Argentina gira en un círculo vicioso. Por Elena Valero Narvaez

 El gobierno de Mauricio Macri se debate entre hacer lo que se debe para salir adelante o en llegar, como lo hizo Cristina Kirchner, al fin del mandato manteniendo un buen caudal electoral.

Es así que no se han tomado medidas, que si bien pueden ser antipopulares, podrían a mediano plazo llevar hacia delante a la Argentina. Se ha intentado con la suba de las tarifas empezar a mejorar la situación energética, pero, esa medida aislada de un buen plan económico, mal instrumentada y comunicada, enturbia la buena imagen que tenía el Gobierno.

Si bien nadie esperaba un presupuesto equilibrado o superávit, los que votamos a Macri creímos que se reduciría, ostensiblemente, el déficit fiscal con una pronta y eficiente reforma del Estado.

Sabemos que el Gobierno ha heredado una importante deuda pública del período anterior, por el déficit acumulado y una economía en estado de postración. También que está presionado por diferentes sectores que no aceptan las medidas que amerita la presente situación.

Pero, después de varios meses de gobierno, las expectativas hacia el futuro no son suficientemente alentadoras.

El déficit fiscal está trayendo complicaciones económicas. Si continúa aumentando podría, como en el pasado, derivar en más emisión, o sea, en más inflación y disminución del consumo, el cual se intenta elevar aumentando el gasto. Lo demuestra la política jubilatoria, ampliación de subsidios y los proyectos de obra pública.

Recurrir al déficit presupustario ha sido una política recurrente en nuestro país para promover la actividad económica, aumentando el consumo cuando no han venido o han disminuido las inversiones privadas. Hemos visto, históricamente, deuda pública y déficit fiscal llevan a que los países se endeuden y dejen de progresar.

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Es un círculo vicioso: el Estado se endeuda para solventar irresponsables gastos por lo que se incrementa el déficit y cada año es más difícil cubrir la deuda.

Hay un peligro potencial: que el Estado invierta mal o sea de manera que no pueda recuperar el dinero. Por lo general una buena parte se invierte en lograr mantener a un grupo en el poder, como lo hemos sufrido recientemente.

Hay que volver a dar las cartas, tratando por los medios que se pueda, bajar el gasto. Hay planes de infraestructura que no condicen con las necesidades de la coyuntura. Se debiera priorizar los que sirven para facilitar la producción y distribución abandonando, por un tiempo, los que no son imprescindibles. También, achicar los gastos superfluos que aún persisten y la burocracia estatal.

Una profunda reforma del Estado es imprescindible para que podamos arrancar. Se podrían hacer muchas cosas si se deja de lado congraciarse con los sectores nacionalistas cuidando que no afecten demasiado los aspectos sociales y políticos y logrando el apoyo necesario para realizar el cambio de sistema.

La economía del país no puede seguir determinada por opciones políticas de un sistema de poder que decreta qué producir y también como distribuir. Esto significa una economía planificada alejada de los mecanismos del mercado donde se privilegia la acción electiva.

El presidente debe impulsar la inserción de la Argentina en el mercado mundial con una política de apertura económica, buscando el consenso necesario para realizarla a fondo. Con altas tasas de interés, costos elevadísimos de la energía, impuestos distorsivos y ridículas regulaciones laborales, no hay empresa que pueda competir en el exterior.

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Hemos aprendido, con 12 años de gobierno kirchnerista, y con otros del pasado, que mantener empresas del Estado y otorgar privilegios a una gran porción del sector privado, ha disminuido la producción y la productividad.

El centro máximo de poder, el Estado, debe garantizar un marco normativo que incentive la competencia y proteja la propiedad privada. Por eso debe garantizar a empresas extranjeras y nacionales el mismo trato para que los capitales deseen invertir en nuestro país.

Tendremos un año difícil y aunque con alguna mejora, el año que viene nos seguirá mostrando una cara triste. Fomentar el consumo, dejando de lado las reformas que permitirían bajar sustancialmente el déficit fiscal y la inflación, puede llevar al gobierno a encarar mejor las elecciones del 2017 pero no a un futuro mucho mejor.

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