Dom. Oct 24th, 2021

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Argentina, tras las elecciones: entre el pinchazo de la burbuja kirchnerista y un modelo agotado EL MAYOR GANADOR FUE EL VOTO CASTIGO. Por Karina Mariani

Si miramos el promedio de las últimas elecciones argentinas el mayor ganador es el voto castigo. Y tiene sentido, el votante invierte a muy corto plazo su confianza en lo que le prometen, vota a un candidato que cuando gana hace lo mismo que hizo el anterior, su calidad de vida se denigra, se decepciona y vota al opuesto. A veces el entusiasmo (o el repugnante recuerdo del anterior) le dura un poco más, pero la degradación económica y social de Argentina no se detiene y de nuevo el votante buscará castigar al que prometió y no cumplió. Y vuelta a empezar.

Este loop tiene muchas aristas, pero la conclusión es la misma: el modelo argentino está agotado, no hay nada que hacerle y nadie quiere hacer nada. Así que la caída de este oficialismo será irremediable, como lo será la caída del oficialismo siguiente. Hay tres factores determinantes:

1. Argentina no puede sostener la estructura de su Estado ni siquiera aplicando las históricas devaluaciones de su turbulento pasado.

2. Argentina no puede sincerar la acción extorsiva que llevan a cabo dos grupos de poder sin control: los sindicatos y los movimientos sociales.

3. Argentina no puede soñar con ninguna forma de crecimiento ni con ningún proyecto productivo sin que los dos factores anteriores 1 y 2 amenacen a la casta política con desplazarlos del poder agitando la desocupación, la pobreza, el caos o la violencia.

Por eso nadie querrá cortar ahí donde avanza la gangrena y la gangrena seguirá avanzando, es inevitable. La política de elusión es lo que determina el escenario electoral, con esta cuestión en vista se entiende mejor qué es lo que está pasando en estos días en el país.

El voto castigo que sufrió el kirchnerismo en las PASO y que seguramente se repetirá en las generales vino no sólo del grupo que usualmente le es refractario: la clase media sino también de los sectores socioeconómicamente más bajos. Una conclusión simple y llana se escapó de su sagaz manejo político: en un país cuya economía informal excede el 30%, si encerraban a todos durante un año y medio, los que no estaban en el sector formal iban a caerse del mapa. Esta sesuda reflexión no se les ocurrió. Se nublaron con el aplauso de los sectores ideologizados, mayormente empleados del Estado. Se envanecieron con los que abrazaron la cuarentena con la panza llena y la seguridad de la paga antes del 5 de cada mes, puntualmente.

La utilidad del presidente Alberto Fernández se acabó. La fórmula del presidente vicario que podría hacer convivir a distintos sectores del peronismo ya no es remontable luego de la derrota y aún quedan dos años más de mandato. Fernández brilló, no obstante, al comienzo de la crisis pandémica, se le daba bien la anomalía, la sociedad lo aplaudía con servil condescendencia. La irrupción del covid lo ayudó a quedar como el estadista que venía a establecer los consensos y corrieron a sus flancos Horacio Rodríguez Larreta y Axel Kicillof absorbiendo de las primeras cuarentenas su imagen positiva. Pero el oficialismo se enamoró del salvoconducto covid y no registró lo que pasaba hasta que las urnas le dieron el peor resultado en décadas.

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No vale la pena hacer un detalle de la crisis institucional que se desató luego de la derrota,  un novelón sin gracia y sin sentido. En apretada síntesis: Cristina se enojó porque pensaba que ganaba y perdió y ninguno de los trillones de parásitos que tiene alrededor se animó a decirle que todo andaba mal, la dejaron bailar ridículamente y de pronto el balde de agua helada. Entonces se la agarró con el presidente vicario, después de todo para eso lo había puesto, para pegarle cuando se le antojara. Pidió que se vaya medio gabinete, publicó una carta infantil y humillante a niveles insufribles. El presidente actuó como aquel entrañable conquistador de Les Luthiers en la Cantata del Adelantado Don Rodrigo Díaz de Carreras: se puso firme y firmó la rendición.

Cristina Kirchner rediseñó el gabinete de Alberto Fernández que terminó fulminado. El presidente debió aceptar que le impongan comisarios políticos garantes de “verdadero peronismo” lo que dejó más al descubierto su terrible incompetencia y debilidad. El concepto filosófico del infinito cobra palpable materialidad cuando se observa la contumaz degradación del presidente.

Cuestión que se presentó el gabinete nuevo, del que salieron eyectados los leales a Alberto. Los nuevos ministros son un caso de estudio, y sólo queda especular qué cosa quiso hacer el gobierno al incorporarlos, en caso de que pensemos que los asiste la razón. Las voces oficiales dicen que se buscó dar “volumen político” y nadie sabe muy bien qué es eso del volumen, salvo que se refieran a la cantidad de causas y procesamientos que suman los nuevos miembros.

