¿A ese "show" vacío de dos canallas asociados le llaman "debate"? – Por Cosme Beccar Varela

Si los argentinos no nos hubiéramos olvidado hasta de lo que significa la palabra «vergüenza», me parecería suficiente escribir aquí que el supuesto «debate» de ayer entre Macri y Scioli fue una horrible vergüenza. Para una persona con un resto de honor decirle que lo que hace o tolera que se haga en su nombre, es una «vergüenza» es bastante como para que se sienta descalificado desde las raíces del alma, porque es lo mismo que decirle que no puede presentarse delante de Dios manchado por esa infamia.

Ayer 15 de Noviembre todos los canales de televisión nos presentaron en vivo y en directo a los dos individuos que han sido designados por las fuerzas ocultas que dirigen nuestra política, como los únicos candidatos a ser «electos» como Presidente de la Nación el próximo Domingo 22 de Noviembre. Si no fuera una repulsiva realidad, podría pensarse que es una pesadilla de la que podemos huir simplemente despertando. No, no queremos ni podemos despertar y el hecho queda ahí con toda su protuberante deformidad.

Dijeron que era un «debate». Hubo «periodistas» que fingían tomarse en serio aquella pantomima y tres de ellos actuaron de «moderadores» cuya única tarea era la de dividir los “temas” en cuatro partes y controlar que los dos payasos que actuaban en el escenario no hablaran más tiempo que uno o dos minutos cada vez. Pero el «debate» no existió porque para que lo hubiera tendría que haber habido al menos una idea, una proposición con sujeto, verbo y predicado, que uno de los dos afirmara y el otro negara, en ambos casos con exposición de algún argumento racional que apelara a la inteligencia de los televidentes. Y no hubo nada de eso.

O por lo menos, como ambos candidatos son unos canallas con apenas con algunos matices diferenciales que en nada disminuyen su maldad, si el debate no era posible por la notoria incapacidad intelectual de los actores, al menos se hubieran acusado con el prontuario de las inmoralidades, mentiras, injusticias y hasta delitos de su oponente en la mano, hasta que ambos hubieran desaparecido debajo de la montaña de inmundicia de que se compone la vida política de cada uno de ellos. Al menos así el electorado hubiera sabido la verdad de lo que hay detrás de esas dos caras de piedra que estaban en escena.

Tampoco hubo nada de eso. Uno se daba cuenta de que los dos eran parte del mismo equipo, los dos son parte de la «dirigencia» corrupta e inepta y que tenían entre ellos un pacto de «ormetá», al mejor estilo de la «maffia siciliana, de no acusar al otro de sus torpezas, de mantener una cordialidad apenas empañada por alguno que otro pequeño refunfuño afeminado, de no hablar de las gravísimas injusticias que están aplastando al país como una lápida y que ninguno de los dos tiene la más mínima intención de reparar.

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Aquí no pasa nada. Los doce años de tiranía kirchnerista no existieron, fueron doce años de felicidad, según el archicaradura de Scioli. Y el supuesto «opositor» no dijo en ningún momento que piensa reparar las injusticias castigando a los culpables sino, por el contrario, anunció que si gana hará un gobierno en perfecta continuidad con el otro, en unión con todos, y que sólo se trata de hacer lo mismo, pero mejor, de tal manera que si antes había delincuentes que delinquían mal ahora habrá otros que lo harán mejor. Y esa unión con todos será para «salir adelante» en la misma idea de una sociedad atea, inmoral y materialista, sin preguntarle a nadie ni qué hizo, ni de donde viene, ni de donde sacó los millones que con ostenta con insolencia.

Sólo quedarán afuera de esa unión los argentinos de bien que no tienen lugar en este festín de rufianes, los secuestrados políticos, militares, policías y civiles de los cuales Scioli dijo que nada cambiará y Macri se negó a decir que los liberará ni que castigará a los jueces prevaricadores que se asociaron a esa persecución inmoral, ilegal e ilícita.

