Amnesia histórica. Por Sertorio

El 7 de junio de 1968, en la Nacional I, a la altura de Villabona, el guardia civil José Pardines Arcay, de veintitrés años, fue asesinado por la espalda mientras se hallaba en cuclillas, examinando los números de la placa de un Seat 850. El asesino, Javier Echevarrieta, niño bien de colegio de curas, le descerrajó otros cuatro tiros mientras Pardines yacía en el suelo desangrándose. Su cómplice, Ignacio Sarasqueta, se refugió en la iglesia de Régil. Éstos fueron los primeros héroes de ETA. Desde entonces, los etarras han asesinado a guardias civiles, policías nacionales, militares, políticos, intelectuales, obreros, periodistas, embarazadas y niños. No han faltado crímenes de masas como la matanza de Hipercor, donde los gudaris separatistas asesinaron a veintiún barceloneses, o el atentado de la cafetería Rolando, en la calle del Correo de Madrid, donde mataron a trece personas, de las cuales sólo una pertenecía a la policía; los demás eran gente que estaba tomando un café, entre ellos dos matrimonios jóvenes de provincias.

De la catadura moral de estos héroes de la izquierda marxista española nos podemos hacer una idea con la tortura, muerte y desaparición de tres emigrantes gallegos de Irún el 24 de marzo de 1973. José Humberto Fouz, Jorge Juan García y Fernando Quiroga cruzaron la frontera para acudir a San Juan de Luz a ver El último tango en París, prohibida en España por su contenido erótico. Después de acabada la película, se detienen en un bar de carretera a tomar unas copas y allí su acento galaico suscita los insultos xenófobos de unos etarras. Estalla una pelea y, tras ella, cuando tratan de regresar a España, los tres emigrantes son secuestrados en la carretera por los separatistas, cuyo jefe era Tomás Rodríguez Revilla, alias Hueso. Las víctimas fueron llevadas a un caserío donde se les torturó y mató con ferocidad extrema. Baste decir que les sacaron los ojos con un destornillador. Se cree que sus restos se enterraron en una finca que fue propiedad de Telesforo Monzón, líder histórico del nacionalismo vasco.

Esto sucedía en 1973, con Franco vivo, antes del asesinato de Carrero Blanco, cuando la lucha de ETA, según lo que empieza a ser la historiografía oficial, era “limpia” y “necesaria” porque combatía a una dictadura “fascista”. Para toda la izquierda podemita, a la ETA de aquellos años hay que agradecerle su activismo antifranquista y, por supuesto, el atentado contra Carrero Blanco, perpetrado por la misma red de apoyo en Madrid que masacró a las víctimas de la calle del Correo y entre los que destacaban los muy progres Eva Forest y Alfonso Sastre. Para mayor escarnio, Eva Forest sería senadora por Herri Batasuna en 1989 y no tuvo el menor empacho en presentarse como activista pro derechos humanos.

Desde 1968 hasta hoy mismo, ETA ha contado con el apoyo indisimulado de la Iglesia vasca y con su auxilio institucional. La lista de eclesiásticos que han ofrecido sostén, homenaje y refugio a los etarras llenaría varias páginas de esta publicación, pero baste con recordar al vicario general de monseñor Setién, José Antonio Pagola; al arcipreste de Irún, José Ramón Treviño; al abad de Arbonne, Martin Carrère; o a los curas Pantxoa Garat y Michel Idiart. Durante decenios no se ha podido recordar en las iglesias a las víctimas de ETA y los funerales de los asesinados por los marxistas abertzales se hacían poco menos que clandestinamente y por la puerta de servicio. La equidistancia entre víctima y matarife, ahora tan de moda entre separatistas y podemitas, fue en principio una ocurrencia eclesial, de monseñor Setién. No olvidemos que los hilos de la madeja de la disolución de ETA vienen, en gran medida, de Roma. Siempre se ha resaltado (y con razón) el carácter marxista y separatista vasco de ETA, pero rara vez se insiste en su íntima conexión con el cristianismo de izquierdas y con la teología de la liberación. No hay dirigente etarra sin una fuerte impronta de progresismo cristiano. Las guerrillas jesuíticas que Ellacuría y Sobrino fomentaban en América, se recreaban en los santuarios, casas de ejercicios y parroquias del País Vasco, que servían de centro de reunión, madriguera y hasta archivo de la banda.

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Más de cien mil vascos tuvieron que abandonar su tierra para no ser asesinados, chantajeados y discriminados por sentirse españoles. Juan María Araluce, José María Arrizabalaga, Jesús Ulayar y tantos otros pagaron con sangre el no ser separatistas. De esta limpieza étnica nadie quiere acordarse. Eran, como poco, tan vascos y tan de pura sangre como sus asesinos. ¿Se les permitirá volver y recuperar sus derechos?

