Dom. Nov 27th, 2022

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

Antón Pirulero, cada cual atiende su juego. Por Vicente Massot

Si en punto a la situación económica el país se encuentra en medio de un tembladeral, políticamente resulta un hervidero en el cual los principales referentes partidarios hacen su juego. Todos ellos, sin excepción a la regla, consideran que el escalamiento de la crisis presente puede forzar una salida anticipada de Alberto Fernández de la Casa Rosada o una ruptura sonora de la astillada relación entre el presidente y su vice. A la mala noticia que habrá de conocerse hoy respecto de la inflación del pasado mes de marzo —superior a 6 %, según se encargó de anunciarlo por anticipado el mismísimo titular de la cartera de Hacienda, Martin Guzmán, a principios de esta semana— se le suman las declaraciones inconcebibles de los más altos funcionarios gubernamentales, que hablan como si estuvieran en una mesa de amigos. Mientras el secretario de Comercio Interior se lavó olímpicamente las manos sobre su responsabilidad y culpó al ministro de Economía por el pico inflacionario, sin que nadie le pidiera explicaciones, el jefe de gabinete, Juan Manzur, se permitió decir —como si fuera un consultor sentimental— “esperemos que las diferencias entre Alberto Fernández y Cristina Kirchner se resuelvan a la brevedad”. Es cierto que el tucumano está pintado pero el jefe del Estado dijo algo parecido anteayer, lo cual da una pauta del grado de irrealidad en el que viven.

Es por esa razón que calaron hondo los conceptos de un hombre ponderado como Alfredo Cornejo, al que no se le conocen exabruptos ni posiciones apocalípticas, que en un reportaje televisivo hablo acerca de la posibilidad de convocar a una asamblea legislativa. Sus declaraciones —crudas por donde se las analice y, a la par, en extremo realistas— no pasaron desapercibidas. Lo notable del caso resultó que nadie salió a rebatirlo y menos a pedirle explicaciones. En otro momento las críticas hubieran llovido sobre su cabeza y no habrían faltado las acusaciones de desestabilizador que le enderezaron sus adversarios. Hoy, en cambio, aunque ninguno se anime a proclamarlo urbi et orbe, la sensación de que el presidente puede irse de un día para otro no es un invento. La composición de lugar que se hacen en el Instituto Patria los principales referentes del camporismo no es muy distinta a la de los sectores —partidocráticos, empresariales, financieros y periodísticos— que no comulgan con el gobierno. En el arco opositor no hay quien desee una renuncia de Alberto Fernández. Imaginan un escenario por el estilo y les corre el frío por la
espalda. Y no necesariamente debido a la posibilidad de que Cristina Kirchner se adueñase del sillón de Rivadavia. Al margen del escozor que les produce la vicepresidente, lo que más preocupa es la hecatombe que le seguiría.

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En medio de la ebullición hay de todo, como en botica. El miércoles pasado el salteño Juan Manuel Urtubey convocó a un elenco compuesto por Juan Schiaretti, Gerardo Morales, Ángel Rozas, Graciela Camaño, Emilio Monzó, Rogelio Frigerio, Florencio Randazzo y el actual intendente de la ciudad de Rosario, Pablo Javkin, con el propósito —nada menos— de desarmar la grieta y desactivar el enfrentamiento constante que existe entre las distintas facciones que pueblan el espacio político argentino. Más allá de las buenas intenciones, no pasó de un asado de algunos notables cuyo peso es relativo y cuya posibilidad de arrastrar detrás suyo a una masa considerable de legisladores nacionales, resulta remota. No obstante es una señal clara de que, con base en el análisis de la situación, ninguno le hace ascos a la idea de juntarse para pensar soluciones, sin importarles a cuál fuerza pertenecen y que tan adversarios han sido en el pasado.

De su lado, Patricia Bullrich, siempre con ganas de dar pelea y consciente de su crecimiento dentro de la alianza que la agrupa junto a la gente del Pro, el radicalismo y la Coalición Cívica, pateó el tablero con dos opiniones que le hicieron fruncir el ceño a la mayoría de los dirigentes de Juntos por el Cambio. Por un lado, sabiendo que tanto ruido haría, aseguro que le gustaría “encontrar acuerdos con Javier Milei”, algo que nada tiene de malo aunque se compadezca mal con la presencia de los radicales, los seguidores de Elisa Carrió y de no pocos de sus conmilitones de la agrupación de la cual ella es presidente. Enseguida, y sin decir agua va, dio por sentado que Mauricio Macri no estaría presente en la próxima puja presidencial. Si lo hizo para levantar polvareda o porque lo creyó sinceramente, no lo sabemos.

Que el anuncio de la Piba no cayó en saco roto lo demostró el propio Macri, que —acto seguido— dejó entrever que no debían jubilarlo antes de tiempo. En rigor, el ex–presidente no se reserva, a esta altura del año, su decisión sobre presentarse o no a las PASO en agosto del 2023. A quienes frecuentan su casa les dice que en marzo próximo tendrá en claro, en función de cual sea el contexto general del país, si será de la partida. El sabe —como cualquiera de sus competidores dentro del espacio que les es común— que cuanto más dimensión adquiera la crisis, mayores serán las chances de tener una segunda posibilidad de presidir la Argentina. Su imagen negativa continúa siendo alta, contra lo cual mide razonablemente bien en lo que hace a la intención de voto.

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Como es dable apreciar no hay ninguna fuerza de las que pueden considerarse robustas —Pro, Unión Cívica Radical y las distintas facciones peronistas— que se halle libre de disputas de envergadura. Que crucen entre sí buenos modales no significa que las diferencias entre Horacio Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich no crezcan sin solución de continuidad. Otro tanto corresponde decir de la riña que llevan entablada desde hace meses la bandería radical que responde al gobernador de la provincia de Jujuy, Gerardo Morales, y el ex–ministro de Economía kirchnerista y ex–embajador macrista en Estados Unidos, Martín Lousteau. Ello sin contar a la eterna disfuncional, Elisa Carrió, que repite que está jubilada —afirmación que nadie le cree— y, sin embargo, protesta contra quienes la quieren dejar de lado en Juntos por el Cambio.

Por fuera de la casta —una sentencia que ha corrido como reguero de pólvora y ha sido adoptada por una parte importante de la sociedad— Javier Milei no hace otra cosa que crecer. Quien fuera una de las revelaciones en los comicios legislativos de noviembre pasado en el ámbito de la ciudad capital de la República, ahora se ha transformado en un fenómeno de dimensión nacional. Los relevamientos de opinión pública realizados en los últimos meses dan cuenta de manera unánime que Milei mide, en términos de la intención de voto, entre 18% y 20% a nivel nacional. En paralelo, su imagen positiva está entre las primeras cinco de todos los políticos encuestados.

El ascenso exponencial que acredita explica por qué —aun cuando los radicales y los integrantes de la Coalición Cívica pataleen— tanto Patricia Bullrich como Rogelio Frigerio de manera abierta y Mauricio Macri sin manifestarlo en público, no sólo no lo condenan sino que lo tratan con deferencia. Falta mucho para que se diriman las internas abiertas y la prioridad para todos es vencer. ¿Con quién de aliado? ¿Cómo? ¿Apelando a cuáles consignas? —Sólo el curso de los acontecimientos y la conveniencia lo dirá. Nada está cerrado ni definido.