Por ahora el gobierno va en coche. Por Vicente Massot

Excepción hecha del gobierno, todos los demás actores electorales de algún peso se muestran algo incómodos, sin saber a ciencia cierta qué lugar ocupan en la predilección de la gente, cuál será su performance en los comicios de octubre y, por lógica consecuencia, a dónde irán a parar una vez que se abran las urnas y se conozcan los resultados definitivos. Es que mientras el oficialismo salió mucho mejor parado de lo que imaginaba en las PASO, el kirchnerismo, el Frente Renovador de Sergio Massa y los peronismos de distinta fuerza y linaje que pueblan el espectro político argentino, cosecharon menos votos de los esperados y deseados. Por lo tanto, es comprensible que unos transiten el camino hasta el 22 del mes entrante con una confianza que brilla por su ausencia en las tiendas de campaña de los otros.

Como era de esperar, las encuestas están a la orden del día. Sólo que, a diferencia de anteriores oportunidades, por ahora han preferido hacerse presentes en los circuitos privados. Lejos del gran público y de los grandes medios de difusión, circulan por andariveles menos expuestos y son materia de análisis en los estados mayores de las distintas alianzas y partidos dispuestos a dirimir supremacías dentro de un mes y medio. Dadas sus pifias pasadas, resulta conveniente andarse con cuidado frente a las conclusiones que arrojan. En una cosa de momento coinciden todas: en la provincia de Buenos Aires parece haberse quebrado el virtual empate de
las PASO en favor de Cambiemos.

Aún cuando todo lo que se lea en los relevamientos preelectorales haya que  tomarlo con pinzas, tiene sentido que la tendencia de los votantes en el territorio bonaerense se incline por Bullrich en mayor medida que por Cristina Fernández. El oficialismo acumula a
expensas del kirchnerismo tres ventajas de peso. No son ni decisivas ni definitivas, pero es del caso decir que a los candidatos de Unión Ciudadana no les será fácil remontarlas. La primera tiene relación directa con la caja que administran Mauricio Macri y María Eugenia Vidal. La condición de poseer el monopolio de la decisión sobre el presupuesto que se volcará de ahora en más en la principal provincia argentina, es similar a contar con el as de espadas en una partida de truco. La segunda se vincula con un dato de la psicología social que, en principio, nada tiene en común con las observancias ideológicas o las lealtades partidarias: el exitismo. A nadie le gusta votar a perdedor y no supone descubrir un secreto decir que ni Massa ni Randazzo retendrán en su totalidad los sufragios obtenidos en agosto. Habrá una migración natural, producto de la certeza de que ninguno de los dos puede seriamente alimentar esperanzas de convertirse en senador. En cuanto a la tercera, surge de especular con la cantidad de personas que
no se hicieron presente en el cuarto oscuro en las PASO —entre 400.000 y 500.000— y ahora, como ha sucedido en ocasiones pasadas, cumplirán con su deber cívico producto de la convicción de que en octubre sí se eligen senadores y diputados.

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Respecto de las posibles razones por las cuales es dable imaginar un triunfo de Cambiemos —expuestas en segundo y tercer término— no parece antojadizo pensar que, entre quienes abandonen al político de Tigre, serán más los que respalden al gobierno que los que prefieran inclinarse por la viuda de Kirchner. Como lo hemos repetido hasta el cansancio, con Macri hay diferencias salvables; con Cristina abismos infranqueables. Y de aquellos que no fueron a votar hace tres semanas, los potenciales partidarios del gobierno también parecen —a priori— más que los de Unión Ciudadana.

No es menester recordar que las expuestas más arriba son sólo especulaciones nacidas de la necesidad de analizar un escenario futuro e incierto. En ningún caso animan el deseo de pasar por afirmaciones categóricas, como si los resultados electorales no ofreciesen
misterio alguno y pudiesen, pues, anticiparse con base en las encuestas o el pálpito. La probabilidad de que el macrismo se convierta en ganador no sólo en Buenos Aires sino también en Santa Fe, Tierra del Fuego, y dé un batacazo hoy inesperado en otra provincia patagónica, es alta. Nada hace prever que la situación económica o social pueda complicarse. En todo caso, lo que ha demostrado el escrutinio definitivo en el conurbano bonaerense es que, aún con las estrecheces económicas, el gobierno cosechó más votos que en las PASO de 2015, en tanto sus opugnadores debieron conformarse —aunque triunfasen— con menos sufragios que entonces.

La comodidad oficialista y los inconvenientes del arco opositor exceden la cuestión electoral. Después de octubre las figuras de Sergio Massa y Florencia Randazzo quedarán devaluadas. La alianza del de Tigre con Margarita Stolbizer difícilmente tenga futuro; la del nacido en Chivilcoy, ni hablar; y, en lo que hace a Cristina Fernández, su presencia representa para el gobierno un beneficio inestimable. Con ella dentro del campo de juego, la desunión del peronismo está cantada.

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Hay quienes conjeturan con lo que podría pasar si mañana o días antes de las elecciones apareciese muerto Santiago Maldonado. No es mucho lo que se conoce de su pasado y de su personalidad, más allá de las simpatías que le despertó la causa mapuche. Si fue un militante, un hippie, un anarquista o un artesano representa al día de hoy una verdadera incógnita. Que su súbita desaparición perjudica al gobierno en términos de imagen es una verdad de Perogrullo. Eso lo han aprovechado bien todas las facciones de la izquierda y el progresismo criollos para caerle encima a una administración que —otra vez— se sitúa detrás de los hechos. Pero de esta evidencia no se sigue —ni mucho menos— que si ocurriese lo peor ello supondría la aparición en escena de un cisne negro.

A esta altura el caso Maldonado no es uno de esos imponderables que pueden cambiar el curso de los acontecimientos en cuestión de segundos. Su desaparición es una desgracia por donde se la mire pero lo que ponen en evidencia la falta de pistas y de pruebas es
más la endeblez del Estado argentino que su desmesura. El mito del gobierno cómplice que han construido los enemigos —no los adversarios— de Macri, resulta sólo eso: una mentira en la cual ni siquiera ellos creen. El presidente es el primero que desearía que Maldonado apareciese, cuanto antes, vivito y coleando. El problema es la ineficiencia del aparato de seguridad e inteligencia argentinos, incapaz de cazar una mosca.

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