disyuntiva; que vea quien quiera ver: Cristianismo o barbarie. No existe otro camino ni algún punto medio.

A elegir.

 

 

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