Andrés Klipphan y esa impostura llamada memoria. Por Miguel De Lorenzo

Algo así como cuatro o cinco años atrás, el periodista  Andrés Klipphan condujo un programa de televisión acerca del intento de copamiento del cuartel de La Tablada. Lo acompañaron en ese momento familiares de los caídos en el sangriento episodio.

Debemos  decir que Klipphan recorrió parte del lugar de los hechos acompañado por el hermano del teniente coronel Fernández Cutiello muerto en el enfrentamiento con los guerrilleros. La presentación de ese episodio trágico fue prudente y  objetiva, respetuoso ante el dolor de las víctimas y el relato de los familiares de los protagonistas.

Pasados esos pocos años, el domingo 12 podemos leer en infobae una nota del mismo periodista en Infobae: “Hay más genocidas con prisión domiciliaria que en cárceles”

 En el comienzo, desde el  título, se atraviesa un  límite prudencial ante un pasado para muchos argentinos teñido por el dolor.

De los muchos interrogantes que  plantea el artículo, uno  tiene que ver  con los  – “genocidas” presos  – como él los nombra. Dado que muchos de esos presos no tienen sentencia,  resulta difícil saber como pudo el periodista anticipar el fallo condenatorio…

No pretendemos extendernos en este sentido pero  el uso incorrecto, insistente y arbitrario del calificativo genocida  atenta contra la diginidad de las personas a las que se refiere y evidencia   por lo menos  desconocimiento del término.

De cualquier manera y para no escamotear otra vez  la verdad, deberíamos ante todo responder una cuestión relativa a la equidad.  Porque   cualquiera sea el número de presos, militares o civiles, en las cárceles o en domicilio, o donde fuese, siempre   será  absolutamente mayor  que el número total de gurrilleros presos, porque cualquier número  suele ser  superior a cero.

Como no encontramos nigún planteo, como en ningún momento del artículo ni en las discusiones políticas se visualiza  esa posibilidad, no es difícil concluir que tanto el periodista como parte de la sociedad, entiende que  nadie dentro de las organizaciones armadas guerrilleras hubiese sido  culpable de ningún acto criminal.

A veces daría la impresión de que en la Argentina haber pertenecido a  bandas  terroristas es como haber ingresado a una cierta aristocracia  de la impunidad, donde los demonios no son  demonios sino caballeros andantes, personajes que para la justicia habitan un territorio tan infintamente remoto  como inhallable.

Planteo extraño por cierto, dado que Klipphan debería recordar –por lo menos – a los  de La Tablada, una historia que conoce bien, así como a los familiares de las víctimas con los que conversó largamente  en el programa que condujo con altura.

Es posible que el  periodista, en tan pocos años  haya olvidado esas imágenes y esas historias teñidas por el  dolor y la muerte.

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No lo sabemos.

Tal vez hubiese sido todo más sencillo, si,  no solo en La Tablada, sino en Azul, en Formosa, en el comedor de la policia, en el comando de sanidad, en la bomba del avión Hércules, en la “zona liberada por el erp” en Tucumán etc., etc.,   hubiesen muerto todos y cada uno de los militares que participaron, así no habría que reclamar por esas irritantes  prisiones domiciliarias…

Un  Klipphan severo, además se muestra preocupado  porque esos militares puedan ser atendidos en el hospital militar, contrariando lo dispuesto por el ex ministro Rossi. No nos queda claro si en el reproche,  Klippan se refiere a que los enfermos no deberían ser atendidos  en el militar o si el mensaje supone que no sean atendidos en  ningún hospital.

No pocas veces  sospechamos el destino suavemente despiadado que nos esperaba en manos de algunos  apasionados defensores de los derechos humanos.

En el artículo se  informa que se dictaron 193 sentencias y que hay actualmente en las cárceles 449 presos. Para uno, ajeno al derecho pero no tanto al sentido común, la cifra que nos da, indica que pasados algo así como cuarenta años hay detenidos sin juicio y sin sentencia 256 argentinos.

