Sáb. Dic 5th, 2020

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

Conservadores y tradicionalistas. Por Sertorio

Firmes entre las ruinas, nuestro deber es edificar algo a la vez muy nuevo y muy viejo.

Afirmaba un inteligente lector en una apostilla a uno de nuestros artículos: “Mi abuelo se podía permitir ser conservador, yo no”. Tiene sobrada razón: el conservadurismo es una posición lógica cuando hay algo que conservar, pero cuando sólo nos queda un campo de ruinas, cuando vegetamos sobre una escombrera, esa actitud resulta absurda, melancólica, inútil y patética, radicalmente sin esperanza. El conservadurismo actual nos recuerda a lo que la leyenda cuenta de madame Du Barry, que llevada al cadalso, con la guillotina delante de sus ojos garzos, al notar que el sayón le bajaba el cuello de la camisa para facilitar el tajo de la hoja sobre su blanca piel, le rogó al verdugo: “Encore un moment, monsieur le bourreau, encore un moment”.[1] Y a la bella hija del arroyo, devenida condesa por los azares del amor, le fue dado aspirar el aire de París durante unos breves segundos, gozar de la vida por un instante eterno… Encore. Suponemos que experimentaría algo parecido a lo que Dostoievski conoció en Petersburgo ante el pelotón de fusilamiento. Luego, la mecánica cuchilla de la modernidad acabó con la última representante de la dulzura de vivir del Antiguo Régimen.

Como la condesa Du Barry, los conservadores libran un desesperado combate contra el tiempo, arañan cada segundo que pasa, resignados como lo están a ver su mundo desaparecer como la piel de zapa de Balzac.

Toda batalla defensiva que no tiene como horizonte final un contraataque es una batalla perdida. El conservadurismo europeo está destinado a la derrota por su propia filosofía de frenar el cambio sin  ofrecer un rumbo opuesto, por su empeño en amalgamar lo imposible: un pasado glorioso con un presente infame. No es posible conciliar el mal y el bien. Hay que sustentar una Weltanschauung, una visión del mundo opuesta al nihilismo de las élites liberales. En el fondo, los conservadores son un mecanismo de seguridad del Sistema: la derecha del liberalismo, un freno de emergencia del consenso progresista, un adversario que admite gentilmente su inevitable derrota, siempre dispuesto al pacto, al abrazo de Vergara, un cómplice nacido de la misma matriz del pragmatismo británico: un Remo tory, gemelo del Rómulo whig, destinado al sacrificio fundacional de la nueva urbe.

Algunos lectores nos reprocharon, con razón, que lo que definíamos como conservador en realidad no lo era. Y somos nosotros los que tenemos que rectificar: en realidad, lo contrario de la socialdemocracia liberal no es el conservadurismo, sino el tradicionalismo; los conservadores son sólo la leal oposición, que es algo muy distinto a ser un antagonista excluyente. Y lo curioso de todo esto es que el tradicionalismo tampoco puede ser lo que era, porque sus dos elementos sustentantes, el Trono y el Altar, han desaparecido o se han degradado hasta tal extremo que se les puede considerar como instituciones enemigas.

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Si alguien levantara la bandera de la Tradición católica en España, sería excomulgado por el papa, anatematizado por los obispos y quemado en efigie por los párrocos. ¿Y qué decir de la monarquía liberal, nieta de la usurpación isabelina, dispuesta a apurar hasta las heces todos los cálices de acíbar que le sirve la izquierda?

Si no hay Iglesia ni Rey, aún nos queda la Patria. Los príncipes y los sacerdotes han desertado y sólo aguanta el pueblo, todavía consciente de su identidad, de sus raíces, instintivamente enemigo de las élites y por ello tildado de ignorante, reprobable, atrasado, racista y paleto  por los sicarios de la plutocracia, por los asimilados de la colonización mundialista, por los renegados a sueldo de Mammón, por la omnipresente socialdemocracia, ese tósigo de los pueblos. En los barrios de las clases medias y bajas, en el agro, entre la gente del común, es donde no se admiten los trágalas de la multiculturalidad, del animalismo, de la ideología de género y de los demás instrumentos de disgregación social, de ruptura de la continuidad histórica y hasta biológica de las naciones.

