Lun. Feb 17th, 2020

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A 45 años del criminal asalto del ERP al cuartel de Azul. Por Alfredo Serra

«Azul, provincia de Buenos Aires, fundada en 1832, cabecera del partido del mismo nombre, posee una de las colecciones de ediciones de El Quijote más completas de América, y por eso lleva el nombre de Ciudad Cervantina», describían a la ciudad los folletos turísticos.

Pero la sofocante noche del 19 de enero de 1974 no fue de caballero andante, fiel escudero y molinos de viento que le parecían gigantes.

Fue un criminal y sangriento ataque del ERP –Ejército Revolucionario del Pueblo–, brazo armado del PRT –Partido Revolucionario de los Trabajadores– contra la guarnición militar de Azul (avenida General Güemes 65), una de las mayores y más poderosas del país: sede del Regimiento de Caballería de Tanques 10 Húsares de Pueyrredón y del Grupo de Artillería Blindado 1 Coronel Martiniano Chilavert.

A las ocho de la noche, entre 80 y 100 guerrilleros de la compañía Héroes de Trelew al mando de Enrique Gorriarán Merlo y Hugo Irurzún tomaron como base de operaciones una quinta vecina sólo cuidada por el casero –su dueño había muerto poco antes–, lo maniataron, y veinte minutos antes de la medianoche lanzaron un ataque tan artero como demencial: la relación de fuerzas era 20 a 1, cuando cualquier manual de estrategia militar informa que para copar una posición enemiga es necesaria una relación de 3 a 1.

Vestidos con uniformes verdes de combate y con cascos de los usados por el ejército, entraron al cuartel, agazapados y en fila india, por el polígono de tiro y se apoderaron del Puesto 3.

Pero fueron descubiertos rápidamente, antes de que alcanzaran su segundo objetivo: el tanque de agua. Fue el segundo fracaso, ya que tampoco pudieron dominar a los soldados de guardia.

Pero la noche sería muy larga…

Lograron ocupar la Guardia Central y el Casino de Oficiales, amparados no sólo por la noche: era pleno verano y mucho personal estaba de vacaciones.

Recién entonces entró en acción el Grupo Secuestro y empezó a correr sangre. El piquete de asesinos llegó hasta las viviendas del coronel Camilo Arturo Gay (47) y del teniente coronel Jorge Roberto Ibarzábal (48), mató a tiros de pistola al soldado conscripto Daniel González, a Gay y a su esposa, Nilda Cazaux, y secuestró a Ibarzábal, que soportaría un calvario de diez meses encerrado una «cárcel del pueblo» –inmunda mazmorra no elegida por el pueblo– hasta su asesinato, el 19 de noviembre del mismo año, cuando una patrulla policial persiguió a dos autos y una camioneta que violaron el control en un punto de Francisco Solano, Quilmes.

En la camioneta, de techo metálico, viajaba Ibarzábal hacia una nueva «cárcel del pueblo». Los policías dispararon. El conductor de la camioneta no tuvo otra salida que frenar, pero antes disparó hacia la caja y la bala dio en la cara del cautivo. Muerte instantánea.

El asesino tiró el arma al suelo y se entregó con los brazos en alto, declarándose prisionero de guerra: cuando les convenía, se amparaban en «el sistema enemigo» que querían aniquilar.

El balance parece no reflejar la dimensión del ataque. Bajas militares: Gay y su mujer, el soldado Daniel González –asesinado en su puesto de centinela–, y el teniente primero Alejandro Carullo, jefe de servicio ese día, gravemente herido pero sobreviviente.

Bajas del ERP: Guillermo Pascual Altera, muerto, y Héctor Alberto Antelo y Reinaldo Roldán, detenidos y luego en la lista de «desaparecidos».

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