 Para el separatismo vasco, la política es la continuación de la guerra por otros medios. ETA no ha dejado de matar; ETA fue inutilizada gracias a la labor de las fuerzas del orden y de los servicios de inteligencia. Desde principios de siglo es un trasto inservible, un payaso de las bofetadas, un sparring sonado del peso mosca. ETA no puede matar, ni siquiera es capaz de mover un comando sin que en cuestión de días estén todos a la sombra. Han sido derrotados contundentemente por la acción policial. Lo que el separatismo necesitaba desde 2004, ese año nefasto, era conseguir un rédito político de semejante fracaso. La simple continuación de las medidas policiales, tal y como estaban en aquellas fechas, habría extinguido a ETA. Tuvo que ser esa fatalidad política de Zapatero quien diera una última oportunidad a los etarras y a quienes desde instancias presuntamente más respetables les protegen.

Las innecesarias “negociaciones de paz”, iniciadas por el gobierno más incompetente de los últimos dos siglos, abandonaron la triunfante solución policial del terrorismo abertzale e iniciaron una “vía política”, sólo útil para los asesinos y los separatistas, que nos ha llevado hasta donde estamos. “ETA ha dejado de matar”, pontifican los entreguistas, como si matar dependiera de los etarras. Ya no lo pueden hacer, por eso no lo hacen. No es una libre opción política, es un abrumador hecho policial externo a su voluntad. Su disolución no tiene ningún valor político. Sí lo habría tenido su rendición o su exterminio. Lo que tiene una importancia histórica innegable es la decisiva contribución de ETA al proyecto separatista del PNV y de la Iglesia vasca. Cuarenta años de terror, de pistolerismo, delaciones y chantajes, han creado un consenso abertzale en el País Vasco al que ha contribuido también el abandonismo de Madrid. Hoy, Vasconia es el coto privado de los secuaces de Sabino Arana y Navarra se desliza por la misma pendiente. Sin ETA, los separatismos catalán y vasco carecerían del poder que ahora ostentan.

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La malograda victoria policial sobre ETA se ha convertido en un gigantesco triunfo de la izquierda abertzale, que jamás pudo imaginar que se podrían conseguir semejantes beneficios de la estupidez de Zapatero y del cinismo de Rajoy. Para mayor sarcasmo, con su “paz“, el primero no pudo evitar el descalabro electoral después de una gestión calamitosa. El segundo, a lo que parece, tampoco podrá repetir mandato. Es decir, el fin del supuesto “conflicto” ni siquiera ha producido un beneficio electoral en ese corto plazo para el que viven nuestros políticos.

ETA no es sólo una agrupación de pistoleros: políticos, curas, artistas, taberneros, oenegés, asociaciones culturales y deportivas y un vasto entramado de agrupaciones y personas que jamás han tocado una pistola también son ETA. La desaparición de la organización armada les ha servido para una descaradísima operación de blanqueo, fomentada en el resto España por los partidos de izquierda y los medios de comunicación. “Como ya no mata, ETA es buena”. Semejante simpleza se está dejando correr entre la gente de a pie, que cree que todo se puede negociar “sin violencia”, como dicen los cursis, hasta la unidad nacional. Acercamiento de presos, excarcelaciones, indultos de tapadillo, todo vale siempre que no haya muertos. A ETA hay que premiarla porque ha dejado de matar.

Quienes sí se benefician del “proceso de paz” son los separatistas radicales, que han copado el poder municipal, provincial y autonómico y han logrado incorporar Navarra al proyecto abertzale, con un gobierno sostenido, entre otros, por Podemos, siempre amigo de los enemigos de España. Por supuesto, la “paz” es el valor supremo. Si los etarras sin pistolas de Bildu envenenan la enseñanza escolar, instilan el odio a España desde las instituciones y socavan la unidad del Estado con la complicidad de las izquierdas y la cobardía de las derechas, eso está muy bien porque no hay tiros. Tampoco pasa nada porque asesinos y sociópatas como Bolinaga o De Juana salgan de la cárcel sin cumplir ni una mínima parte de su condena. Con semejante país de Jauja, ¿para qué seguir con ETA? Ya lo tienen todo.

Supera la dosis habitual de sarcasmo el que quienes piden memoria histórica para el franquismo y la guerra civil sean tan prodigiosamente amnésicos ante hechos que ha vivido nuestra generación y estrechen la mano de los asesinos de Hipercor, de República Dominicana o del Puente de Vallecas. Porque los abertzales son ETA. No lo decimos nosotros, lo afirmó en su doctrina el Tribunal Supremo.

Ahora, cuando a nadie le interesa acordarse de nada, conviene que recordemos las imágenes de los niños de la Casa–Cuartel de Zaragoza, de Irene Villa o de la maestra María Dolores Ledo, embarazada de siete meses y muerta a tiros por los etarras en Basauri. Tengámoslos presentes cuando los separatistas nos hablen de “paz”, de acercamiento de presos ( es decir, de prisión a la carta) o de reinserciónSus víctimas sí que no tienen reinserción posible. Eso deberían pensar quienes piden penas draconianas para los delitos “machistas” y, sin embargo, exigen que olvidemos y perdonemos estos centenares de genuinos delitos de odio.

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