Lo eterno, por definición, siempre es actual. El europeo de nuestro tiempo tiene que acudir a las viejas fuentes, como el ciervo de Fedro, para verse a sí mismo, para conocerse y contemplarse, para entenderse. Porque las trompas de los cazadores atruenan el aire y los halalíes de los monteros y los ladridos de las rehalas nos estremecen en estos años negros de nuestra cultura, quizá los últimos de Europa. Ahí están: Platón, Agustín, Bossuet, Chateaubriand, De Maistre, Donoso, Herder, Fichte, Dostoievski, Maurras, Spengler, Evola, Solzhenitsin… Necesitamos un nuevo soplo del espíritu que reavive el sentido de la antigua letra, que ya no puede ser la de hace un siglo en muchas cosas accesorias, pero que expresa la misma esencia. A la modernidad liberal no se la combate con simples sabotajes y retrasos, hay que aniquilarla de raíz, hay que ofrecer eso que tanto molesta a los conservadores que vienen de Burke o de Balmes: una sociedad orgánica, cohesionada, espiritual, beligerante contra los elementos que la quieren corromper, intransigente de cara a sus enemigos. Una comunidad enraizada, creyente, con vigorosos cuerpos intermedios que frenen el poder de las élites, donde la economía se subordine a las necesidades comunitarias y todos sus miembros sean propietarios libres. Un demos estructurado y poderoso, consciente, que impida el rapto de su soberanía por instancias apátridas.

En estas horas finales de una civilización debemos ser optimistas. La Tradición europea resurgirá pese a la desaparición de las instituciones que fueron sus garantes. La Europa cristiana renacerá lejos de las jerarquías eclesiásticas o quizás el cisma milenario que separa a católicos de ortodoxos se supere con la absorción de los primeros por los segundos, vista la mortal deriva saducea del Vaticano. Desde luego, hoy la Cristiandad habla por boca del Patriarca Kirill de Moscú, no por la del tribuno populista de Roma. Tampoco nos hacen falta reyes: con buenos jefes nos basta y sobra.

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De las ruinas de nuestra cultura, devastada por la barbarie de la Ilustración radical, acabará por reedificarse la Tradición, que ya no será la del Trono y el Altar, sino la del Pueblo y Dios; un Dios íntimo y comunitario, de raigambre campesina en un infierno urbano, de catacumbas y romerías, de milagros, peregrinaciones y oración, cuyos servidores no podrán ser los jesuitas incrédulos que infestan los obispados, sino sabios devotos, peregrinos místicos o monjes severos y patriarcales, hombres que encarnen la fulminante tragedia del cristianismo: Francisco de Asís, Basilio el Bendito, Serafín de Sarov, Bernardo de Claraval o Agustín de Hipona. Quizá esta Tradición no abarque a todos los países de la vieja Europa, especialmente en su parte occidental, sino que se alumbre en reductos, en regiones que por designio de la Providencia se hayan librado de la aculturación y la barbarie capitalista. Desde luego, la lealtad ya no podrá dirigirse hacia el Estado, instrumento de las élites, sino hacia la propia comunidad, hacia la cultura nativa, hacia la Tradición de nuestros padres, más aprendida por el instinto que por la razón. El aparato estatal sólo es legítimo si sirve a la comunidad popular; en caso contrario, es un enemigo. De ahí la rabia y la impotencia del presidente Macron cuando condenaba el separatismo de las comunidades islámicas francesas; no hacía sino ventear el destino inexorable de su utopía multicultural, el fin al que está abocada la República que asesinó a la Francia de san Luis y de las catedrales.

Firmes entre las ruinas, nuestro deber es edificar algo a la vez muy nuevo y muy viejo, que surgirá por sí mismo, por necesidad histórica, poco a poco, de manera colectiva, anónima, popular, como un todo orgánico, sin necesidad de grandes ideólogos. Todo lo que tenemos que saber ya está escrito. No nos hacen falta más innovaciones teóricas, sino mantener el sabor del vino añejo en el nuevo. Cosa bien posible si somos fieles al espíritu y no a la letra: es algo que viene en la sangre y en el alma, se llama Volksgeist, genus loci, el espíritu de la tierra y de los muertos.

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