Alberto, Axel y Horacio. Por Vicente Massot

En medio de una transición en la cual solamente una cosa es segura —el que Mauricio Macri le colocará la banda al candidato del Frente de Todos— sobresalen del resto de los contendientes cuatro figuras estelares, no solo por el peso específico electoral que arrastran a su paso sino también por las posibilidades que se abren de cara al futuro de cada uno de ellos. Se trata de Cristina Kirchner —cuyo caso no será ahora materia de análisis— y de los políticos que, salvo imponderables de último momento, tendrán a su cargo a partir del próximo 11 de diciembre la administración de los centros de poder más importantes del país. En orden de importancia, ellos son: Alberto Fernández, AxelKicillof y HoracioRodríguez Larreta.

A primera vista no existe entre ellos una comunidad de ideas acentuada ni comparten un pasado común. No vienen de las mismas tribus ideológicas ni —que se sepa— han tenido trato asiduo. Pero los tres abrigan las mismas esperanzas y —más allá de la grieta que corta en diagonal a nuestra sociedad— de aquí en más habrán de necesitarse a pesar de sus diferencias. En el tembladeral en que se ha convertido la Argentina, imaginar que uno podrá cortarse solo a expensas de los otros dos o que dos podrán hacerle la vida imposible al restante, sin que ello obre consecuencias nefastas sobre el resto, sería un razonamiento infantil.

En pleno posmacrismo, que Alberto Fernández se comporte fuera de estas playas como si hubiese sido electo, tal como lo demostró en España y Portugal, lejos está de resultar una compadrada. Por el contrario, cuanto pone de manifiesto es un hecho indiscutible, al margen de que falten aun completar ciertas formalidades de rigor: la presidencia ya es suya. Que, en cambio, prefiera adoptar entre nosotros un perfil menos de estadista y más de candidato confrontativo, también tiene sentido. No puede ni le conviene ignorar a su rival. Hacer leña del árbol caído es siempre una práctica desagradable y peligrosa Por tanto, Fernández ha decidido desdoblarse sin entrar en contradicción consigo mismo: hacia fuera, hace las veces de hombre de estado; de puertas para adentro, sigue siendo el candidato de una coalición a la que todavía le falta dar un paso decisivo.

Los desafíos que enfrentará se escalonarán hasta el 11 de diciembre de la siguiente manera: al 27 de octubre deberá llegar sin que en el frente que lidera se le ocurra a algún peso pesado abrir la boca y generar miedo o crear —respecto del programa que piensa implementar ni bien tome asiento en el sillón de Rivadavia— mayor incertidumbre que la actual. Por razones de concesión política no puede ni debe anunciar, con pelos y señales, cual será el plan económico que habrá de poner en ejecución. Eso está claro. Pero, al mismo tiempo, sería imposible pensar que —conforme transcurran las semanas y se acerque el día de los comicios— al compañero de fórmula de Cristina Fernández le será posible evadir el tema y hacerse el distraído delante de las preguntas del periodismo nacional e internacional. Si la presente resultase una transición ordenada, el problema mencionado carecería de sentido. Pero, como estamos en el vórtice de una crisis y uno de sus componentes es la inquietud que suscita en los mercados el kirchnerismo, la prudencia no supone tan sólo evitar los exabruptos. Hay que dar, asimismo, indicios claros en punto a las cuestiones más álgidas de la economía.

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Pasadas las elecciones el principal desafío de Alberto Fernández tendrá características diferentes. Si fuese electo —como todo lo hace pensar— transitar los casi 40 días que faltarán para la fecha de la toma del mando, no será tarea fácil. Acerca del final del macrismo existen dos posibles escenarios: uno pacífico y otro traumático. Nadie se encuentra en condiciones de sostener que el presidente en ejercicio cumplirá su mandato hasta el último día y nadie podría decir, con plena seguridad, lo contrario. El desenlace del gobierno de Cambiemos es una incógnita que dependerá básicamente del derrotero de la inflación, del tipo de cambio y del control de la calle en el último trimestre del año. Es probable que —entonces sí— deba Alberto Fernández anunciar los nombres de los principales ministros de su gabinete y algunas de las medidas de carácter económico y financiero de su plan de gobierno. El 11 de diciembre le será necesario además —salvando cualquier duda— mostrar y demostrar su razón independiente de ser.

