Dom. Sep 26th, 2021

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

Argentina camina en círculos. Por MARÍA ZALDÍVAR

Sapo se ha convertido en el plato nacional argentino ganándole por goleada al asado y al dulce de leche. Sapo. Es lo que nos han servido los políticos sin distinción del partido al que pertenezcan o de la ideología que digan profesar. Las recientes alianzas electorales y el cierre de listas de cara a las elecciones legislativas de octubre próximo es prueba de eso y también de la decadencia de la dirigencia política y de la abismal distancia que la separa del ciudadano, de sus preocupaciones y necesidades.

La Argentina está sumida en una profunda fragmentación social que arrastra desde la aparición del peronismo, hace 80 años; los políticos nos han enfrentado; sin embargo, ahora acaban de cerrar filas entre ellos, ante la mirada atónita de millones de decepcionados.

Porque en el proceso de degradación de la dirigencia, hoy convertida en una casta privilegiada, sus integrantes fueron progresivamente pareciéndose entre sí a pesar de sus supuestas diferencias ideológicas, alejándose de sus promesas electorales, de sus votantes, de los valores que dicen defender y del deber asumido voluntariamente de representar intereses de terceros.

En las últimas semanas las fuerzas políticas presentaron sus opciones electorales para la renovación legislativa que se votará en octubre próximo. Y la casta se mostró desnuda: puso en marcha la calesita de nombres que gira hace décadas con los mismos integrantes y sacó el mediomundo para pescar “caras nuevas”. En los criterios de selección se esfumó la grieta. Todos eligieron a dedo y por conveniencia personal, amistad, especulaciones de todo calibre, cálculos sobre el 2023 y manteniendo ausente el criterio de asegurar una oferta electoral atractiva a una ciudadanía exhausta de arribistas, incapaces, paracaidistas y acomodados.

Hay que sumarle al lote opositor la reiteración una y otra vez de los mismos personajes que ya mostraron su incapacidad

No sorprende del kirchnerismo, cuya genética autoritaria se traslada a sus acciones. Elegir sin darle participación a su tropa es lo menos que le hace el oficialismo a los suyos. Pero de ese coro opositor que no se priva de alertar sobre el riesgo institucional inminente en el que se encuentra la Argentina, se esperaba algo mejor. Pues la casta, al final, nunca defrauda; para empezar, no hizo el esfuerzo de unirse para enfrentar el mal mayor que supone el kirchnerismo. Y aún así, fragmentada, las propuestas son pobres y alejadas de las preferencias generales. Nombres repetidos, intempestivas mudanzas de distrito y de vereda; componendas relatadas con épica de renunciamiento, dedo elector de candidatos que desembocó en una galería de más de lo mismo. Un fiasco.

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En la década del ‘40, con la aparición en escena de Juan Domingo Perón, empezó a resquebrajarse la convivencia. Él mismo alentó el enfrentamiento marcando una división entre “ellos” y “nosotros” de la que no salimos más. Sin embargo, hubo épocas de menor beligerancia, cuando el gobernante de turno no atizó el fuego, porque la peor violencia siempre es la que incita el propio estado.

El kirchnerismo lleva la confrontación en la sangre. No es que la impulse, es su naturaleza y por eso exacerbó los ánimos durante sus administraciones. Así, el antiperonismo del siglo pasado dio paso al antikirchnerismo de éste y la sociedad volvió a quedar partida en dos.

Tras su derrota electoral de 2015, el kirchnerismo aprendió que trasladar sus divergencias internas al plano electoral lo debilita y por eso ahora convive internamente con sus diferencias mientras que sus opositores se dan el lujo de una diáspora que solo beneficia al adversario. La variedad de propuestas no hace sino disminuir la fortaleza del arco opositor. A ese fallido nada banal, hay que sumarle al lote opositor la reiteración una y otra vez de los mismos personajes que ya mostraron su incapacidad, mas el ingreso por la ventana de “outsiders” a los que el diario Clarín describe según la cantidad de seguidores que tienen en Twitter. Así de escasa es la trayectoria política tienen y la pobreza del menú que nos ofrecen.

La variedad de ofertas expuestas en la góndola electoral que se autodenominan “liberales” o “libertarias” solo confunde al electorado

El macrismo probó que “somos jóvenes y nunca militamos” fue un buen slogan para captar incautos pero nada especialmente valioso a la hora de legislar o administrar. La juventud se pasa con los años y la inexperiencia no es, por principio, una cualidad. Malo fue ponerse nombre de cambio y repetir las prácticas de la vieja política: no achicar el estado, nombrar amigos en la función pública, no achicar el estado, practicar populismo, no achicar el estado, evitar las reformas estructurales que el país necesita con desesperación, no achicar el estado, ceder al lobby de ciertos sectores, no achicar el estado, eludir la batalla cultural contra quienes pretenden carcomer nuestras tradiciones y no achicar el estado.

Tampoco sorprende de Juntos por el Cambio, el joint-venture de macristas puros, macristas-peronistas y radicales. Siempre navegaron en un socialismo light y políticamente correcto que le hizo el juego al kirchnerismo. Allí pretende insertarse un grupo de disidentes de variado pelaje ideológico liderado por un ex ministro del radical Fernando De la Rúa, acompañado por un popurrí variopinto de conocidos y desconocidos. Aunque el líder sea de profundas convicciones liberales, la definición ideológica de la propuesta completa es incierta y su perspectiva de éxito, también. Cualquier novato sabe que es prácticamente imposible enfrentar a un oficialismo partidario, peor aún si se trata de tener enfrente al peronista Horacio Rodríguez Larreta quien ya se llevó puesto al mismo ex presidente Mauricio Macri, le torció el brazo a su último delfín, Patricia Bullrich, y quedó como dirigente indiscutido del espacio.

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Los liberales, esta vez presentes en la campaña, heridos de muerte tras su participación en la administración peronista de Carlos Menem, intentaron confluir en una alianza que se frustró en la hoguera de las vanidades. El proceso de resurgimiento de las ideas de la libertad reconoce dos componentes: un lote de economistas defensores del libre mercado interesados en ingresar al circuito de la burocracia estatal y una orfandad patética de dirigentes políticos que pudieran hacer realidad la confluencia de todos en una sola lista.

Así de escasa, la variedad de ofertas expuestas en la góndola electoral que se autodenominan “liberales” o “libertarias” solo confunde al electorado. Todavía no se han impregnado del todo en la ciudadanía las nociones básicas de liberalismo y ya les vinieron con el anarquismo liberal. Y, para no ahorrar fallidos, hay liberales y/o libertarios en todas las listas opositoras, mezclados con peronistas y radicales. Para aumentar la confusión y la desconfianza de un votante escaldado, el candidato libertario que se estrena en este turno en la arena política, se presenta aliado del más rancio nacionalismo católico que, en el siglo XX, colaboró a entronizar a Juan Domingo Perón derrotando al modelo liberal que construyó la Argentina exitosa y admirador del tirano Juan Manuel de Rosas, personaje oscuro y execrable de la historia, del que tuvieron que huir los más grandes intelectuales de la época para salvar sus vidas.

“Para ser libre en España tienes que perder el miedo a que te llamen franquista” dijo recientemente con valentía el eurodiputado de Vox Hermann Tertsch. Quien quiera ser libre en Argentina deberá perder el miedo a ser minoría y evitar el “cualquierismo“ ideológico que nunca ha dado resultado, excepto para beneficio personal. Es necesario ofrecer coherencia y convicciones. Mientras eso no ocurra la Argentina no tendrá fines porque su casta dirigente sigue sin tener principios.

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