Allá y acá. Por Vicente Massot

En punto a apoyos y a reconocimientos, el gobierno presidido por el ingeniero Mauricio Macri no se cansa de recibirlos del exterior —especialmente cuando él, en persona, encabeza una misión más allá de nuestras fronteras— y, en cambio, de puertas para adentro, ha comenzado a percibir críticas de sectores que, hasta el momento, no se habían hecho escuchar. En buena medida las razones susceptibles de explicar semejante asimetría tienen que ver con
la diferente evaluación que, de la marcha de la economía y del posible derrotero que ésta acredite en los próximos dos años, hacen los mercados y gobernantes de los países más desarrollados del mundo y las que, al mismo tiempo, efectúan en estas playas distintas tribus de la sociedad argentina. Casi podría decirse, no sin algún género de reduccionismo, que los de afuera se fijan más en la macroeconomía mientras los de acá ponen el énfasis en la micro.
Por esto mismo, de lo que trata este análisis no es de juzgar quién lleva razón y quién se equivoca, como de dejar planteado el caso y tratar de adelantar sus posibles consecuencias.

Luego del trajinado y polémico período kirchnerista, cualquier administración que se propusiese salir del aislamiento en el que nos había sumergido el matrimonio patagónico, volver al mundo, sostener una política procapitalista y asumirse como parte integrante del sistema financiero internacional, sería bienvenido. Eso ha hecho el macrismo desde el primer momento de su gestión y nada hace prever que vaya a cambiar de rumbo. Sería literalmente impensable que decidiese, de buenas a primeras, abandonar a Washington, Berlín, París y Tokio para abrazarse con Maduro, Ortega, Evo Morales y el estrafalario mandamás de Corea del Norte.

Más allá de si comparten o no el gradualismo puesto en ejecución por Cambiemos, la política monetaria implementada por Federico Sturzenegger y el endeudamiento para solventar el déficit fiscal, lo que valoran en el exterior son básicamente tres cosas: 1) la confiabilidad que ha generado el gobierno en los primeros veinticuatro meses de gestión; 2) la seguridad de que a Macri no le sucederá lo mismo que a Fernando De la Rúa —o sea, que terminará en tiempo y forma su mandato— y 3) que con la Argentina se pueden hacer negocios sin temor a que una
mañana el poderoso de turno se levante de mal humor y decida estatizar las empresas de capital extranjero o pedir coimas para ganar una licitación.

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A esta altura del partido que disputa Macri, no es poco. Que sea reconocido y aplaudido en Davos y el G–20 no significa que recibiremos inversiones a granel y que la Argentina pasará a ser la estrella de los mercados. No es la condición suficiente pero podría sostenerse, sin temor a exagerar, que es una de las condiciones necesarias para que aquello ocurra. Difícilmente podrían los capitales internacionales —de suyo desconfiados y temerosos— elegirnos, si antes el gobierno no hubiera presentado unas credenciales de seriedad y unas convicciones promercado que nunca formaron parte del libreto kirchnerista.

Inversamente, a quienes pueblan las tribunas de las canchas de fútbol aquellos motivos, destacados en otras latitudes, los tienen sin cuidado. Es más, ni siquiera los consideran. Es que para éstos el hecho de que el presidente sea hincha confeso y fanático de Boca Juniors y que los árbitros —según su parecer— beneficien con fallos polémicos a ese club, en desmedro de los suyos, ha pasado a ser una excusa a los efectos de insultarlo a coro. Cuanto comenzó en los estadios de River Plate y San Lorenzo de Almagro, ahora es costumbre extendida en casi todos los lados donde se disputa un partido del campeonato mayor de la AFA.

La cuestión resultaría de poca monta y podría ser desestimada por el núcleo dirigente del macrismo si la reacción se circunscribiese pura y exclusivamente a los campos de juego de los clubes de futbol. Aun en el caso de considerar que, soterrados en esos abucheos, anidara la convicción de miles de fanáticos respecto de lo mal que la están pasando —cosa que no se halla del todo clara— la dimensión del rechazo quedaría acotada. Pero lo que ponen sobre el tapete las encuestas dadas a conocer en las últimas semanas es algo que no ha dejado de preocupar —y con entera razón— al gobierno. Parece ganar espacio una suerte de desazón proveniente de parte de los tejidos sociales medios y medios altos —que en octubre del año 2015 se inclinaron en mayor número por Cambiemos— debido a la situación económica que atraviesa el país que —a su vez— es la que ellos deben soportar.

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La asimetría a la que hacíamos referencia al principio, como no podría ser menos, beneficia y perjudica al macrismo de manera desigual. Si este año fuera a estar en disputa su reelección, es decir, si los comicios estuviesen a la orden del día, la caída en la imagen del presidente y las dudas de una mayoría de las personas en condiciones de votar acerca de su futuro personal, representarían un riesgo para las aspiraciones de continuidad de Cambiemos. Como lo contrario es cierto y la compulsa electoral recién cobrará una importancia excluyente el año que viene, el convencimiento de los mercados sobre el esfuerzo y las buenas ideas de Macri son hoy mucho más importantes que el escepticismo de algunos de sus votantes.

Está claro cuál es el programa elegido por el gobierno y la herramienta gradualista que le sirve de soporte. El presente esquema requiere, para perdurar en el tiempo, que los mercados de deuda le renueven, en una especie de plebiscito diario, sus votos de confianza. Si por cualquier razón ello no ocurriera, el edificio macrista volaría por los aires. En este momento y por lo menos hasta diciembre, Wall Street será más importante que las gradas del Monumental de Núñez y que la Avenida Rivadavia. En 2019 será al revés. Pero para eso falta tiempo.

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