Estas sumas y restas, esta deshumanización de las  personas  que se convierten en  números, esta matemática de la venganza, nos remite a lo peor de aquella  historia tremenda del siglo pasado con sus campos de externinio, sus Gulags, su inédita crueldad.

No es dícil sumergirse en las aguas del odio, no es difícil ensañarse,descalificar, no es difícil númerar  a las personas, más fácil aún es golpear y castigar  hasta no poder más a quien no tiene defensa, suele  ser más complejo volver a la orilla donde habitan los seres  humanos

Acaso valga la pena recordar la apreciación del  francés Jacques Le Goff:  en tanto que la “memoria” o sea los ejercicios colectivos  de rememoración histórica, son usados para “construir” el presente y el futuro, a  esa “memoria” la vemos como indistinguible de la mitología o también de la propaganda política.

Paradojas de nuetra época que decreta la muerte de la verdad, salvo la verdad del  terrorismo de estado, que no solo sigue siendo verdad, sino que además es absoluta e indiscutiblemente verdad.

Paradojas de la llamada  la memoria colectiva, que lejos de reflejar los datos de la historia, se “construye” a pedido, como una pizza, de acuerdo al gusto de cada uno, a las necesidades a las conveniencias políticas o al antojo.

Entre muchos encontramos dos párrafos llamativos: “Durante estas largas tramitaciones judiciales, que en muchos casos superó a la media de la Justicia penal, y en los cuales los presuntos violadores a los derechos humanos estuvieron detenidos, 492 fallecieron”.

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Es decir que hubo 492 personas “presuntos violadores de los derechos humanos” que murieron en prisión después de interminables procesos.

“El informe- continúa Klipphan-  no aclara un punto que se podría catalogar de aberrante –porque también lo es para cualquier persona sometida a proceso– de cuántos murieron enfermos mientras esperaban su condena o absolución”.

Puesto así en condicional: “lo podría catalogar de  aberrante, ese “podría”  es pasible de interpretarse  como que lo aberrante, al mismo tiempo no sería del todo injusto.

Argumentación extraña si las hay, claro que difícil de explicar a las familias de esos 492 argentinos a los que se les arrebataron sus derechos  y se los abandonó hasta  morir  en prisión.

La nota incluye –una referencia cruzada, tan  impropia como completamente absurda,  acerca de Odessa, según la cual un grupo de organizaciones filo-nazis protegeria a los 39 militares y civiles prófugos, la frase no merece  comentario porque  pertenece menos a lo  ideológico que al delirio

Bastaría con  preguntar cuantos y cuales de esos grupos  protegerían a los otros miles de  prófugos de los llamados comunes y a los que desde  hace años nadie encuentra.

Klipphan avanza con un ejemplo, el de un condenado en Tucumán que, pese a estar sano le otorgaron prión domiciliaria por haber cumplido 71 años de acuerdo a lo que establece la ley.

Nosostros proponemos otro, el del condenado de 85 años al que la sala IV de Casación Penal negó prisión domiciliaria. La Corte en cambio, al  otorgársela, reflexiona sobre cual sería el riesgo de fuga de un hombre con patologías crónicas irreversibles, un 30% de disminución de la vista, una pérdida auditiva severa, y un deter ioro cognitivo avanzado…

Es realmente curioso, porque fue el mismo periodista que al finalizar el programa del que hablamos antes , fuera del aire, y conversando con los familiares les manifestaba  visiblemente emocionado: todo este sufrimiento es un descubrimiento para mí, me entero de cosas que no conocía, no se olviden que yo vengo de página 12.

Así como es cierto que hubo miles de guerrilleros muertos,  no lo es menos que  otros  miles  de argentinos murieron víctimas de los guerrilleros. Entonces ¿Quién tiene el alma tan impecable como para  arrojar  aquella  piedra acusadora?

Vistas asi las cosas, tal vez el infortunio no radique tanto en haber nacido en el odio,  sino en no haber podido  alejarse lo suficiente de ese lugar inquietante.

Ya ensayamos el escándalo del odio y no nos fue bien, va llegando el tiempo de probar con  el olvido, el perdón, la reconciliación de los argentinos.

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