Anatomía del buenismo. Por Sertorio

Nos hemos hecho una imagen falsa del buenismo que, sin duda, es el mayor triunfo de su propaganda; pensamos que los buenistas son unos ingenuos que creen en la fraternidad universal y que pretenden formar una sociedad friendly en la que todos tengan su espacio y nadie se considere excluido. Atribuimos a estos sujetos una inflación de buenos sentimientos y de intenciones magnánimas, aunque pueriles e irrealizables, cuyas consecuencias nefastas ellos mismos no son capaces de calibrar. Los tratamos como si de inofensivos y absurdos esperantistas se tratase, pero no hay nada de eso (por cierto: George Soros habla esperanto). Los buenistas tienen poco de bueno o de inocente, pese a lo melifluo de su discurso y al sentimentalismo dulzón con el que pretenden que traguemos su acibarada píldora.

Desde hace veinte años no se puede hacer política sin llorar, sin abrazar a todo quisque, sin posar junto a refugiados, enfermos y marginales de toda índole o sin adular a minorías a cada cual más diminuta, tanto reales como ideadas ad hoc por los medios. Aquel político que no transmite la empatía almibarada de un Obama tiene un grave problema de imagen. El mensaje tampoco importa, basta con el buen rollito, con el talante. En algunos países, el empacho de esta dosis letal de guirlache político ha ocasionado un efecto emético, como el voto a Trump o el ascenso de partidos que consideran que aumentar las dosis de arrope ideológico puede acabar produciendo una grave diabetes al Estado.

El ejemplo universal del buenismo es Barack Obama, candidato del establishment que formaba parte de un experimento de éxito aparente que luego demostró tener efectos secundarios imprevistos. Con su sonrisa de buen muchacho y su mensaje de vagas esperanzas –¿Se acuerdan del Yes, we can que jamás especificó qué objetivos buscaba, salvo hacerle a él presidente?–, Obama tuvo un éxito muy previsible entre las clases altas y parte de las medias y, sobre todo, entre las minorías raciales, sexuales y demás. Lo que sí pudo Obama fue ofrecer en bandeja la economía americana a los grandes tiburones financieros, dejar a la clase obrera yanqui sin trabajo gracias a las deslocalizaciones y a la importación de inmigrantes, hacer irrespirable la atmósfera social con los miles de censuras, neurosis y tabúes de la corrección política y sembrar el caos en Oriente Próximo. Por supuesto, aupado como estaba por la academia y la Ivy League, de la que es un producto, no faltó la culpabilización del hombre blanco y en especial la demonización de los sureños. Fue bajo su mandato cuando se reabrió la Guerra de Secesión y se empezó a perseguir y difamar la memoria de los héroes de la Confederación.

En España tuvimos una versión más de andar por casa de lo mismo con Zapatero –hoy portacoz, lustrabotas y fámulo del cuadrúmano Maduro–, también empeñado en ganar la guerra del 36 y en demonizar a los que no lucharon en el bando políticamente correcto. Y aquí es donde podemos empezar a comprender la naturaleza del buenismo: no ha nacido para extinguir los conflictos, sino para reavivarlos. El buenismo necesita de la tensión y de los agravios, reales o ficticios, para existir. En ningún caso va a aliviar las llagas, sino a hozar en ellas. Para sobrevivir necesita de una legión de humillados y ofendidos, o que se crean tales, a los que movilizar a golpe de lágrimas. También, como depositarios de la superioridad moral y de la razón absoluta, como «víctimas» que dicen ser, no dialogan. Siempre tendrán oídos para los suyos, sobre todo cuanto más a la izquierda estén. Pero cualquier argumento que no venga de su campo les ofende, y en vez de razonar en sentido contrario, se ponen histéricos como una mujer agraviada y le exigen al contradictor que se calle. Si la legislación lo permite, hasta lo denuncian. Y si no, para eso han inventado los escraches, la muerte civil y los boicots. Como muestra, basta con que veamos lo que pasa cuando alguien que no es de extrema izquierda (Felipe González o Rosa Díez, por ejemplo) trata de dar una simple conferencia en un santuario de la corrección política como la estalinizada Complutense de Madrid. Como ellos son los buenos, toda crítica a sus ideas es criminal. Han logrado emotivizar los debates y han conseguido que las lágrimas silencien a las razones. Esto no sólo lo pagan los intelectuales, también les sucede hasta a los cómicos, que tienen que andar con mucho cuidado sobre quiénes son los objetos de sus chistes. Como en España la gente del espectáculo es de una abyecta sumisión a la extrema izquierda, podemos fijarnos en que todas sus ocurrencias tratan sobre los curas, la Virgen, Cristo, la gente de derechas o los militares, ¿pero ha oído alguien a los graciosos del régimen reírse de los podemitas, las femislamistas, los gays o Mahoma? Mira que hay materia para la mofa, la befa y el escarnio, pues resulta que no se escuchan chistes de comunistas en los monólogos de la tele. Los de la farándula saben perfectamente bien quién manda. Muy pronto, poseer una cassette de Arévalo será un crimen contra la Humanidad.