O sea, los ladrones que ahora son inmensamente ricos, seguirán siendo inmensamente ricos con todo el poder que esa fortuna mal habida les da; los jueces prevaricadores, empezando por los de la Corte Suprema , seguirán garantizando la impunidad de los delincuentes y manteniendo sobre la cabeza de los buenos argentinos la espada de Damocles de sus sentencias inicuas; muchos niños por nacer seguirán siendo abortados; la minoría insolente de homosexuales seguirá refregándonos en las narices su vicio contra natura amparados por el «homonomio»; el caos social seguirá sin ser suprimido; la estafa fiscal seguirá igual o peor (el «opositor» nada dijo al respecto), etc. etc. etc.

Eso fue todo y este es el descalabro en que estamos metidos. ¡Y dicen que esto es una República en la que el pueblo es «soberano»! El pueblo no es soberano nunca, pero sí tiene derecho a que los gobernantes sean hombres de bien que sirvan el bien común, respetando la Moral y la Justicia. Eso es lo único que la política debe asegurar y eso es precisamente lo que esta repulsiva «democracia» monopolizada por los peores se asegura de impedir.

Y por si algún resquicio quedara en ese dominio absoluto de los peores, se ha inventado el fraude en los cómputos electrónicos que, según Macri dijo ayer, quiere facilitar aún más proponiendo el voto electrónico. (Una curiosidad: los lectores recordarán que hace años que estoy denunciando ese fraude cometido aquí mediante los servicios de INDRA. Pues bien, «La Nación» de hoy escribió una frase en su editorial en la que critica al Director Nacional Electoral Tullio, ejecutor de los fraudes, (que está) «obrando de nexo con la empresa española Indra, que resultó adjudicataria en la mayor parte de las licitaciones vinculadas con el escrutinio…»).

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Estamos, pues, en un callejón sin salida. No existe ni siquiera la falaz solución de «votar el mal menor», porque ambos candidatos son el mal mayor, con algunas notas diferenciales, aunque no en lo moral, porque en ese plano son igualmente culpables y repudiables, sino en lo político: Scioli es la continuidad de la tiranía y su posible agravamiento por delegación del poder presidencial en el comunista maoista Zannini y Macri es el caos social, la explosión de la izquierda feroz y la perspectiva de un golpe pro-comunista conducido por algún militar de izquierda, al estilo de Chavez en Venezuela. Macri no es un estadista capaz de capear ese temporal y carece de principios como para afirmarse en la defensa del bien común, pase lo que pase. Cobardemente dejará que todo caiga con tal de salvar el pellejo, como lo hizo de la Rúa en el 2001.

Finalmente hemos sido puestos contra la pared y deberemos decidir si queremos seguir teniendo un país o si pasaremos a ser esclavos del neo-comunismo, sin país, porque los esclavos no tienen Patria, según la famosa frase de Esteban Echeverrría. Nosotros mismos hemos dejado por una desidia de por lo menos 15 años que las cosas llegaran a este punto. Eso es malo, pero peor sería que no quisiéramos pensar para darnos cuenta de eso y nos aferráramos a la idea de que si gana Macri, todo esta solucionado.

No. La crisis política argentina no tiene su punto álgido en esta elección sino en los años por venir. En este momento, no hay salida porque no nos ocupamos de que la hubiera y nos dedicamos, en cambio, a cultivar el mito «Macri» con un entusiasmo digno de mejor causa. La Patria nos espera en el año 2016 y en los siguientes: durante ese tiempo deberemos hacernos cargo de la situación, reconocer que hemos vivido de ilusiones y como desertores de la Patria y resolvernos a portarnos como verdaderos patriotas, inteligentes, decididos generosos y valientes, suscitando una nueva clase dirigente en abierta confrontación con esta “dirigencia” corrupta e inepta.  Si no lo hiciéramos, que Dios y la Patria nos lo demande…

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