Alberto y Cristina. Por Vicente Massot

La de Alberto Fernández no será una presidencia vicaria, como en su momento resultó la de Héctor Cámpora. La razón estriba en el hecho de que su poder no lo ha recibido en préstamo y, en consecuencia, no deberá devolverlo sin chistar, cuando así lo determine su valedor. Juan Domingo Perón estaba en condiciones de despedir a quién había elegido para encabezar la fórmula presidencial del FREJULI, en marzo de 1973, con un simple gesto. Cristina Kirchner, en cambio —más allá de ser ella la exclusiva propietaria de los votos que le dieron el triunfo al Frente de Todos, tanto en las PASO como en los comicios de octubre pasado— carece de esa facultad. Por lo tanto, es bueno dar de lado con toda tentación de hacer una lectura de la próxima administración con arreglo a las categorías vigentes cincuenta años atrás. El mundo, la Argentina, el movimiento justicialista y los principales actores de esta trama —que se desenvuelve en pleno siglo XXI— tienen poco si acaso algún parecido con aquellos otros de los años setenta del siglo anterior.

Si el concepto de vicario parece no hacer pie en este contexto, qué decir respecto de una supuesta diarquía o cogobierno en donde los dos integrantes del binomio ganador en las últimas elecciones se repartirían esferas de influencia con el propósito de llevar juntos
la administración de la cosa pública, durante el período para el cual fueron elegidos. A pesar de que la vicepresidente se ha asegurado en las dos cámaras del Congreso Nacional un lugar de privilegio y todo indica que ha tallado en la confección del futuro gabinete, en el reparto de cargos la participación de los kirchneristas de paladar negro no da la impresión de ser una fuerza homogénea, desplegada con el fin específico de cogobernar. Dicho de distinta manera: si Cristina Fernández hubiera querido, podria haber exigido la mitad de los ministerios y secretarias de Estado sin problema ninguno. Sin embargo, no ha deseado inaugurar una suerte de doble comando en el manejo de los asuntos estatales.

Lo expresado antes no significa ni remotamente que la viuda de Kirchner haga su regreso a la función pública con una cuota disminuida de poder. Que su intención no sea —al menos en principio— cogobernar de igual a igual con Alberto Fernández supone una decisión de carácter táctico. Lo que ha quedado a la vista hasta el momento es su intención de blindarse en la Cámara de Diputados con base en un bloque unificado a cuya cabeza revistará su hijo, y de hacer otro tanto en la cámara de senadores, contando con el formoseño José Mayans para dirigirlo. No es poca cosa pero al mismo tiempo —aun contando la presencia de Carlos Zanini en la Procuración del Tesoro, de Mercedes Marco del Pont en la AFIP y de Eduardo De Pedro en la cartera del Interior— ello está lejos de resultar una diarquía.

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A falta de un término mejor para reflejar la relación que habrá de caracterizar a los dos Fernández, el de cohabitar parece el más indicado. Uno y otro ocuparán dentro de un mismo espacio político posiciones si no equivalentes, al menos similares de poder. ¿Por qué estarían llamados a colisionar sin remedio? ¿En razón de qué deberían, de manera necesaria, dirimir supremacías en el seno de una administración que ambos están interesados que prospere y tenga éxito? ¿Qué motivo imposible de superar existiría para que el presidente electo y su compañera de fórmula terminaran en un enfrentamiento a todo o nada? En realidad, la idea de que se hallan destinados a embestirse con el afán de que uno de los dos quede definitivamente fuera de juego resulta producto de una fantasía sin sentido: tratar de vislumbrar en el espejo retrovisor de l973 cuanto podría suceder a partir del 10 de diciembre próximo.

Está claro que no piensan exactamente lo mismo respecto del conjunto de temas que les ocupan y preocupan. Entendido esto es conveniente saber también que son muchas las cuestiones en las que sus pareceres coinciden. Al fin y al cabo, las disputas que en su momento los pusieron en veredas opuestas tuvieron más que ver con choques temperamentales que con abismos ideológicos. Salvo que alguien realmente crea que Cristina es la mala de la película y Alberto es el bueno; que aquélla es intervencionista en materia económica y éste se encuentra mejor predispuesto hacia el mercado; que la señora intenta emular al chavismo en la Argentina y el señor es un socialdemócrata a la europea; que la primera descree de las instituciones mientras el segundo tratara de hacerlas valer. Estos son cliches que enmascaran la realidad y no explican mucho.

