¿Alcanzarán? Por Vicente Massot

La Argentina es el país del eterno retorno. Cuanto desaparece hoy, reaparece mañana como si tal cosa. Esa recurrencia —sin solución de continuidad en los últimos setenta años— tiene una explicación más sencilla de lo que de ordinario se cree. Sucede que todos los gobiernos, en mayor o menor medida, han fracasado y, por lo tanto, cualquier libreto del pasado —aunque en su momento hubiese resultado fallido— puede volver a escena y ponerse en práctica sin rendir examen ni pedir permiso. Entre nosotros, los períodos en los que se ensayaron recetas autoritarias —no todas ellas de corte castrense— obraron resultados igualmente pobres a los de las administraciones democráticas. Dirigistas y librecambistas, de derecha y de izquierda, radicales, peronistas y liberales, militares y civiles, sin excepción a la regla malograron las oportunidades que se les presentaron. Si alguno hubiese tenido éxito en su gestión, las experiencias desgraciadas carecerían de chances de repetirse. Pero, como venimos a los tumbos desde mediados de la década del cuarenta del pasado siglo, no sólo entramos en un proceso de decadencia acentuado sino que —para colmo de males— nos acostumbramos a la decadencia. Una versión falsa de la derecha liberal comienza a despedirse. En su reemplazo asoma el rostro redivivo del populismo vernáculo.

Mauricio Macri figura en la lista de quienes despertaron, con su ingreso a la Casa Rosada, una gran expectativa y se retiraron dejando detrás suyo un verdadero desbarajuste económico. A esta altura de su derroteró, él sabe que no será reelecto y sólo aspira a lograr cuanto no consiguieron ni Raúl Alfonsín ni Fernando De la Rúa: cumplir en tiempo —que no en forma— el mandato para el cual resultó electo. Dice el refrán —siempre sabio— que más vale tarde que nunca. Pues bien, en Balcarce 50, nadie piensa seriamente que la reelección sea una posibilidad abierta. Era hora. Las declaraciones, mitad quijotescas y mitad efectistas, de Miguel Angel Pichetto respecto del tema sólo son eso: palabras. El presidente ya no se llama a engaño y tampoco su monje negro, Marcos Peña. La elección del 27 de octubre esta pérdida. Los únicos objetivos que ahora tienen por delante son, por un lado, defender de la mejor forma posible las listas de diputados y senadores en juego en los próximos comicios y, por el otro, tratar de que —de resultas de la derrota, que será definitiva— no deban hacer el traspaso del poder antes del 11 de diciembre. Ninguna de las dos metas debe considerarse asegurada. Por el contrario, hay sobradas razones para pensar que serán difíciles de alcanzar.

Si el gobierno fuese capaz de recuperar —siquiera en parte— la confianza que perdió hace más de un año, el horizonte luciría mejor y las esperanzas de consolidar una fuerza opositora sólida en las dos cámaras del Congreso Nacional y de estar en condiciones de ponerle a Alberto Fernández la banda presidencial el día que formalmente corresponde hacerlo, tendrían asidero. Sin embargo, la imagen de Mauricio Macri se encuentra por el suelo y nada hace preveer que eso cambie. La economía marcha al garete y la sensación generalizada es que el Poder Ejecutivo ha perdido la brújula y genera medidas a las apuradas, sin plan alguno. Todo es espasmódico, improvisado. Con Marcos Peña mandado a guardar; Julio Cobos hablando más de la cuenta en el momento menos oportuno; Mauricio Macri pidiendo solidaridad cual si fuese un santón laico, y Hernán Lacunza anunciando que nada cambiaría en el
caso de que el Fondo no autorizase el envío de los famosos U$ 5400 MM, la administración de Cambiemos semeja un barco a la deriva.