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Define la RAE al buenismo como una “actitud de quien ante los conflictos rebaja su gravedad, cede con benevolencia o actúa con excesiva tolerancia”. Esto es muy cierto si los conflictos los provocan los ideológicamente afines. Verbigracia: el separatismo catalán, los etarras o algún colectivo al que ellos privilegian y subvencionan. En caso de que sea ideológicamente opuesto, entonces las reacciones son viscerales, como resulta inevitable en gente que ahoga tanta agresividad con un diluvio de lágrimas falsas. Pocas veces se ha perseguido más la libertad de expresión que bajo el dominio de estos tiranuelos puritanos, que pretenden que adoptemos oficialmente su fea y cacofónica neolengua y que renunciemos a hábitos, fiestas, canciones y hasta a alimentos por el simple motivo de que no coinciden con sus dogmas. Los infames espacios seguros de las universidades anglosajonas (safe spaces), lugares en los que los miembros de los colectivos privilegiados no pueden escuchar nada que les ofenda, nos indican el camino que va a seguir esta tendencia totalitaria en el futuro próximo. Parece ser que los muy prestigiosos académicos no se han dado cuenta de que la libertad de expresión consiste en escuchar argumentos y opiniones que no nos gustan y que nos pueden ofender. Pero claro que lo saben. Lo que quieren es la ley de la mordaza.

Muchos son los que han observado la semejanza que se da entre los podemitas militantes y las catequistas de nuestro nacionalcatolicismo. No cabe duda de que la corrección política y el buenismo son incomprensibles sin la herencia cristiana, y que buena parte del discurso de esta gente apesta a parroquia y a catequesis progre. Si nos fijamos en los países protestantes, donde nació la corrección política, allí el cristianismo lleva mucho tiempo convertido en una ética de imposible cumplimiento por su absurdo nivel de exigencia al simple ser humano. Ya no es una religión. De manera menos aguda, pero en el mismo sentido, el catolicismo sigue la misma deriva desde su suicidio bajo el pontificado de Juan XXIII, el Papa «Bueno» (más dañino para Roma que todos los Borgia, Médicis y Barberini juntos). Si bien en el catolicismo popular todavía sobrevive lo sagrado y una parte del clero no se ha dejado infectar de protestantismo, la tendencia de la jerarquía es a la equiparación con las iglesias reformadas. Esto aleja a la gente de unas parroquias donde no hace falta la secularización, porque ya se ha encargado el propio párroco de ahuyentar a los fieles con guitarritas y demagogia eclesial barata. Pero la necesidad religiosa es innata en el hombre, y si se echa a Dios por la puerta entrará Alá por la ventana. O Lenin. O Gandhi. O los extraterrestres. El buenismo es la adaptación a la era postcristiana del catolicismo de toda la vida; hasta tiene sus órdenes mendicantes –las ONGs– con su Domund y todo.

Dogmático, militante, agresivo, el catecismo buenista tiene hasta su propio Satanás que es, no sin su lógica, la Iglesia católica, su gran rival agonizante, que no en vano fue la religión de Occidente y del hombre blanco. El buenismo es una manifestación del nuevo credo laicista y democrático, heredero del culto a la Razón de Robespierre y de los curas juramentados del abate Grégoire. Y predica el bien, aunque sea a garrotazos, para dar ejemplo a los pecadores, convertir a los paganos y hacer que llegue a nosotros el reino. Así, el divino Obama, premio Nobel de la Paz en 2009, lanzó sólo en su último año de mandato 26.171 bombas sobre objetivos en Siria, Yemen, Afganistán o Irak. En Pakistán, un país en teoría aliado, sus drones causaron cuatro mil muertos en 339 ataques. Pero ya sabemos que el agresivo es Trump. Para bombardear a gusto también hay que ser friendly. Todo sea por la paz.

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