El nuevo gabinete no está hecho para conseguir ni más simpatías ni más votos y en consecuencia no es una señal de fortaleza, sino de una aterrorizada debilidad. Se destaca el regreso de Aníbal Fernández, político que perdió la Provincia de Buenos Aires en 2015, un personaje irascible y entrenadamente colérico, procesado por los delitos de fraude en perjuicio de la administración pública, abuso de autoridad y violación de los deberes de funcionario público, órdenes varias de detención entre otras acusaciones graves que viene acumulando desde hace más de tres décadas. A ese señor Cristina le dio la cartera de Seguridad. No es un error de redacción, es así.

Aníbal Fernández fue procesado en alguna ocasión junto a Juan Manzur que acaba de ser nombrado jefe de Gabinete. Conviene detenerse en la figura de Manzur: se trata del Gobernador de la Provincia de Tucumán, un caudillo peronista típico. Es médico sanitarista y se convirtió en gobernador en una elección que implicó la quema de medio centenar de urnas y denuncias de fraude. Cuando entró a la función pública declaró un patrimonio que en una década se multiplicó por 42. Milagroso. La presencia de Manzur en el gabinete cambia el balance del gobierno. En horas desplazó la atención y el eje del poder, cosa que preanuncia una solapada contienda con Sergio Massa que no sacó (como es su costumbre) el provecho esperado de la crisis. Ambos personajes están dispuestos a heredar la presidencia de Alberto en el 2023, pero Manzur se quedó con la mejor vidriera.

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Ahora bien: ¿qué de todo este ajedrez sirve para que el kirchnerismo de vuelta la elección o al menos no pierda el control del poder legislativo? Nada. Cristina parece haber buscado refugio en sus malos conocidos pero nada de eso se traduce en votos. Manzur es un fervoroso antiabortista que se ha enfrentado en tribunales con la ministra de Mujeres y que representa una contradicción en el relato de un Gobierno cuya agenda socialista tiene en la sanción del aborto su bandera más importante. Su presencia generó en el feminismo kirchnerista un inicial disgusto. Las feministas rentadas rápidamente mostraron sumisión a la decisión de su jefa Cristina, pero es posible que por ahí se pierda un caudal de votos. Sumar no suman ninguno y el kirchnerismo necesita muchos.

Cuando se degrada la noción de autoridad el poder lo ocupa el caos. Por eso no es posible analizar racionalmente lo que el gobierno argentino está haciendo en estas horas, es como un enjambre al que le hubieran dado un palazo. No atinan a hacer un diagnóstico, no revisan ni la arbitrariedad ni la impericia con que administraron el país en este tiempo. Acaban de lanzar medidas destinadas a mejorar súbitamente el humor social con lo que mejor saben hacer: regalar cosas. Es 48 hs salieron a entregar a tontas y a locas bicicletas, heladeras, subsidios y aumentos. Creen que una dádiva impetuosa obrará milagros.

La forma en que el oficialismo está procesando la derrota electoral es parte del problema por dos motivos: el primero es la maniática irresponsabilidad de quemar todas las naves en dos meses minando un campo que les explotará inexorablemente. Pero el segundo motivo es el más importante, no entienden que ya no despiertan confianza ni expectativas ni esperanza. El Gobierno puede usar las formas más sucias de proselitismo sin que eso le devuelva el afecto de aquellos para los que en marzo de 2020 el mundo se paró.

La expresión más inmediata de esta decadencia irresuelta en materia económica y social es esta desidia electoral y esta falta progresiva de confianza que no puede resolver la política argentina del siga-siga. La sociedad padece una declinación económica agotadora desde que empezó el siglo y escucha las mismas necedades cortoplacistas de la clase política en cada elección, simplemente ya no cree. Por eso da créditos de confianza a muy corto plazo, y a la hora de renovar, castiga.

La burbuja kirchnerista se pinchó definitivamente, es ridículo pensar en un cambio de rumbo del nuevo gabinete. En estas semanas darán manotazos de ahogados, anunciarán embarazos providenciales, regalarán lo que puedan, se traicionarán, buscarán culpables y perderán rotundamente la elección en noviembre. Pero la alternancia no cambiará la ecuación si no se entiende que es el modelo lo que está en crisis. Obsesionados con ganar, todos se olvidan de que luego hay que gobernar y eso se ha vuelto imposible para cualquiera, incluso para el peronismo. Así las cosas no hay oficialismo que vaya a durar en Argentina.

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