Alberto Fernández como equilibrista. Por Vicente Massot

Las especulaciones respecto de lo que planea hacer el kirchnerismo a partir del 11 de diciembre están a la orden del día. Como habrá pocos anuncios concretos, si acaso alguno, acerca del futuro programa de gobierno —al menos, hasta que se substancien los comicios
programados para el 27 de octubre próximo— se entienden las razones en virtud de las cuales, en todos los lugares politizados, se tejen conjeturas sobre los caminos que piensa recorrer Alberto Fernández y cuáles serían los posibles miembros de su gabinete. Nadie sabe a ciencia cierta —fuera, claro, del candidato a presidente del Frente de Todos— el rumbo que tomara su administración. Sin embargo —como de ordinario sucede entre nosotros, en tren de anticiparse a los hechos y de pasar por bien informados— periodistas, politólogos, analistas y políticos rivalizan a la hora de decirnos qué piensa Alberto Fernández.

Bastó que el compañero de fórmula de Cristina viajase a Portugal y se reuniese con el jefe del estado de esa nación para que, acto seguido, se lanzase a correr la versión de que deseaba repetir en estas tierras el libreto que allí se había implementado con singular éxito. Por eso, aprovechando su visita a España, había cruzado la frontera con el propósito de conocer, de boca de sus artífices, cuáles habían sido los fundamentos del plan de austeridad y ajuste que tanto ha dado que hablar. En realidad, cualquiera con un mínimo de conocimiento de lo que pasó en Portugal se da cuenta de que son realidades tan disímiles y diferencias tan pronunciadas las que existen entre los dos países que sólo un ignorante podría pensar en la posibilidad de una copia. Alberto Fernández no es un improvisado y, si bien no deja de admirarse de lo que han logrado en ese pequeño enclave europeo, sabe que sería un sinsentido tomar prestadas sus lecciones para ponerlas en práctica aquí.

Que Felipe Solá, Alberto Iribarne, Guillermo Nielsen, Juan Manzur, Omar Perotti, Wado de Pedro, Cristina Todesca, Matías Kulfas, Martín Redrado, Santiago Cafiero y algunas otras figuras conocidas del universo peronista se hallen cerca del futuro presidente y sean
hombres de consulta, no significa que tengan asegurado un ministerio o cosa parecida. Por de pronto, es obligado tener en cuenta que respecto de quienes lo acompañara en su gestión la viuda de Kirchner tendrá voz aunque no ejerza el derecho de voto. No resulta novedad que coexisten, en la coalición populista, sectores de distinta procedencia. Ello, por supuesto, no lo obligará a Alberto Fernández a ofrecerle cargos a todos, pero sí deberá tener en cuenta a las fuerzas de mayor peso específico. Con La Cámpora y la liga de gobernadores dando vueltas, el único lujo que no podrá permitirse será presentar en sociedad, a mediados de diciembre, un elenco absolutamente monocolor

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El candidato de Cristina debe, por razones tácticas y estratégicas, anticipar de su planes lo mínimo indispensable en atención a que, en términos políticos, las decisiones que habrá de tomar vulnerarán determinados intereses creados y le generarán enemistades inevitables. ¿Qué sentido tendría anunciar —siquiera fuera en dosis homeopáticas— el derrotero que piensa seguir, en medio de una crisis de tamaña magnitud? Si lo hiciese echaría a perder el factor sorpresa y pondría en riesgo, antes de asumir, un proyecto que necesita más tiempo de maduración. En estos momentos, y hasta que tenga puesta la banda y empuñe el bastón que dejará en sus manos Mauricio Macri, Alberto Fernández tendrá que demostrar —sobre todo— cuáles son sus cualidades de equilibrista.

En este orden de cosas, ni hay que tomar al pie de la letra todo lo que dice ni hay que descartarlo como fulbito para la tribuna. Dos ejemplos ilustran mejor que cualquier explicación teórica lo escrito más arriba. En los últimos días hizo referencia al líder piquetero Juan Grabois y puso en circulación la idea de un pacto social que se implementaría en los primeros seis meses de su administración. ¿Significa ello que el elogio al amigo del Papa —en el sentido de que es un hombre con genuinas preocupaciones sociales— implica un aval a las posiciones maximalistas que expresa a diario? —De ninguna manera. Lo que no quita que Fernández conozca la importancia que tiene el control de la calle. Si acaso se produjese un cortocircuito con los movimientos sociales afines, y estos se cruzasen en su camino antes siquiera de haber cumplido el primer día al frente de la administración, se metería en problemas serios. La presión piquetera se hace sentir cada día con más virulencia y el enfrentamiento entre las organizaciones de izquierda —que reivindican posiciones maximalistas— con las que responden al kirchnerismo —apenas más moderados en sus planteos— está a la vista. Comparado con los seguidores de Barrios de Pie y la Corriente Clasista y Combativa, Grabois puede considerarse un aliado crítico.

En cuanto al pacto social, el regusto gelbardiano que arrastra, puso en alerta a muchos que recuerdan el desastre que generó en su momento. El acuerdo de precios y salarios ahora repuesto en la agenda del candidato opositor tiene —efectivamente— reminiscencias al menos formales con aquél que el ministro de Economía de Héctor J. Cámpora y luego de Juan Domingo Perón ejecutó en 1973, sin otro resultado que dejarle una bomba de tiempo a sus sucesores. El final estaba cantado y llegó con el así llamado Rodrigazo. ¿Será, por ventura, Alberto Fernández un admirador inconfeso de Gelbard? ¿Es posible que después de los hechos
de todos conocidos, y de las consecuencias que trajo aparejadas aquel pacto, imagine que es posible repetirlo?

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La tentación de hacer comparaciones entre períodos distintos de nuestra historia es algo recurrente en estas playas. Pero las comparaciones efectuadas al voleo siempre resultan odiosas, cuando no disparatadas. La Cámpora nada tiene que ver con Montoneros. Alberto Fernández no guarda semejanza alguna con José Ber Gelbard. Es cierto que habrá de reeditarse un experimento que —dicho sea de paso— no fue inventado por el peronismo en 1973. Sin embargo ello no supone, necesariamente, que sea un calco del que lanzó a correr el FREJULI hace 19 años. El marco conceptual parece tener puntos en común y los actores en cuestión también —CGT, UIA, Iglesia Católica— pero hay un abismo que separa a aquella Argentina de ésta. Basta confrontar los respectivos números de la economía y los indicadores sociales para caer en la cuenta de que entonces vivíamos mejor. No hay un solo índice actual que, opuesto a los de aquel tiempo, luzca bien. Lo sabe el candidato del frente ganador en las elecciones de agosto y con él la totalidad de los operadores que se manejan a su alrededor.

Hay, con todo, una cosa fuera de duda y es que —substanciados los comicios del mes de octubre— Alberto Fernández será el presidente electo y no estará en condiciones de abrir un compás de espera hasta asumir formalmente el cargo, cuarenta días después, para recién entonces definir el nombre de los ministros y secretarios de Estado que lo acompañaran en su gestión. No sólo eso. Tampoco podrá postergar el anuncio de los lineamientos básicos de su programa económico. Tanto para Mauricio Macri como para él —aunque por motivos bien distintos— comenzará el tiempo de descuento. Uno porque tendrá un pie fuera de la Casa Rosada y nadie le llevará el apunte. El otro porque estará a punto de entrar a Balcarce 50 y el país entero querrá saber a qué atenerse.

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