Axel Kicillof, si el resultado de octubre en las urnas fuese similar al de las primarias abiertas, haría una entrada triunfal en La Plata y se sentaría en el sillón de Dardo Rocha tras haberle ganado a la figura con mejor imagen del país. A semejanza de su jefe en el Frente de Todos, él también debe disciplinar a su tropa y llamarla a silencio. Lo peor que podría sucederle es que el miedo cobrase forma y anidase en los indecisos que en las PASO lo votaron. A diferencia de Alberto Fernández, el ex–ministro de Economía lleva a cuestas sus simpatías marxistas, que nunca ocultó. Entre lo que es verdad de su pasada militancia en el socialismo revolucionario y lo que la gente inventa, lo cierto es que, si hay un candidato al que los mercados rechazan y del cual desconfían a priori, ése es Kicillof. En los discursos de campaña, proclamar que los mercados no ganan los comicios es cosa fácil. En la administración diaria del aparato estatal, las cosas son más espesas.

Ser titular de la cartera de Hacienda en el tercer gobierno kirchnerista y diputado en una bancada opositora durante el macrismo es algo muy distinto a manejar la provincia más importante de la Argentina. Sobre todo si, con el concurso de sus conmilitones de La Cámpora, creyese pertinente desarrollar desde el territorio bonaerense un experimento político–económico diferente del de la Casa Rosada. Después de todo la incógnita que recorre la Argentina de arriba a abajo es cómo habrán de desenvolverse las relaciones entre Alberto Fernández y los kirchneristas puros y duros. En Kicillof se hallan depositados los anhelos revolucionarios de una militancia que no se hace demasiadas ilusiones respecto de cuánto pueda satisfacer sus deseos y necesidades el hombre a quien Cristina eligió para encabezar la fórmula en la cual ella se reservó el segundo lugar.

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El proyecto del futuro presidente no es el de los movimientos sociales, ni el de los jóvenes camporistas o el de las organizaciones que dicen defender los derechos humanos. Eso no significa que colisionen sin remedio o que Axel Kicillof vaya a ser el fogonero de un plan alternativo al de Balcarce 50, cuando el 11 de diciembre asuman el poder. Pero es una posibilidad que requiere ser tenida en cuenta en razón de que —dentro del Frente de Todos— hay heridas no del todo cicatrizadas y diferencias inocultables. Si un candidato de La Cámpora, con el patrocinio de la viuda de Kirchner, ganase en cualquier otro distrito que no fuese la capital federal o la provincia de Buenos Aires, no habría lugar a desarrollar semejantes disquisiciones. Tratándose de esta última y siendo Kicillof una suerte de niño mimado de Cristina Fernández, plantear la duda es obligatorio en términos del análisis.

El posmacrismo implica la salida de la escena de quien hasta hoy fue el líder indiscutido de ese espacio que comenzó siendo el PRO, que luego engordó y se transformó en Cambiemos y marchó, con suerte adversa, a los recientes comicios con la denominación de Frente para el Cambio. La carrera de Mauricio Macri se halla terminada. Sería un milagro que un personaje que no vive para la política las 24 horas —como Raúl Alfonsín, Carlos Menem y Néstor Kirchner— renaciese de sus cenizas. Eso, unido al hecho de que el partido encabezado por Elisa Carrió —sin los andadores del frente al que se unió— es un sello de goma, y que el radicalismo carece de un líder de dimensión nacional, hace que la única figura con capacidad para liderar un polo opositor sea la de Horacio Rodríguez Larreta.

Cuenta a su favor con una ambición inconmovible de llegar a la Presidencia de la Nación algún día. Si ganase en octubre —y lleva las de ganar— tendría a su cargo una ciudad autosuficiente en punto a sus necesidades económicas y en donde el peronismo no acredita la musculatura de la que dispone en provincias como Santa Fe o Buenos Aires. Dominarla le otorga una ventaja descomunal sobre cualquier otro político con apetencias de reemplazar a Macri. Comparados con el actual lord mayor de los porteños, Elisa Carrió, Gerardo Morales, Alfredo Cornejo, o la misma María Eugenia Vidal —sin sostén territorial— semejan jugadores de segunda categoría.

En el mar kirchnerista que habrá de cubrir la geografía política argentina en la segunda semana de diciembre, la única isla en condiciones objetivas para asumir una tarea refundacional de lo que alguna vez fue el Pro, es la que se hallará a cargo de Rodríguez Larreta. Claro que su liderazgo, tras una derrota como la que quedó trasparentaba en las PASO y terminará de consolidarse el 27 de octubre, no será consagrado el día posterior a la elección. Aún falta ver cómo digerirán los socios perdedores el cachetazo que los devolverá al llano y cuantas serán las facturas que se pasarán entre ellos. Primero tendrán que contar sus muertos y heridos.

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