Seria una estrategia suicida si, delante de los problemas que deberá arrastrar el Frente de Todos una vez que se haga cargo del gobierno, los seguidores de la viuda de Kirchner eligieran al presidente recién acomodado en el sillón de Rivadavia como a uno de sus enemigos o adversarios. El kirchnerismo no peca de distraído o de tonto a la hora de ejercer el poder. Bastante le ha costado recuperarlo de las manos del macrismo como para que ahora alegremente lo pierda en una disputa interna. Imaginemos que esa fuese su decisión y que decidiera cargar en contra del primer magistrado que la señora eligió para encabezar la fórmula. Imaginemos,
además, que le dan pelea y logran vencerlo. ¿Cuál sería el rédito que obtendrían? ¿Acaso su victoria no seria a lo Pirro?

Desde el momento en que, venciendo no pocas dudas y comiéndose unos cuantos agravios, Cristina Fernández se inclinó por el hombre que había sido la mano derecha de su marido durante los años de la presidencia del santacruceño, lo hizo con plena conciencia de que los roces y las desinteligencias existirían. Lo que pactaron no fue una relación ajena a cualquier conflicto porque hubiera sido una muestra de idealismo desconocida en ambos personajes. Se pusieron de acuerdo en la forma a través de la cual intentarían vencer al oficialismo. Y no les fue nada mal. Ahora corresponde ordenar las fichas para una empresa mucho más delicada: administrar un poder con menos musculatura que el que ellos abrazaron con fervor hace largos 16 años.

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¿Qué todo no será miel sobre hojuelas? —¡Chocolate por la noticia! Ninguna cohabitación —sobre todo si es de naturaleza política y se halla cruzada por el poder— resulta idílica. Alberto Fernández tendrá la responsabilidad de conducir la administración a buen puerto. Cristina Fernández se ha reservado el poder de veto. Pero en primera instancia, hasta que cese la tempestad en la que están metidos y haya pasado el peligro, suponer que entre ellos habrá competencias destempladas sería algo así como reputarlos de suicidas. La situación actual de la región y la herencia que recibirán no hacen lugar para que los integrantes de una administración recién estrenada saquen a relucir sus diferencias y las exponga ante el público.

Alberto y Cristina Fernández se necesitan mutuamente y ellos son conscientes de ello. Más allá de los pasados insultos, de los celos, de las desconfianzas y de sus disidencias, ninguno puede en este momento darse el lujo de prescindir del otro so pena de desequilibrar de manera dramática el espacio de cohabitación que eligieron compartir. Lo cual no significa que, andando el tiempo, el acuerdo explícito entre ambos no se deteriore y termine haciéndose añicos. Nadie está en condiciones de predecir que habrá de suceder en materia económica en el primer semestre del año que viene; y, por lo tanto, hacer pronósticos de cuándo y cómo podrían las dos personas más poderosas del país pelearse, es perder el tiempo.

Cada uno conoce los puntos que calzan, sus fortalezas y debilidades. Quizás algún día quieran despejar la incógnita respecto de quién tiene verdaderamente el poder y para eso repitan en estas tierras un duelo —inmortalizado por Hollywood— del estilo del que en OK Corral protagonizaron el clan de los Clanton contra la familia Earp. Quizá. Pero no hay motivo para suponer que tamaña idea pueda cruzarse hoy por la cabeza de los Fernández. Aun cuando pueda parecer una exageración: si en alguna oportunidad estuvieron juntos, codo a codo, es ésta. No porque se quieran y estén dispuestos a dar la vida por consolidar una amistad que no existe. Sencillamente, porque la necesidad tiene cara de hereje. Peleados o separados no llegarían demasiado lejos. Juntos, y contra las muchas dudas que generó la decisión de Cristina Kirchner de hacerse a un lado y darle la derecha a Alberto Fernández, hasta aquí sus conquistas han dado que hablar. ¿Por qué cambiar lo que ha funcionado bien?

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