Acerca de un héroe preso. Por Miguel De Lorenzo

Extraño aquel país donde los medios, la justicia, y la opinión pública honraban a los terroristas  y lo hacían casi religiosamente. Tan raro era lo que sucedía  que a la historia y a la vida toda,  las habían dado vuelta como un guante.

Pasados algunos años en ese absurdo dominio de la mentira, ya casi nada unía a los habitantes, porque el amor entre ellos había desaparecido.  Aquella idea de una patria común, con su historia,  estirpe y tradiciones, todo lo quedaba de  los que fundaron la nacionalidad y construyeron la patria,  subsistía registrado en archivos rigurosamente  desolados y en ciertos libros ocultos que  a ninguno interesaban.

Nadie deslizaba la idea de potenciales enemigos externos, no era posible siquiera imaginarlos, porque el odio entre los habitantes de ese territorio deshilachado,  era más que suficiente para la autodestrucción,  sin necesidad de atacantes de afuera.

Algunos interpretaban lo que sucedía  como  una suerte de demolición colectiva, de estruendosa decadencia,  porque ese era el clima que había generado el infatigable odio en el que vivían.

En los medios no se permitía otra cosa que no fuera  mentira y así lentamente el país se desintegró en fragmentos insignificantes.

Se llamaba político al que pensara lo que pensara, defendía con fervor la idea contraria.

Los tribunales estaban a cargo de la  neo justicia, que  no guardaba ningún vínculo con el derecho, simplemente habían pasado  a ser una rama del comercio.  De tal manera que los jueces recaudaban fortunas, vendiendo  las  sentencias, o también cobrando por ciertos “olvidos o distracciones”, en otros casos se fallaba “a pedido” del grupo que se había acercado lo suficiente a su señoría.

Cuando encarcelaron – a puro arbitrio- al último de los héroes – alguien preguntó si es que ya no tenían  sangre en las venas – para permitir esa injusticia que clamaba al cielo,  pero no hubo respuesta.

El mismo curioso siguió preguntando, cómo era posible que después de cuarenta años de vida pública y  activa,  en que ninguno dijo nada sobre él,   ahora un juez  de la neo justicia, dispusiera  encarcelarlo.

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Como se entiende que ese soldado fuese dos veces condecorado, por su desempeño en Malvinas y en la recuperación del regimiento de la Tablada,  por diferentes gobiernos y  en reconocimiento a su valor en defensa de la patria y ahora esté preso y  por supuestas  acciones anteriores a esas medallas.

Un hombre, un soldado  que no dejó, ni por un momento, de ocuparse ante la situación de desamparo y el injusto destino de sus camaradas presos por aquel pecado, el único realmente   imperdonable: haber combatido contra el terrorismo marxista.

¿Se puede sostener tanta indignidad? Es posible vivir en una  ciénaga como si nada pasara.  Es cierto que hemos perdido el coraje, aún el coraje sencillo, esa dignidad elemental que hace que un pueblo merezca ese nombre  y se lo pueda  distinguir  de aquel  informe amontonamiento de gente sin rumbo, que es la masa.

Eliot en The Wast Land retrata áspera, pero fielmente el momento histórico, momento que se mantiene acaso con más fuerza que entonces: “Tierra yerma, pedregosa, árida…es nuestro tiempo, con toda su desesperanza, con su mortal cansancio,… un tiempo que todo lo grande lo degrada a una vulgaridad contorsionada en muecas”.

Los rústicos gauchos que combatían al lado de Güemes o del general Belgrano apenas si sabrían ponerle palabras a lo que la patria era para ellos, sin embargo iban a la guerra y tal vez a la muerte por esa idea borrosa y tremenda, en cierto modo podían entrever   que estaban construyendo  algo que era de ellos, su  patria, y que por eso bien valía la pena guerrear y morir.

Doscientos años más tarde, nos  encontramos en Mar del Plata con  un  representante de la neo justicia, que sería  capaz de  poner presos a Pringles, a Lamadrid, a Necochea,  al capitán Giachino   -o por qué no  al perro Cisnero – probablemente los acusaría de delitos de lesa humanidad  por combatir a muerte a españoles y a  ingleses y no haber usado balas de goma para defender a la patria.

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Es evidente que la justicia en el país  es  un vómito  y que ese extravío  de la  justicia  es capaz de devastar cualquier ámbito humano,  pero lo inédito, lo vergonzoso es que no ensayemos una reacción, que salvo honorables y valientes  grupos de hombres y mujeres,  no se escuche en la Argentina  un grito que estremezca la tierra,  en el momento en que  privan de la libertad a Emilio Nani.

No es sencillo escribirle a un amigo cuando el mal está presente en su vida, menos aún cuando el mal viene de la mano de la iniquidad, de la venganza, de la fiera irracionalidad del odio. Y además  porque el dolor de la Argentina no puede ser distinto de tu dolor, que también es el nuestro

Un país que no deja de ser ingrato, en más de un sentido,  y hoy vos querido amigo una vez más, lo atestiguas cabalmente Tal vez por eso ha sido necesario reescribir la historia una y otra vez, para alejarnos  de tanta sucia falsificación que quieren imponernos desde hace rato largo,  la podredumbre viene de lejos y no es solo económica – sería la menor – sino histórica,  por eso  señalaba Genta: si nos cambian la historia, es porque nos quieren cambiar la patria.

Pero ¿Puede uno seguir amando a un país ingrato? Sabemos que si,  Emilio Nani lo  hizo combatiendo por la verdad y por una causa justa, por Dios, y por la patria. Por eso tu honor, querido amigo,  permanece intacto aún en  la más injusta de las prisiones. El amor a la patria es el amor obrante, el que va más allá de lo que la patria sea.

Por eso, porque tenemos altas razones para admirar a un  soldado ejemplar, y porque esta cruz de la cárcel,  ese parche y  esas cicatrices: “estrellas son, que guían a los demás  al cielo de la honra”

 

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