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Como pasó primero con Adolfo Rodríguez Saá y luego con Fernando De la Rúa, a Macri le quedó grande la Casa Rosada. El puntano gobernó su provincia en forma ordenada, como ninguno de sus pares en los otros estados del país. Lo mismo ocurrió con el jefe de la
Alianza que derrotó a Eduardo Duhalde cuando epilogaba el siglo XX. En su calidad de jefe de gobierno de la ciudad capital, no desentonó. No obstante, uno y otro, ni bien se hicieron cargo de la presidencia, mostraron unas limitaciones que preanunciaban el desastre. Aunque a muchos les duela el comentario, el que fue un excepcional mandamás de Boca Juniors y como lord mayor de Buenos Aires, entre los mejores de las últimas cinco décadas, ha demostrado que no podía hacer un papel decoroso en la primera división

En su afán de ponerle el pecho a las balas y no darse por vencido, el macrismo dio un golpe de timón, de final incierto, el domingo a la tarde. Si era factible diseñar otra política llegado a esta instancia, es materia abierta a debate en términos académicos. En punto a la política pura y dura es irrelevante. Para salvar el stock de reservas debió postergar pagos de la deuda, limitar la compra de divisas y restringir la liquidación de ventas al exterior. En el fondo, tarde o temprano, los funcionarios argentinos se hallan delante del mismo dilema: como el país genera menos dólares que los necesarios para sostener un gasto público descomunal, o se apela a los mercados de deuda o se echa mano a la maquinita o se devalúa. Claro que, como hoy no hay prestamista que desee correr el riesgo argentino, la maquinita nos llevaría directo a la hiperinflación y la devaluación parece no alcanzar, para salvar la ropa se ha optado por generar un default selectivo, sumarle un cepo menos duro que el de 2001 y establecer un control de cambios parcial. Macri ha tenido que transformar la necesidad en virtud; y ha comprobado en carne propia cuánta verdad arrastra eso de que París bien vale una Misa.

¿Alcanzarán las medidas adoptadas?, es la pregunta que se hacen en el Fondo, en los bancos, en los fondos de inversión, en las tiendas de la oposición, en los cuarteles del macrismo, en las calles, en los barrios y en las casas de familia. El interrogante que todos se formulan tiene, en primera instancia, una única respuesta: según qué signifique alcanzar. Claramente, para ganar las elecciones de octubre no sirven y es de creer que no fueron establecidas con ese propósito. En cambio, para llegar a los comicios en terapia intensiva y —arrastrándose— al 11 de diciembre, dependerá de distintos factores, ninguno de los cuales controla el gobierno. Dando por descontado que el Ministerio de Economía y el Banco Central impondrán en el curso de las próximas semanas más controles, lo cierto es que escapan a la voluntad de Macri, y a la de Lacunza y Sandleris, el grado de desconfianza de los mercados internacionales, el temor de los ahorristas argentinos y la estrategia de Alberto Fernández —al cual le bastaría un estornudo para desmontar el castillo de naipes macrista.

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Entusiasmarse con el hecho de que —después de las medidas anunciadas el pasado fin de semana— el lunes y el martes no se disparase el tipo de cambio, es una manera tonta de celebrar antes de tiempo. Se ha abierto una brecha peligrosa entre el dólar oficial y el blue sin contar con la fuga de los depósitos en dólares de las cajas de ahorro a las cajas de seguridad. Hay una calma chicha que nadie sabe cuanto habrá de durar en atención a los flancos que tiene abiertos el gobierno —y no está en condiciones de cerrar— y al humor de los mercados —que los funcionarios tampoco pueden controlar. La idea, ventilada en estos días acerca de la conveniencia de que Mauricio Macri y Alberto Fernández repitan el papel que en Brasil, a comienzos de este siglo, desenvolvieron Fernando Enrique Cardozo y Lula —en una transición que se presumía violenta y terminó siendo en extremo civilizada— es apenas una expresión de deseos.

Hay escasas posibilidades de que algo siquiera parecido suceda en estas playas. Las circunstancias, los actores y la idiosincracia —comparados uno y otro país— son tan distintos que resulta conveniente olvidar el tema. Al oficialismo, la posibilidad de acordar una suerte de pacto de gobernabilidad —más allá de que no está en condiciones de reconocerlo en público— no le disgustaría. En el estado en que se halla aceptaría casi cualquier cosa. Inversamente, en el universo kirchnerista no hay dirigente de relevancia que aconseje tomar ese camino. Macri firmaría mañana. Alberto Fernández tiraría la lapicera a la basura. No es que uno sea bueno y el otro malo. Sus respectivos intereses están cruzados por un abismo gigantesco. Aquél aspira a conseguir poco más de 30 % de los votos; éste da por sentado que superará 50 %.

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